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martes, 3 de mayo de 2016

EL PRECURSOR

GIBRÁN KHALIL GIBRÁN


EL PRECURSOR


Tú eres el precursor de ti mismo, amigo mío, y las torres y ciudadelas erigidas en tu vida no son más que cimiento para la esencia soberbia que a su vez será cimiento para la otra.

Yo soy como tú, precursor de mí mismo, porque la sombra desplegada ante mí, a la salida del sol, eclipasará bajo mis pies al mediodía. Amanecerá nuevamente y otra sombra se bosquejará; también ésta se esfumará, otra vez, bajo mis pies, al otro día.

Somos desde el principio precursores de nosotros mismos, y así seremos hasta la eternidad. Todo lo que acumulamos en nuestra vida no es más que una semilla que preparamos para un erial. Somos el erial y los sembradores; somos la fruta y los cosechadores.

Cuando eras, amigo mío, un pensamiento perdido en la tiniebla, yo era, como tú, otro pensamiento extraviado. Te llamé y acudiste a mi llamado. De nuestros afanes nacieron los sueños. Los sueños eran tiempo sin cadena, y los tiempos fueron espacio sin fin.

Eras una palabra muda entre los temblorosos labios de la vida; también era yo, como tú, otra palabra muda, y no bien nos pronunció la vida cuando asomamos al mundo con cora zones vibrantes por el recuerdo del pasado y con el afán para el mañana. Y el pasado no es más que la muerte expulsada; y el mañana es el nacimiento buscado.

Ahora estamos en manos de Dios. Tú eres un sol radiante en su derecha y yo una tierra iluminada en su izquierda. Tu po­der en la iluminación no es superior al mío en reflejar tu luz.

Y nosotros no somos el sol ni la tierra sino el comienzo de un sol más grande y de una tierra más gigantesca. Así seremos hasta el fin de los siglos.

Tú eres el predecesor de ti mismo, ¡oh, extraño!, tú, que franqueas el umbral de mi jardín; yo soy, como tú, precursor de mí mismo, no obstante vivir bajo la sombra de mis árboles, reposado y tranquilo.


EL AMOR



Se cuenta que el zorro bebe junto al león de una misma fuente. Y se dice que el águila y el milano devoran juntos la carroña sin disputas y en total armonía.

¡Oh, justo amor! Tú que has refrenado el capricho de mis pasiones con poderosa mano, y has convertido mi hambre y mi sed en altivez y magnanimidad, no permitas al fuerte soberbio que habita en mí comer el pan ni beber el vino que cautivan mi débil ser. Hazme recordar mejor y habré muerto de hambre. Deja mi corazón inflamarse de sed. Será mejor morir y extinguirse que tomar en la mano una copa que tú no has llenado, ni un vaso de licor que tú no has bendecido.


LAS CUATRO RANAS



El saber y el medio saber



Estaban cuatro ranas sentadas sobre _un grueso tronco de leña que flotaba a la orilla de un anchuroso río. Una ola fu­riosa arrastró al tronco hasta la mitad del río, donde la corriente lo condujo con el curso del agua. Alborozáronse las ranas por el encanto de su expedición y comenzaron a saltar sobre el tronco porque jamás se vieron navegar mar adentro. Pasado un momento de silencio la primera rana gritó:

- ¡Qué tronco más curioso y extraño! Mirad, compañe­ras, cómo viaja igual que los seres vivientes. Jamás he visto ni oído hablar de cosa tan parecida.

La segunda rana : -Este tronco no camina, se mueve, amiga mía; y tampoco es extraño y curioso como te lo has imaginado. Las aguas del río que corren de por sí hacia el mar conducen con ellas a este tronco que a su vez nos con­duce con él.

La tercera rana: -No, por mi vida, compañeras, os equi­vocáis. Es una divagación la vuestra. Ni el río se mueve, ni el tronco. Es nuestro pensamiento el que se mueve dentro de nosotros y él es quien nos conduce a creer en el movimiento de los cuerpos inmóviles.

Discutieron largamente las tres ranas sobre qué era lo que se movía en realidad, llenando la quietud del río con sus gritos y su perturbador croar.

Como no llegaron a ningún acuerdo, pidieron la opinión de la cuarta rana. Esta, que hasta entonces no había dicho esta boca -es mía, sino que las escuchaba con atención, habló de la siguiente manera:

-Todas vosotras habéis tenido razón, compañeras, y ninguna se ha equivocado en sus razones. El movimiento está en el río tanto como en el tronco, como en nuestro pensa­miento al mismo tiempo.

Este fallo conformó a las tres ranas en disputa, porque cada una quería tener la razón.

Cuéntase que lo que sucedió después del fallo de la cuarta rana fue cosa curiosa en el reino. Las tres ranas hicieron la paz entre ellas y en un conciliábulo ejecutivo resolvieron echar a la cuarta rana al río.

Y la arrojaron al agua.


LOS OTROS MARES



Cierto día dijo un pez a otro:

-Por encima de nuestro mar existe otro. En ese mar hay diversos seres vivientes que viven como nadamos y vivimos nosotros aquí.

-Son fantasías tuyas -le contestó el otro pez-. ¿No sabes, hermano mío, que cada ser viviente que deja nuestro mar un momento moriría? ¿Cuál es entonces la prueba de la existencia de otros seres vivientes en otros mares?


EL ARREPENTIMIENTO



En una noche oscura entró un hombre a la quinta de un vecino, robó el melón más grande que encontró a manó y se lo llevó a su casa. Después de partirlo, lo halló verde. Enton­ces la conciencia le aguijoneó y llenó de reproches.

Y el ladrón se arrepintió de haber robado el melón a su vecino.


LA ESENCIA SUPREMA



Y sucedió que después de la ceremonia de la coronación de Nufsibaal, el rey de Yubail, éste se dirigió a su gabinete. Era una alcoba privada que los adivinos del Líbano construyeron para él. Hallándose solo, se detuvo en medio de su gabinete pensando en el poder ilimitado que poseía como rey de una comarca que otrora era un vasto imperio.

Había allí un espejo que ostentaba un artístico marco de plata, regalo de su madre. Y mientras se quitaba la corona y la púrpura vio con gran, asombro que del espejo salía un hombre desnudo y se adelantaba hacia él. Aterrorizado, el rey gritó:

-Hombre, ¿qué quieres de mí?

-Una sola cosa quiero de tí. Dime, ¿por qué te han coronado rey de Yubail?

-Me coronaron porque soy el hombre más noble de entre ellos.

- ¡Por Dios! Si fueras más noble de lo que eres, no hubie­ras aceptado el reino.

-Me coronaron porque soy el más caballero y más fuerte de entre ellos.

-Si es cierto que eres el más caballero y más fuerte de todos ellos no deberías haber aceptado el ser su rey.

-Mi pueblo me coronó porque soy el más sabio que hay entre él.

-No, por Dios; si hubieras sido más sabio de lo que eres ahora, no habrías admitido que te eligieran rey de Yubail. Cuenta la leyenda que ante las palabras del hombre des­nudo que salió del espejo cayó el rey de bruces y luego pro­rrumpió en llanto.

El hombre desnudo lo miraba con compasión y ter­nura; se sentía triste ante la estupidez e idiotez del rey. Tomó luego la corona que había rodado por el suelo y la colocó nuevamente sobre la humillada cabeza del Rey y volvió a entrar en el espejo, tal como había salido, mirando a Nufsibaal dulce y cariñosamente.

Al despertarse, el rey miró al espejo y no vio allí más que a su propia persona con la corona puesta en la cabeza.


LOS CRITICOS



Viajaba, cierta noche, un caballero montañés hacia la costa del mar. Llegaba a un lugar cercano de la costa, donde se levantaba una posada. Se apeó y ató el caballo a un árbol, frente a la puerta, porque tal como todos los montañeses, tenía confianza en la noche y en los hombres, y luego entró con los demás.

Cuándo se hubieron dormido todos los habitantes de la venta, y mientras se hallaban entregados al sueño, llegó.un ladrón y robó el caballo de nuestro viajero. Al día siguiente al despertar, el caballero montañés se dirigió al lugar donde había dejado el caballo. El animal no estaba y en vano lo buscó en todos aquellos lugares. Se afligió el viajero tanto por la pérdida, como por la amarga realidad de haber entre los hombres alguno que le probara a su conciencia robando. Cuando los demás compañeros del viajero supieron la nueva, le rodearon y comenzaron a cubrirlo de reproches:

- ¡Qué necio eres! ¿Por qué has atado tu caballo fuera del establo?

-Mucho me extraña que no haya puesto las argollas de hierro en las patas de tu bruto. ¡Qué ignorante eres!

-Viajar a caballo hacia las costas es una estupidez, amigo mío.

-Yo creo que nadie viaja en nuestra época a caballo, más que los lerdos y los pesados.

Esas razones elocuentes y la prédica de los viajeros asombraron al montañés, que encolerizado, les replicó:

-Amigos míos: os surgió la elocuencia espontánea­mente al enteraros del robo de mi caballo. Según vosotros, soy un necio porque confié en los hombres y en la noche. Me habéis enumerado mis errores, pero lo que más me asombra de tanta elocuencia vuestra es que ninguno de vosotros dijo una sola palabra del ladrón que robó mi ca­ballo.


EL MORIBUNDO Y EL MILANO



¡Detente, príncipe del aire!, detente un momento más y habré dejado todo este resto consumido. ¡Ah, cómo te impacienta mi agonía! Yo no quisiera hacerte sufrir de hambre al hacerte esperar unos minutos más; pero esas ca­denas, aunque fueron de hálitos débiles, son difíciles de romper. Mi amor a la muerte, el más lejano de mis deseos, está atado con las cadenas de mis deseos por la vida, que es lo que más amo.

Perdón, hijo del firmamento, me voy de este mundo, pero lentamente. Es el recuerdo que se apodera de mi alma para devolverle las reminiscencias pasadas y colocar frente a ella la comitiva de los días consumados de mi vida en la agonía, y dejarla contemplar la juventud que pasó en un sueño; el recuerdo que presenta ante mí un rostro que suplica no cerrar los párpados y devolver a mis oídos una voz amada cuyo eco aún suena en mi alma; es el recuerdo que deja tocar mi frente una mano de rosas y que yo no veo.

Perdón, compañero. Mucho has esperado; ya se acercó la hora tocando a su fin. Todo es vano en esta vida, todo es pasajero: el rostro, los ojos, la mano y la neblina que los envolvía. Ya se ha desatado el nudo; ya se ha roto la soga y aquello que no 'es para comerse ni beberse ya me abandona y se va.

Adelante compañero; acércate, ave hambrienta. Ya se ha alistado el banquete; pero el manjar es frugal, es humilde. Te lo presento voluntariamente. Ven y hunde tu pico en mi costado izquierdo. Desgárralo y arranca de los barrotes de su jaula este pequeño pájaro que dejó de aletear.

Tómalo y llévalo al infinito. Es el mejor tesoro que tuve sobre la tierra.

Ven, Príncipe del Aire; ven, amigo mío, eres ahora mi huésped. Yo te doy la bienvenida. Bienvenido seas.


LA LEONA



Dormía sobre su trono la reina de la selva, y en su regazo acurrucábase una gata que maullaba en tanto que miraba con asco y desprecio a cuatro esclavos que abanicaban a la reina. Y en el silencio de aquel recinto se oyó este diálogo:

Esclavo primero (A sus compañeros):

- ¡Qué horrible está la hija del león en su sueño! Mirad como se han aflojado sus labios; oíd sus ronquidos, como si el diablo le apretara la garganta.

La gata: -Su horrible aspecto en sueños no se compara ni con una parte de la brutalidad de vuestra esclavitud.

Esclavo segundo: -Lo más raro es que el sueñb no ha dul­cificado los rasgos de su rostro. Al contrario, lo ha surcado de arrugas. Sin duda alguna está soñando algo terrible y sa­tánico.

La gata: - ¡Ojalá durmierais vosotros para soñar en vuestra libertad!

Esclavo tercero: -Me parece ver que desfila en su sueño la comitiva de sus víctimas que tan despóticamente sacrificó.

La gata: -Sí, señores, ella ve, ve en su sueño, la comiti­va de vuestros abuelos y de vuestros nietos.

Esclavo cuarto: - ¡Imbéciles! Habláis de la reina mientras ella duerme. Decidme: ¿qué ganáis con este diálogo? ¿Atenuaríá, acaso, la tribulación de mi consigna o la fatiga que me produce abanicar?

La gata: -No, por cierto. Seguid abanicando hasta la eternidad, porque está escrito: "Tanto como en el cielo, así es en la tierra."

En aquel instante sé movió la reina en su sueño y cayó la corona de su cabeza, yendo a rodar por el suelo.

-Un mal augurio -dijo uño de los esclavos.

Entonces la gata contestó maullando: -Las desgracias de unos benefician a otros.

Esclavo segundo: -¿Qué sería de nosotros si se desper­tara de su sueño y hallara la corona tirada en el suelo? ¡Por Dios!, nos degollaría a todos.

La gata (maullando):-Os degollaba, necios, desde vuestro nacimiento, y vosotros ignorabais esto...

Esclavo tercero:-Sin duda nos degollaría a todos, segura de que con sus actos adoraba a sus dioses.

En aquel momento el cuarto esclavo hizo callar a sus compañeros y, recogiendo sigilosamente la corona de la reina, la colocó nuevamente sobre su cabeza, sin despertarla. Ante la actitud del cuarto esclavo la gata maulló fuertemente:

-En verdad os digo que no recogen las coronas rodadas por el suelo más que los mismos esclavos.

A los pocos minutos de acabar el diálogo se despertó la reina y, mirando en derredor de sí, dijo, bostezando, a los esclavos:

-Creo haber visto en mis sueños cuatro reptiles persegui­dos por un escorpión, alrededor del tronco de una gigantesca encina. ¡Qué sueno más horrible! ¡Maldito sea!

Y cerrando sus ojos volvió a dormir por segunda vez, después de haber llenado la alcoba con sus ronquidos. Prosiguieron los esclavos con los abanicos y la gata epilo­gó aquel acto con el siguiente maullido:

-Seguid, seguid, ciegos esclavos; seguid abanicando a vuestra ama. Vosotros no abanicáis más que un fuego voraz que devorará vuestra vida.


EL SANTO



En la mocedad visité un santo anacoreta en su retiro de penitencia. Habitaba una celda levantada sobre una cumbre envuelta en silencio y bruma. En tanto que conversaba con él sobre temas de moral y virtud, apareció un ladrón que cami­naba fatigosamente sobre las colinas cercanas. Venía domina­do por la fatiga. Cuando llegó a la celda, entró y se arrojó a los pies del santo y dijo:

-Santo Varón, he venido a pedirte un consuelo, -pues mis pecados se han elevado sobre mi cabeza.

-Hijo mío -replicó el santo-, mis pecados también se alzan sobre mi cabeza.

-Soy ladrón y salteador. Es imposible que tú seas como yo.

-Te equivocas, hijo mío; la verdad te digo que soy, como tú, ladrón y salteador.

- ¡Por Dios, señor mío!, que no comprendo lo que me dices. ¡Soy un asesino, un criminal, y el grito de mis víctimas resuena en mis oídos!

-Soy también asesino y criminal, hijo mío, y en mis oídos aún suenan los gritos de muchas de mis víctimas. -Señor, he cometido muchos crímenes e innumerables delitos. ¿Cómo te igualas a mí, tú que eres un Santo Varón de Dios?

- ¡Si supieras de mis maldades y de mis pecados! Sí, hijo mío, si supieras, no me habrías mencionado los tuyos. Entonces se puso el ladrón de pie y mirando al Santo, larga y extrañadamente, se retiró de la celda sin proferir palabra.

Yo guardé silenció hasta tanto se retiró aquel personaje extraño, y en aquella circunstancia hablé así al Santo, pregun­tándole:

-¿Qué motivos te movieron, señor mío, para atribuirte maldades y pecados que no has cometido nunca? ¿No ves, Santo Varón, que ese hombre ha dejado de creer en tu santa misión y en tus prédicas?

-Sí, hijo mío -me contestó el Santo-; es verdad lo que dices. Este hombre dejó de creer en mi santa misión; pero la verdad te d~"go que se retiró con el corazón lleno de consuelo. En aquel momento oímos al ladrón cantar, desde lejos, mientras resonaba en las montañas su voz alegre y sonora.



EL REY ANACORETA



En una selva que se pierde en las montañas vivía un joven que en el pasado fue monarca, dueño de un vasto reino exten­dido en Ibro Al Bahrain. Dijéronme que este joven había abdicado voluntariamente a su corona para sustituirla por el desierto y la soledad.

Dije entre mí: "Iré hasta aquel hombre e intentaré saber los secretos de su corazón, porque aquel que abdica su corona por su propia voluntad es más grande que el mismo trono."

Aquel día emprendí camino hacia la selva, donde vivía el rey anacoreta.

Lo encontré sentado a la sombra de un álamo blanco, sosteniendo en su mano una caña, igual que aquel cetro suyo de antaño. Lo saludé como si saludara en él al mismo rey, y él me contestó el salam dulcemente, como un pastor. Y después de mirarme fijamente me interrogó con suavidad:

-¿Qué buscas en esta selva solitaria, amigo mío? ¿Habrás venido a buscar, a esta hora, una esencia extraviada entre el ramaje frondoso, o regresas a tu hogar al haber terminado tu labor?

-No vine a buscar -respondí- sino a ti; y sólo incitado por el deseo de saber cuál era el motivo por el cual has cambiado tu reino por este retiro miserable.

-Breve es mi historia -replicó-; reventaron súbitamente las burbujas de mi vanidad, y he aquí mi historia: Hallábame un día sentado frente a mi ventana, y vi que el visir se paseaba con un embajador extranjero en el jardín. Cuando hubie­ron llegado hasta cerca de mi ventana, oí al visir hablar así de sí mismo:

-Yo soy como el rey: escancio el vino añejo hasta la embriaguez; amo toda clase de juego y me encolerizo como mi rey.

"Se perdieron visir y embajador entre la arboleda, no tar­dando en volver a pasar por cerca de mi ventana. Y he aquí lo que hablaba de mí el visir:

"-El rey es como yo. Tira bien al blanco, gusta de la música y como yo se baña tres veces al día.

El rey anacoreta calló y luego prosiguió:

-Aquella noche abandoné mi palacio y salí sin más baga­jes que mi manto, porque no quise continuar siendo el rey de unos que se atribuyen mis vicios y me confieren sus virtudes.

- ¡Qué curiosa es tu historia y qué extraño es tu caso, señor! -le dije.

-No, amigo mío -me replicó-; no es tal. Yo llamé a la puerta de mi soledad pretendiendo de ella muy mucho y tan sólo muy poco he, obtenido de ella. Dime, por Dios, ¿quién no cambiaría su reino por una selva en la cual quepan todas las estaciones alegre y eternamente inquietas? Muchos son los que abandonaron sus tronos para sustituirlos por una vida sosegada y quieta; por una vida solitaria y feliz. ¡Cuántas águilas hay a l1í que han bajado de su cielo para vivir con los topos en sus cuevas silentes y, así, conocer mejor los secretos de la tierra! ¡Y cuán numerosos son los que renuncian al reino de sus sueños para no aparentar ante los demás que viven ellos distantes de aquellos cuyas almas están vacías de sueños! ¡Cuán numerosos son aquellos que renuncian al reino de la desnudez para cubrir la suya y para que así no se enro­jezcan los libres al contemplar la desnudez de la razón, de la verdad y de la belleza!

"Pero es más digno de todos aquel que abdica el reino de la tristeza para no vanagloriarse ante el mundo de sus aflic­ciones.

Y se levantó, apoyándose sobre su caña, para continuar diciéndome:

-Vuelve a la ciudad opulenta y detente en sus puertas y observa a todos los que salen y entran en ella; y preocúpate de encontrar al hombre que pretendió haber nacido rey y que está sin trono; y al hombre que creyó señorear con su cuerpo y que sólo domina con su espíritu, pero que él ignora esto, igual que sus vasallos; y al hombre que se presenta públicamente como dueño y señor y que en realidad no es más que un esclavo de sus esclavos.

Al terminar su perorata me miró y sobre sus labios asomó una sonrisa; creí ver en ellas mil amaneceres. Tomó su camino y desapareció en el corazón de la selva.

Yo volví a la ciudad opulenta y me detuve en sus puertas. Observaba a los transeúntes que salían y entraban en ella. ¡Ay! ¡Cuán numerosos fueron los vasallos sobre los cuales pasó mi sombra!


LA GUERRA Y LAS NACIONES PEQUEÑAS



Una oveja con su corderito pacía en un prado. Por encima de ellos se cernía un águila. La rapaz seguía al corderito con ojos encendidos de hambre y voracidad, Mientras giraba en torno del humilde corderillo aprestándose a hundir sus garras en su tierna carne, se presentó otra águila aguijoneada por igual hambre y ferocidad. Al hallarse ambos colegas frente a frente, riñeron hasta llenar el vacío con sus gritos y graznidos. En aquella circunstancia la oveja estupefacta miró a las dos águilas y dijo a su hijo:

-Mira, hijo mío, ¡qué extraña es la riña de esas nobles aves! ¿No es vergonzoso para los reyes del espacio disputar y reñir, teniendo todo el anchuroso cielo para buscar manuten­ción? Pero, ora, hijo mío, ora, mi niño en tu corazón a Dios implorando la paz para tus hermanos alados.

Y el corderito oró fervorosamente y de todo corazón.


EL REY DE ARDOSA



Se presentaron un día los ancianos de Ardosa ante el rey y le rogaron ordenar que prohibiera el alcoholismo en su ciudad.

No prestó el rey oído a su petición, sino que se rió de ellos y les dio las espaldas; y les dejó.

Los ancianos de Ardosa se retiraron poseídos de una verdadera desesperación. Al llegar a la puerta del palacio toparon con el visir del rey. Este ministro, que era muy diplomático, sagaz y ladino, viendo perturbados a los ancia­nos y jefes de la ciudad, se dio cabal idea de su asunto. Y les habló así:

-¡Oh, amigos míos! La suerte no os ha acompañado esta vez. Si vosotros hubierais venido en el momento de hallarse ebrio el rey, habríais conseguido todo lo que venís a pedirle.


EL AVE DE MI FE



De las profundidades de mi corazón voló un ave y se remontó en el espacio, y cada vez que más subía, su tamaño se aumentaba más y más. Comenzó con la forma de la mari­posa, luego tomó la de una paloma; más adelante el tamaño de un águila, hasta que semejó una nube de primavera, llenan­do así el cielo tachonado de estrellas.

De las profundidades de mi corazón voló .un ave y se remontó en el cielo, aumentando su tamaño a medida que subía, y siempre quedaba habitando la profundidad de mi corazón.

¡Oh, mi Fe, mi Sabiduría obstinada y fuerte! ¿Cómo llegar a alcanzar tu altura para ver, juntamente contigo, la esencia sublime del hombre grabada sobre la faz del cielo? ¿Cómo convertir este mar que está en lo más hondo de mi alma, en una densa neblina y vagar, junto a ti, en el espacio infinito?

¿Podrá ver el prisionero, en la penumbra del templo, sus cúpulas doradas? ¿Tendrá la semilla la fuerza para esparcirse y envolver la fruta que antes la envolvía recíprocamente? Sí, ¡oh, mi Fe clemente! Sí; yo vivo encadenado con cadenas de hierro en los antros oscuros de esta prisión sin fin. Me separan de ti estas barricadas hechas de carne y huesos, para no poder volar contigo en el mundo infinito. Empero, tú vuelas de mi corazón para cernirte en el anchuroso espacio, tanto, que siempre te encuentro habitando la profundidad de mi corazón dolorido.

Y con todo esto estoy resignado, conforme y confiado.


LA HOJA BLANCA



Dijo así, un día, una hoja blanca de papel:

-Me he formado blanca, nítida, inmaculada y pura, y así seré hasta la eternidad. Prefiero quemarme y volverme ceniza blanca antes de permitir que me mancille la negrura y me macule la suciedad.

Oyó un tintero aquellas razones y se rió en su negro cora­zón, pero no se atrevió a tocar a aquella hoja blanca de papel. Oyéronla también las plumas y tampoco la tocaron. Y así permaneció la hoja de papel blanca, nítida, cual la nieve,... pero vacía.



EL SERMON DE LA AZOTEA



(El último despertar)



Era la noche profunda y lóbrega. Soplaba, en la mitad de su carrera, un aura pura y apacible impregnada por los prime­ros suspiros del alba. En aquella hora se levantó El Precursor, que es el eco de la voz que aún no ha tocado oído alguno, y, abandonando la alcoba, subió a la azotea de su casa. Contem­pló largamente la ciudad acostada en brazos de la noche y luego irguió su cabeza, y, como si se viese rodeado por los espíritus despiertos de los hombres dormidos, abrió su boca y habló así:

-Hermanos y vecinos míos: vosotros que pasáis por mi casa todos los días, quiero hablaros e invocaros en vuestros sueños; quiero caminar desnudo y libre porque estando despiertos estáis más alelados que en vuestro sueño; porque vuestro oído está cargado de baraúndas; porque es sordo y débil.

Os he amado mucho, y más que mucho.

He amado a cada uno de vosotros como si fuerais todos vosotros.

He amado a todos vosotros como si fuerais uno solo.

Mi corazón era un 'campo fértil y floreciente en vuestro

amor; en su primavera yo =cantaba en vuestros jardines; en su estío cuidaba de vuestras parvas.

Sí, hermanos y vecinos míos. A todos vosotros he amado; a vuestro titán como a vuestro enano; a vuestro leproso como al más sano que hay entre vosotros.

He amado al que se deslizaba en las tinieblas buscando en la noche su camino, igual que al que trillaba sus días bailando sobre collados y montañas.

Amé al fuerte a pesar de vivir patentes en mis carnes las huellas de sus herraduras férreas.

Amé al débil no obstante haber agobiado mi fe y agotado mi paciencia.

Amé al rico, cuya miel se volvía cicuta en mi boca.

Amé al pobre que, sabiendo mi vergüenza, y conociendo mis necesidades y mis debilidades, me ha escarnecido.

Amé al poeta plagiador que hacía vibrar la cítara de su vecino tocándola con sus dedos ciegos. Lo amé generosamen­te, cortésmente.

Amé al sabio que consumía su vida jutando mortajas viejas en el campo del abominable alfarero.

Amé al sacerdote acurrucado en el silencio de su pasado, preguntando por el día de su mañana.

Amé al anacoreta que hacía de los espectros de su capri­cho unos dioses para la adoración.

Amé al charlatán diciendo entre mí: "Le queda todavía mucho que decir a la vida."

Amé al mudo, porque pensaba: " ¡Ojalá pudiera hablar de su silencio!"

Amé al juez y al crítico, pero cuando me vieron crucifica­do dijeron: "Cuán suave emana la sangre de sus heridas y qué hermosas son las líneas que su sangre traza sobre su piel blanca."

Sí, hermanos y vecinos míos. Os he amado a todos voso­tros; a vuestro joven como a vuestro anciano. Amé a vuestra caña débil que temblaba al soplo de las brisas, igual que a vuestras gigantescas encinas. Pero ¡ay de mi! Mi corazón, que rebosaba por vuestro amor, ha endurecido el vuestro hacia mí, porque sois capaces de escanciar el vino del amor del fondo de las copas, pero jamás de tomarlo del río caudaloso. Y cuando habéis visto que yo os he amado igual, a todos igual, os habéis mofado de mí, diciendo: "Cuán débil es su corazón y apartada de su camino la sagacidad. Su amor es el de un mendigo hambriento que acostumbra recoger las miga­jas, aun sentado a las mesas de los reyes. Es el amor de un villano, servil, porque el hombre fuerte tan sólo ama a sus semejantes."

Y cuando habéis sabido que yo os amaba profundamen­te, desinteresadamente, hablasteis así: "El amor de este ser es el de un hombre extraño, sin gusto, que bebe el vinagre como si bebiera vino; es el amor de un intruso, hipócrita, porque ¿cuál es el hombre extraño que puede amarnos como nuestros padres y hermanos?

Estas son vuestras razones y otras tantas, porque cuántas veces me habéis indicado con vuestros dedos en las calles de la ciudad, diciendo burlescamente, unos a otros: "Mirad a este pequeño gran hombre que no le preocupan las estaciones ni los abriles ni los años. En el mediodía juega con nuestros niños y a la tarde acompaña a nuestros ancianos en sus reuniones simulando sabiduría.­

Entonces . dije: "No importa todo esto; yo los amaré más y más; pero esta vez cubriré mi amor con un velo de odio y mi cariño con un disfraz de hierro y no les seguiré sino ague­rrido."

Y me armé con mi desdén; puse mi mano pesada sobre vuestras heridas y contusiones y, al igual que una tempestad que sopla en plena noche, así he tronado en vuestros oídos y desde la azotea de mi casa os he llamado fariseos, traidores; burbujas de un mundo falso y vacío.

He maldecido a los miopes que hay entre vosotros cual murciélagos ciegos y, al igual que los topos sin alma, así he comparado a los que viven entre vosotros pegados a la tierra y al lodo.

Califiqué a vuestros hombres elocuentes y sabios de char­latanes e hijos de Babel; al hombre callado lo llamé duro de corazón y torpe de lengua; de vuestro hombre simple dije: "Los muertos no se aburren de la muerte.­

Y sentencié: "Que los que buscan en vosotros y en vuestros hijos la sabiduría humana son apóstatas, blasfemado­res contra el Espíritu Santo; a los atraídos por la fuerza espi­ritual extasiados por las investigaciones del más allá de la naturareza, los llamé pescadores de espectros que tiran sus redes en aguas mansas y que tan sólo pescan sus medrosas sombras."

Así he pregonado y publicado vuestras miserias en mis labios mientras mi corazón sangraba y os llamaba por los nombres más dulces.

Sí, hermanos y vecinos míos. El odio que así os ha hablado era guiado por su propio látigo; y el orgullo que ha bailado sobre vuestras miserias y cadáveres estaba lleno de polvo de la derrota y degollado por sus propios dolores.

Mi profundo dolor hacia vosotros, mi sed para amaros, se han rebelado sobre la azotea, mientras os imploraba el perdón de rodillas.

Pero he aquí el milagro, hermanos y vecinos míos; mi simulación os ha abierto los ojos .y mi odio ha despertado los corazones.

Vosotros no amáis más que las espadas que se hunden en vuestros corazones y sólo gustáis ver clavados los dardos en vuestros pechos.

Vosotros no os consoláis sino de vuestras heridas y no os embriagáis más que en vuestra sangre.

Y cual mariposas que aletean alrededor de la llama, buscando inocentemente la muerte, así os juntáis todos los días en mi jardín, y con cabezas erguidas y los ojos fijos en mí me seguís mientras yo desgarro con mis manos Tos teji­dos de vuestros días, en medio de vuestro cuchicheo, dicien­do entre vosotros: "El ve con la luz de Dios y habla con los profetas de aquellos tiempos. Descubre el velo de nuestras almas y destroza las cerraduras de nuestros corazones y cuál el águila que conoce los cubiles de los chacales, así El conoce nuestro camino."

Sí, por cierto, amigos míos. Yo conozco vuestro camino, pero a igual que el águila que conoce el nido de sus aguilu­chos.

Con todo placer os he descubierto mis secretos, pero para acercarme a vuestros corazones, simulo desdén y acrimo­nia; os finjo odio y aparento que os desprecio.

Y no bien terminó El Precursor su sermón, cuando cubrió su cara con su mano y rompió en llanto. Lloró amargamente porque comprendió que el amor desnudo que se rechaza es más sublime que el que canta gloria cubierto por la simula­ción y el fingimiento.

Y se avergonzó de sí mismo. Alzó súbitamente la cabeza y como si despertara de un sueño letárgico extendió sus brazos y miró con éxtasis el firmamento azul y dijo:

-Ya se ha desgarrado el manto de la noche y nosotros, los hijos de la noche, debemos morir cuando llegue el día caminando, sigilosamente, sosteniéndose sobre las lejanas colinas. De nuestras cenizas surgirá un amor más profundo y fuerte que el nuestro y se reirá en la cara del sol y se llamará AMOR ETERNO.

El zapaterito de Guanajuato

Elena Garro

Iba yo bajando la avenida, llevaba a Faustino de la mano, mi nietecito no decía nada, aunque yo bien veía que los tres días de girar por la ciudad, sin alimento y sin cobijo lo habían amedrentado. "Sin dinero, sin familia y sin amigos, ¿qué será de nosotros?", me iba yo diciendo, mientras veía las casas y las ventanas que me miraban pasar. Nunca fui pedigüeño y la vergüenza del hambre me hacía caminar sin ver por dónde pisaba. La ciudad es hosca por desconocida y todas sus calles, que son muchas, son ajenas a la tristeza de un fuereño. “¿Qué será e nosotros sin un alma que nos mire?” Iba oyendo los pasitos encarrerados de Faustino, sin verlo, para no mirarle el hambre... “De seguro lleva la boca bien seca. Sufriendo se enseña el hombre...” así iba yo diciéndome, cuando la vi por primera vez. Estaba dentro de un coche nuevo, encaramada en el asiento, bien abrazada al hombre que la tenía tomada por la cintura. De él sólo vi el pelo negro asomando sobre un hombro de ella, y los brazos que la sostenían. Me dije: "¡Caray, aquí se besan en mitad de la calle y en plena luz del sol!" Me llamó la atención su cintura delgadita adentro de su vestido blanco. La puerta del coche estaba abierta, y le vi las piernas tan desnudas como los brazos. Faustino también los vio. Y los dos vimos, cuando ella levantó una mano y le dio una bofetada en mitad de los besos que se daban. El, ofendido, echó la cabeza para atrás y ya no vi nada. No podía yo quedarme a mirar," ¡Viejo curioso!", me hubieran dicho y con sobrada razón. Faustino y yo seguimos bajando la avenida. "¡Qué genio tan vivo!" me dije y ahora me digo: “¡Ojalá que Dios le detenga la mano, para que no acabe mal!" De repente el coche nuevo pasó zumbando junto a nosotros. Vimos cómo adentro iban forcejeando: él para detenerla, ella con la portezuela abierta. El coche iba zigzagueando, como si fuera borracho. "¡Sea por Dios, con tal de que no les salga al paso un poste!" ...Faustino y yo seguimos bajando la avenida a la que no le veíamos fin. La mentada avenida era como todas las calles de la ciudad de México: cerrada por paredes y por casas, sin desembocadura al campo. La luz por allá es muy blanca y sin verdura, y a esas horas del mediodía, con los ojos sin sueño, los pies andados y el estómago limpio, cansa. En mis ochenta y dos años ya he visto mucho, pero nada tan desamparado como los mediodías de la nombrada ciudad de México. Faustino iba espantado. Así me lo dijo ella, cuando nos habló. Porque de repente la vimos venir andando de cara a nosotros. Su traje blanco relumbraba al sol. Parecía muy acalorada. Abrió tamaños ojos y se nos quedó mirando.

—No son de aquí, ¿verdad?

Nos vio fuereños por los pantalones de manta, los huaraches y los sombreros ardidos de sol.

—No, niña.

Se quedó piensa y piensa; ella todo lo piensa mucho aunque parezca que no.

—¿En dónde paran?

—En ninguna parte, niña.

Era feo mendigarle y los dos preferimos bajar los ojos. Nos dio vergüenza la desdicha.

—¿Ya comieron?

Preguntó de frente y sin rodeos. ¿Para qué mentirle, si se nos veía el hambre? Se me nublaron los ojos, la vejez no sirve para atajar a las lágrimas cuando quieren correr.

—No, niña. Ni mi nietecito ni yo hemos probado alimento en los tres días que llevamos girando por estas dichosas calles.

Le dije todo por el niño. El orgullo hay que hacerlo a un lado cuando hay criaturas.

—¿Tres días?

Nos miró como si dijéramos mentiras y luego se puso a mirar los coches que en esa avenida nunca dejan de pasar.

—¡Hay mucha hambre, niña! Mucha hambre. No sólo nosotros la padecemos, en mi pueblo todos andamos en la misma desgracia. Por eso venimos del campo a buscar consuelo en la ciudad.

—¡Estos bandidos del gobierno!

Se enojó como las yeguas y dio patadas en el suelo.

—Vengan.

No me avergonzó su caridad. La hacía con enojo, como si ella tuviera la culpa de mi triste situación. La frescura de su casa nos consoló de la sequía de la calle. Sus sirvientas se pusieron a reír cuando nos vieron. Luego detuvieron la risa y se quedaron serias. Una de ellas se acercó a la señora Blanquita.

—Señora, ya van tres veces que llama, una después de la otra. Seguidito, seguidito.

La señora Blanquita se puso roja de mohina y apoyó la cara sobre la mano para no pensar, Todos nos callamos.

—Si llama otra vez díganle que no he llegado... o que me morí...

Sus sirvientas y ella se quedaron muy tristes. Faustino y yo hicimos como si no hubiéramos oído nada y como si no estuviéramos allí. Las sirvientas nos llevaron a un cuarto para reposarnos, mientras nos preparaban la comida.

—¡Cuánta molestia! -decía yo.

—No se mortifique, señor, estamos impuestas, así es la, señora Blanquita.

Y así es. Por la tarde me quedé en la cocina platicando con ellas. Les conté de Guanajuato y de las tristezas que pasábamos: quería pagarles la cortesía del hospedaje y de la risa. Al oscurecer entró a la cocina la señora Blanquita. Estaba triste. Ocupó una sillita y se fumó dos cigarros, sin decir una palabra.

—Vete a ver al Chino, para ver si nos fía algo para la cena —dijo de repente.

Nunca pensé que una casa tan bien puesta y una señora tan bien vestida, no tuviera ni un centavo para cenar. ¡Parecía tan rica!

—El dinero se va como agua. Es maldito, ¿verdad?

Muy verdad que era maldito. Y así se lo contesté a la señora Blanquita.

—¿Hay mucha hambre en su tierra?

—Sí, niña, mucha.

Preguntando, preguntando, me hizo contarle mi vida, mis pesares, y la razón de mi viaje a la mentada ciudad de México. Soy de oficio zapatero, le dije, pero a causa de la pobreza, ya nadie compra zapatos en Guanajuato. Por eso junté unos centavos, que le pedí al agiotista, y me puse a hacer algunos pares, para venir a venderlos a la ciudad de México, en donde todavía la gente rica lleva zapatos. Salieron muy bonitos, con hebillas de plata y tacones altos, Por allá somos mineros, y nos gusta tanto el oro como la plata. En otros tiempos todo fue de oro: los palacios, los peines, los altares y en algunas casas hasta los barrotes de las ventanas fueron de oro. Pero, ya digo, eso fue en otros tiempos. Ahora somos pobres, por eso vine hasta aquí a traer mis zapatos. Rosa, mi hija mayor, los envolvió en papel de seda, y me prestó a su hijo Faustino, para que me acompañara en el viaje. Mi hija Gertrudis nos preparó la comida y nos hizo el itacate. Y la mañana de un jueves nos pusimos en camino. A las tres de la mañana agarramos la carretera y caminamos hasta el mediodía. A esa hora hallamos albergue en la casa de un carbonero, que nos ofreció su compasión, su agua fresca y también su fuego para calentar las tortillas. Con él también hicimos noche. Nos fuimos de madrugada. Al despedirnos nos deseó la buena compañía de Dios y nos dijo que en el viaje de regreso nos recogería otra vez. En nueve días que duró el viaje, lo hicimos a buen paso, hallamos consuelo en la gente de bien que nos compadecía. A mí, a causa de mis ochenta y dos años. Y a Faustino, mi nietecito, por sus ocho añitos tan tiernos. Cuando entrarnos en la ciudad de México fuimos derechos a la Villa de Guadalupe, para dar gracias. Hicimos noche en los portales de la Villa, junto con otros peregrinos, que también venían en busca de consuelo pan su hambre y sus pesares. Allí platicando, platicando, un señor me informó que en cualquier mercado me comprarían los zapatos.

—¡Qué bonitos! —me dijo, cuando se los enseñé. Yo no me di bien cuenta de que los miró con codicia, sino hasta el otro día, cuando amanecí sin ellos. Faustino me dijo:

—Vamos a buscarlo, abuelo, al fin que no andará lejos.

Y así fue: nos pusimos busca y busca y busca sin hallarlo. El señor no era muy alto, llevaba una chamarra de cuero, tenía el pelo muy negro y se reía. bonito. Pero no dimos con él. Andábamos en su busca, sin un centavo, y sin poder volver a Guanajuato, cuando la hallamos a usted, señora Blanquita.

La señora Blanquita nos miró compadecida.

—¿Y cuánto valían sus zapatos?

—Algo así como unos cien o quinientos pesos. Nunca lo supe de cierto, porque como le dije, no llegué a venderlos,

—¡Uy, qué bicoca!

Y la señora Blanquita se echó a reír. Hay que decir que ella no es de medias tintas, o se ríe mucho, o está bien enojada.

—Quinientos pesos... yo se los doy y le pago su boleto de autobús para que regrese a Guanajuato.

Mucho se lo agradecí. Le di mi nombre junto con las gracias: Loreto Rosales, para servirla. Y mi nieto, Faustino Duque su servidor. Regresó la sirvienta que se llama Josefina, y que es frondosa y de buen parecer.

—El Chino dijo que ya es mucho lo que nos fía, y no quiso darme ni un pedacito de queso.

—¡Se asará en los infiernos!

Y la señora Blanquita salió de la cocina, diciendo palabras gruesas, ella que es tan delgadita. Esa noche cenamos café negro y tortillas duras con sal. Pero nos afligimos, porque como nos dio la propia señora Blanquita, todos estábamos al amparo de la Divina Providencia. Apenas acabamos de cenar, apagaron las luces de la sala y cerraron las cortinas de las ventanas que daban a la calle. También apagaron la luz de la cocina. La señora Blanquita y sus sirvientas se tiraron en el suelo, junto a las ventanas, para espiar la calle, por la rendija de una cortina apenas entreabierta.

—Allí está, señora Blanquita —dijo Josefina muy quedito.

—Mire, seño, está mirando para acá, patrullando la casa...

—Desgraciado, voy a llamar a la policía —dijo la señora,

—Sí, señora, péguele un susto antes de que nos mate.

Estuvimos espiando el peligro hasta quién sabe qué horas, porque Faustino y yo nos retiramos a dormir. Casi no dormí pensando en el enemigo que acechaba a la señora Blanquita. Oí las horas, las doce, la una de la madrugada y ellas allí seguían, espiando los pasos del malhechor, para estar prevenidas. Menos mal que la señora Blanquita parecía muy arredrada. Lo mismo que Josefina, y que Panchita. Con ese pensamiento me dormí.

—¿Ya desayunó, don Loretito? —me preguntó la señora en la mañana.

—Ya, niña.

—Hoy le doy su dinero, para que vuelva a Guanajuato...

Y los días empezaron a correr y yo cada vez estaba más avergonzado. La señora Blanquita no tenia ni un centavo, y yo no, podía hacer nada por ella, ni siquiera irme, porque la hubiera ofendido.

—¡Déjeme ir, señora Blanquita!

—¡Está loco, don Loretito!

Se reía, ponía música y bailaba. No se acongojaba por nada. Nunca salía, estaba muy amenazada. Por las noches espiaba la calle con sus criadas.

—¡Estamos enchiqueradas!

—Sólo Dios nos puede ayudar.

En el día Josefina iba a pedir fiado. Antes de salir se asomaba a los balcones.

—Voy en una carrera antes de que llegue y me agarre.

Y volvía enseguida con las compras fiadas. Mientras preparaba la sopa de fideos y las quesadillas de flor de calabaza, cantaba. Tenía bonita voz la tal Josefina. Panchita también cantaba mientras tendía las camas y limpiaba los espejos. La señora Blanquita, tantito bailaba y tantito bordaba. Yo me hallé bien y ya no pedía irme. ¿Qué más quería? Tenia buen trato y buena compañía. A mi nieto lo dejaban jugar con el radio. De la ciudad ya ni me acordaba. Algún día la Divina Providencia nos recordaría y nos mandaría el dinero que necesitábamos. Entonces, con todo el dolor de mi corazón, yo me regresaría a Guanajuato. Y digo con todo el dolor porque me había engreído con esas tres mujeres: es difícil hallarlas tan reidoras. Así pensaba yo, y así pasaban los días. Fue una tarde, cuando ya empezaba a pardear, cuando llamaron a la puerta. Desde mi cuarto alcancé a oír la voz de Josefina.

—Perdone, señor, pero no puedo agarrar el paquetito...

—¿Por qué no? —era tamaño vozarrón de hombre.

Oí que Josefina cerró la puerta de golpe.

—¡Señora Blanquita, dejaron esto! —gritó Josefina apesadumbrada.

—¡Estúpida! ¿Por qué lo agarraste?

Oí que deshacían el paquetito.

—¿Ves?, ¿ves? ¡Mira!, ¡mira!

No me atreví, a asomar la cabeza para ver qué habían traído. Josefina entró muy disgustada.

-La van a matar... la van a matar...

Al rato vi que Faustino estaba jugando con dos muñequitas rotas. Las dos estaban vestidas de novia y los vestidos blancos estaban hechos jirones, las mechitas güeras casi arrancadas.

—¿Dónde las encontraste, muchacho?

—Ahí estaban, en el suelo.

Pedimos unas agujas y un poco de hilo y nos pusimos a componerlas. En eso estábamos cuando volvieron a llamar a la puerta. Me puse en guardia, para algo había yo de servir a pesar de mis ochenta y dos años.

—¿La quiere matar? —gritó Josefina.

—¡Para que floree su tumba! —oí el mismo vozarrón de hombre.

—¡Señora!... Señora Blanquita.

También yo salí a ver: allí estaban regadas en el suelo, quién sabe cuántas rosas rojas.

—¡Las aventó, señora, cuando yo no las quise agarrar!

—Flores en el suelo de mi casa, ¡qué mal agüero!, ¡qué mal agüero! —gritó la señora Blanquita.

Bien roja de mohína las empezó a levantar, abrió la ventana y las tiró a la calle. Josefma la ayudó, En cambio Panchita agarró una docena y la escondió en uno de los baños.

—Venga a ver, don Loretito.

La señora me llevó al balcón. Ya había oscurecido y las flores con la luz de los faroles, brillaban como confeti. Lástima que los coches les pasaran por encima. Nos metimos cuando vimos que todas estaban machucadas. Al rato volvieron a llamar a la puerta, pero esta vez eran golpes muy recios, como si quisieran echarla abajo. Me pareció que le daban de patadas o de cachazos de pistola.

—¡Yo abro, Josefina!

Vimos pasar a la señora Blanquita, como una centella. Iba embravecida.

Luego ya no oímos nada. Con precaución salimos del cuarto, en el suelo del salón había otro tanto de rosas rojas, y la puerta de la calle estaba completamente abierta.

—¡Se la llevó! —gritó Josefina.

—Sí, se la llevo —repitió Faustino.

Los cuatro nos vimos muy espantados. Sólo Dios sabía a dónde y si algún día la devolverla. Apenas íbamos a decir algo, cuando la señora Blanquita se nos apareció de nuevo. Venía bien revolcada, con el pelo lacio sobre la cara y su vestido blanco, roto.

—¡Me echó el coche encima!... dame un tequila...

La señora se dejó caer en una silla de seda. Tenía las rodillas raspadas. Josefina le limpió la sangre de las piernas, le arregló el pelo y le pasó un pañuelo por la cara. Panchita nos dio a todos un buen fajo de tequila.

—Ande don Loretito, para el susto.

Con la señora Blanquita, va uno de sobresalto en sobresalto. Se bebió su tequila de un trago, se repuso, se levantó y se fue al teléfono.

—Haga el favor de venir a la esquina de mi casa. A ver si tiene valor de decírmelo en mi cara... Lo espero en diez minutos.

Al rato entró a la cocina bien girita, llevaba otro vestido. Nos sonrió, pero yo vi que estaba bien enojada. Buscó y buscó entre los cuchillos y luego escogió un martillo. Se lo puso bajo el brazo, con la cabeza para arriba, el palo pegado al cuerpo y lo sostuvo con el brazo. Parecía que iba desarmada. ¡Es ladina, y sabe muy bien lo que hace!

-Ahorita vengo.

Nos tiró un beso con la mano libre y se fue. Las muchachas se me quedaron mirando: "Viejo tarugo, ¿para qué sirve,?" Les leí el pensamiento.

—Voy a seguir sus pasos... nunca se sabe... Salí a la calle, que no había pisado en muchos días. De noche había tantos automóviles, como al mediodía, y sus faroles la llenaban de reflejos. A causa de ellos, no atinaba yo a ver por dónde andaba la señora Blanquita. De repente al vi en la acera de enfrente. Junto a ella estaba un hombrón muy alto. Parecía que no se hablaban, nada más se miraban: midiéndose, Me metí entre los coches, y con mucha cautela, me acerqué.

—¡Sígame!

—Aquí no —gritó la señora.

El hombrón se volvió para todas partes, buscando.

—Debe tener usted a sus indios guardándola —dijo temeroso.

—Sígame.

La señora se echó a andar y el hombre la fue siguiendo, mirando, mirando para todas partes, desconfiado. A mí no me vio. ¿Quién se fija en mí? ¡Nadie! Nadie sabe ver a un pobre. Además yo sé caminar sin que me miren. Me lo enseñaron de chiquito. Nos fuimos metiendo por unas calles con jardines y sin gentes. ¡Muy oscuras.! Yo me escurría entre los árboles y los pocos postes de luz. También me arrimaba a las puertas y a las rejas. La señora Blanquita iba muy adelante, caminando sin volver la cabeza, con los brazos pegados al cuerpo, escondiendo el arma, bien derechita. Dio vuelta a la izquierda y él la siguió. Yo me arrimé a la esquina y miré. El me daba la espalda. Ella se le fue acercando.

—A solas, repítame lo que dijo.

—¿Lo qué dije?... ¿qué dije? —preguntó el hombre asustado.

—¡Repítame lo que me dijo!

—Eres mala. Muy mala...

Y el hombre dio la vuelta después de dar su queja. Apenas le dio la espalda, la señora Blanquita sacó el martillo, lo levantó, agarrándolo con las dos manos y le dio un golpe seco sobre la nuca. La cabeza del martillo brincó sobre la acera y se fue rebotando hasta media calle. ¡Así de recio fue el golpe! El hombre dio unos pasos bamboleándose. A la luz de los faroles le vi los ojos en blanco. Luego, como borracho se fue a media calle y a tientas buscó la cabeza del martillo, la agarró y alcanzó a tirarla adentro de un jardín. Después se dejó caer al suelo y se cogió la cabeza entre las manos. La señora Blanquita se acercó a rematarlo con el palo del martillo. Pero el hombre se lo arrebató de un manotazo y lo tiró adentro del jardín.

—¡Traidora!... Das por la espalda...

Estaba enojada de haber dejado vivo a su enemigo. Era valiente, porque el enemigo era bien fornido, le sacaba una cabeza y pesaba el doble que ella. Allí sentado, le vi tamañas manos y tamañas espaldas. La señora lo miró un rato y luego agarró el camino de su casa. El hombre se levantó para seguirla. Pasaron muy cerquita de mí, sin verme. Yo los seguí. "Mientras ella lleve la ventaja, yo no meto las manos. Es bien bragada y defensa no necesita", me iba yo diciendo, cuando llegamos a la última callecita, la que desemboca en su avenida. Allí ella se detuvo, pensando, ¡adivinar en qué! Cerca de la esquina había un estanquillo abierto.

—¡Cómpreme unos cigarros! —ordenó.

Me acordé que desde la mañana no fumaba, porque el Chino no había querido fiarle sus Monte Carlo.

—Sí, mi amor...

Oí que contestaba su enemigo. Y con cautela, se paró en la puerta del estanquillo, para cuidar la bocacalle y que ella no ganara la avenida. Le estaba cerrando el paso. Ella lo miró y reculó muy despacito, muy despacito. Cuando el enemigo entró a pagar los cigarros, la señora Blanquita miró para todas partes, buscando salida en la callecita oscura, pero no tenía más remedio que pasar frente a la puerta del estanquillo. Miró para el cielo y se halló con las ramas del fresno. Sin pensarlo, se trepó al árbol como un gato y desapareció en lo oscuro del follaje. El hombre salió con los cigarros en la mano y no la vio. Pero no se desanimó: alerta, fue calle arriba, mirando para todas partes, escudriñando los jardines, las rejas, las salientes de las casas. Luego, calle abajo. Luego otra vez calle arriba, buscando; luego otra vez calle abajo. Yo me senté en el borde de la acera, me bajé el sombrero y me hice el que dormía, mientras lo miraba: calle arriba, calle abajo. Él árbol de la señora Blanquita estaba muy quietecito. Y el hombre seguía calle arriba, calle abajo, mirando para todos lados. "¡Condenado, sabe que no ha salido de estos andurriales y le anda cerrando el paso!" Pasó más de una hora. Cerraron el estanquillo y el hombre seguía calle arriba, calle abajo. De seguro la señora Blanquita lo miraba y por eso no se movía.

—¡Echeme un cigarro! —gritó de pronto desde las ramas del fresno—. Siempre he dicho que tanto el hombre como la mujer siempre se venden por sus vicios.

—¿Dónde, Blanca, dónde? —preguntó el hombre dando vueltas como trompo.

—Acá arriba.

—¿Dónde?

—¡En el fresno!

El enemigo se agarró al tronco del árbol y le dio tanta risa, qué a mí también me la contagió. Se reía tanto, que trabajo le costó tirarle los cigarros, porque ella no quiso bajarse.

—¡Lárguese, para que pueda volver a mi casa!

—¡Quiero verle la carita!

—No se puede. Sólo mis amigos pueden verla.

—¿Cuánto vale su carita? ¡La compro!

—¡Quinientos pesos!

—¿Los mismos que me pediste?

—¡Los mismos! Se los debo al zapaterito de Guanajuato.

Se me quitó la risa. El zapaterito de Guanajuato era yo, Loreto Rosales. Me agaché bien. No quería que nadie me viera la cara. Me dio vergüenza que yo, Loreto Rosales, pusiera a una señora en el trance de matar a martillazos al mal hombre que le negaba ¡quinientos pesos!

—¿En dónde está su zapaterito, para dárselos?

—En un lugar secreto y usted no lo verá.

En verdad no debía verme. Me fui hasta la esquina bien agachado. Pasé frente al estanquillo, que tenía las puertas cerradas. Di la vuelta, llegué a la avenida y gané la casa. Entré y agarré a Faustino y luego tomé el camino de regreso a Guanajuato. Hice once días, porque no hallaba la salida de la mentada ciudad de México. Me fui hasta sin despedirme, porque hay veces en que no despedirse es de más cortesía. En los once días de andada, me reconfortaba pensar que yéndome, libraba a la señora Blanquita de la cárcel. Hace ya siete días que llegué a mi casa. Pero no estoy tranquilo. Anoche soñé con la señora Blanquita, parada en el Hemiciclo a Juárez, buscándome. Tal vez me necesite. Por eso de buena hora agarré el camino de regreso a México. A buen paso, Faustino y yo llegaremos en nueve días, y allí veremos qué es menester que hagamos por ella. Al fin que mientras ella lleve la ventaja, yo no meteré las manos... Aunque con la señora Blanquita, nunca se sabe, nunca se sabe...


UN DIA DE ESTOS

GABRIEL GARCIA MARQUEZ

El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.

Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.

Después de la ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.

- Papá.

- Qué

- Dice el alcalde que si le sacas una muela.

- Dile que no estoy aquí.

Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.

- Dice que sí estás porque te está oyendo.

El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo:

- Mejor.

Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.

- Papá.

- Qué.

Aún no había cambiado de expresión.

- Dice que si no le sacas la mela te pega un tiro.

Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.

- Bueno -dijo-. Dile que venga a pegármelo.

Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:

- Siéntese.

- Buenos días -dijo el alcalde.

- Buenos -dijo el dentista.

Mientras hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal, y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca.

Don Aurelio Escovar le movió la cabeza hacia la luz. Después de obsevar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una presión cautelosa de los dedos.

- Tiene que ser sin anestesia -dijo.

- ¿Por qué?

- Porque tiene un absceso.

El alcalde lo miró en los ojos.

- Esta bien -dijo, y trató de sonreír. El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista.

Era una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se aferró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, mas bien con una marga ternura, dijo:

- Aquí nos paga veinte muertos, teniente.

El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.

- Séquese las lágrimas -dijo.

El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondadoy una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose. "Acuéstese --dijo-- y haga buches de agua de sal." El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.

- Me pasa la cuenta -dijo.

- ¿A usted o al municipio?

El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica:

- Es la misma vaina.

Tramontana


Gabriel García Márquez

Lo vi una sola vez en Boccacio, el cabaret de moda en Barcelona, pocas horas antes de su mala muerte. Estaba acosado por una pandilla de jóvenes suecos que trataban de llevárselo a las dos de la madrugada para terminar la fiesta en Cadaqués. Eran once, y costaba trabajo distinguirlos, porque los hombres y las mujeres parecían iguales: bellos de caderas estrechas y largas cabelleras doradas.

El no debía ser mayor de veinte años. Tenía la cabeza cubierta de rizos empavonados, el cutis cetrino y terso de los caribes acostumbrados por sus mamás a caminar por la sombra, y una mirada árabe como para trastornar a las suecas, y tal vez a varios de los suecos. Lo habían sentado en el mostrador como a un muñeco de ventrílocuo, y le cantaban canciones de moda acompañándose con las palmas, para convencerlo de que se fuera con ellos. ƒl, aterrorizado, les explicaba sus motivos. Alguien intervino a gritos para exigir que lo dejaran en paz, y uno de los suecos se le enfrentó muerto de risa.

-Es nuestro -gritó-. Nos lo encontramos en el cajón de la basura.

Yo había entrado poco antes con un grupo de amigos después del último concierto que dio David Oistrakh en el Palau de la Música, y se me erizó la piel con la incredulidad de los suecos. Pues los motivos del chico eran sagrados. Había vivido en Cadaqués hasta el verano anterior, donde lo contrataron para cantar canciones de las Antillas en una cantina de moda, hasta que lo derrotó la tramontana. Logró escapar al segundo día con la decisión de no volver nunca, con tramontana o sin ella, seguro de que si volvía alguna vez lo esperaba la muerte. Era una certidumbre caribe que no podía ser entendida por una banda de nórdicos racionalistas, enardecidos por el verano y por los duros vinos catalanes de aquel tiempo, que sembraban ideas desaforadas en el corazón.

Yo lo entendía como nadie. Cadaqués era uno de los pueblos más bellos de la Costa Brava, y también el mejor conservado. Esto se debía en parte a que la carretera de acceso era una cornisa estrecha y retorcida al borde de un abismo sin fondo, donde había que tener el alma muy bien puesta para conducir a más de cincuenta kilómetros por hora. Las casas de siempre eran blancas y bajas, con el estilo tradicional de las aldeas de pescadores del Mediterráneo. Las nuevas eran construidas por arquitectos de renombre que habían respetado la armonía original. En verano, cuando el calor parecía venir de los-desiertos africanos de la acera de enfrente, Cadaqués se convertía en una Babel infernal, con turistas de toda Europa que durante tres meses les disputaban su paraíso a los nativos y a los forasteros que habían tenido la suerte de comprar una casa a buen precio cuando todavía era posible. Sin embargo, en primavera y otoño, que eran las épocas en que Cadaqués resultaba más deseable, nadie dejaba de pensar con temor en la tramontana, un viento de tierra inclemente y tenaz, que según piensan los nativos y algunos escritores escarmentados, lleva consigo los gérmenes de la locura.

Hace unos quince años yo era uno de sus visitantes asiduos, hasta que se atravesó la tramontana en nuestras vidas. La sentí antes de que llegara, un domingo a la hora de la siesta, con el presagio inexplicable de que algo iba a pasar. Se me bajó el ánimo, me sentí triste sin causa, y tuve la impresión de que mis hijos, entonces menores de diez años, me seguían por la casa con miradas hostiles. El portero entró poco después con una caja de herramientas y unas sogas marinas para asegurar puertas y ventanas, y no se sorprendió de mi postración.

-Es la tramontana -me dijo-. Antes de una hora estará aquí.

Era un antiguo hombre de mar, muy viejo, que conservaba del oficio el chaquetón impermeable, la gorra y la cachimba, y la piel achicharrada por las sales del mundo. En sus horas libres jugaba a la petanca en la plaza con veteranos de varias guerras perdidas, y tomaba aperitivos con los turistas en las tabernas de la playa, pues tenía la virtud de hacerse entender en cualquier lengua con su catalán de artillero. Se preciaba de conocer todos los puertos del planeta, pero ninguna ciudad de tierra adentro. "Ni París de Francia con ser lo que es", decía. Pues no le daba crédito a ningún vehículo que no fuera de mar.

En los últimos años había envejecido de golpe, y no había vuelto a la calle. Pasaba la mayor parte del tiempo en su cubil de portero, solo en alma, como vivió siempre. Cocinaba su propia comida en una lata y un fogoncillo de alcohol,'pero con eso le bastaba para deleitarnos a todos con las exquisiteces de la cocina gótica. Desde el amanecer se ocupaba de los inquilinos, piso por piso, y era uno de los hombres más serviciales que conocí nunca, con la generosidad involuntario y la ternura áspera de los catalanes. Hablaba poco, pero su estilo era directo y certero. Cuando no tenía nada más que hacer pasaba horas llenando formularlos de pronósticos para el fútbol que muy pocas veces hacía sellar.

Aquel día, mientras aseguraba puertas y ventanas en previsión del desastre, nos habló de la tramontana como si fuera una mujer abominable pero sin la cual su vida carecería de sentido. Me sorprendió que un hombre de mar rindiera semejante tributo a un viento de tierra.

-Es que éste es más antiguo -dijo.

Daba la impresión de que no tenía su año dividido en días y meses, sino en el número de veces que venía la tramontana. "El año pasado, como tres días después de la segunda tramontana, tuve una crisis de cólicos", me dijo alguna vez. Quizás eso explicaba su creencia de que después de cada tramontana uno quedaba varios años mas viejo. Era tal su obsesión, que nos infundió la ansiedad de conocerla como una visita mortal y apetecible.

No hubo que esperar mucho. Apenas salió el portero se escuchó un silbido que poco a poco se fue haciendo más agudo e intenso, y se disolvió en un estruendo de temblor de tierra. Entonces empezó el viento. Primero en ráfagas espaciadas cada vez más frecuentes, hasta que una se quedó inmóvil, sin una pausa, sin un alivio, con una intensidad y una sevicia que tenía algo de sobrenatural. Nuestro apartamento, al contrario de lo usual en el Caribe, estaba de frente a la montaña, debido quizás a ese raro gusto de los catalanes rancios que aman el mar pero sin verlo. De modo que el viento nos daba de frente y amenazaba con reventar las amarras de las ventanas.

Lo que más me llamó la atención era que el tiempo seguía siendo de una belleza irrepetible, con un sol de oro y el cielo impávido. Tanto, que decidí salir a la calle con los niños para ver el estado del mar. Ellos, al fin y al cabo, se habían criado entre los terremotos de México y los huracanes del Caribe, y un viento de más o de menos no nos pareció nada para inquietar a nadie. Pasamos en puntillas por el cubil del portero, y lo vimos estático frente a un plato de frijoles con chorizo, contemplando el viento por la ventana. No nos vio salir.

Logramos caminar mientras nos mantuvimos al socaire de la casa, pero al salir a la esquina desamparada tuvimos que abrazarnos a un poste para no ser arrastrados por la potencia del viento. Estuvimos así, admirando el mar inmóvil y diáfano en medio del cataclismo, hasta que el portero, ayudado por algunos vecinos, llegó a rescatarnos. Sólo entonces nos convencimos de que lo único racional era permanecer encerrados en casa hasta que Dios quisiera. Y nadie tenía entonces la menor idea de cuándo lo iba a querer.

Al cabo de dos días teníamos la impresión de que aquel viento pavoroso no era un fenómeno telúrico, sino un agravio personal que alguien estaba haciendo contra uno, y sólo contra uno. El portero nos visitaba-varias veces al día, preocupado por nuestro estado de ánimo, y nos llevaba frutas de la estación y alfajores para los niños. Al almuerzo del martes nos regaló con la pieza maestra de la huerta catalana, preparada en su lata de cocina: conejo con caracoles. Fue una fiesta en medio del horror.

El miércoles, cuando no sucedió nada más que el viento, fue el día más largo de mi vida. Pero debió ser algo como la oscuridad del amanecer, porque después de la media noche despertamos todos al mismo tiempo, abrumados por un silencio absoluto que sólo podía ser el de la muerte. No se movía una hoja de los árboles por el lado de la montaña. De modo que salimos a la calle cuando aún no había luz en el cuarto del portero, y gozamos del cielo de la madrugada con todas sus estrellas encendidas, y del mar fosforescente. A pesar de que eran menos de las cinco, muchos turistas gozaban del alivio en las piedras de la playa, y empezaban a aparejar los veleros después de tres días de penitencia.

Al salir no nos había llamado la atención que estuviera a oscuras el cuarto del portero. Pero cuando regresamos a casa el aire tenía ya la misma fosforescencia del mar, y aún seguía apagado su cubil. Extrañado, toqué dos veces, y en vista de que no respondía, empujé la puerta. Creo que los niños lo vieron primero que yo, y soltaron un grito de espanto. El viejo portero, con sus insignias de navegante distinguido prendidas en la solapa de su chaqueta de mar, estaba colgado del cuello en la viga central, balanceándose todavía por el último soplo de la tramontana.

En plena convalecencia, y con un sentimiento de nostalgia anticipada, nos fuimos del pueblo antes de lo previsto, con la determinación irrevocable de no volver jamás. Los turistas estaban otra vez en la calle, y había música en la plaza de los veteranos, que apenas sí tenían ánimos para golpear los boliches de la petanca. A través de los cristales polvorientos del bar Marítzm alcanzamos a ver algunos amigos sobrevivientes, que empezaban la vida otra vez en la primavera radiante de la tramontana. Pero ya todo aquello pertenecía al pasado.

Por eso, en la madrugada triste del Boccacio, nadie entendía como yo el terror de alguien que se negara a volver a Cadaqués porque estaba seguro de morir. Sin embargo, no hubo modo de disuadir a los suecos, que terminaron llevándose al chico por la fuerza con la pretensión europea de aplicarle una cura de burro a sus supercherías africanas. Lo metieron pataleando en una camioneta de borrachos, en medio de los aplausos y las rechiflas de la clientela dividida, y emprendieron a esa hora el largo viaje hacia Cadaqués.

La mañana siguiente me despertó el teléfono. Había olvidado cerrar las cortinas al regreso de la fiesta y no tenía la menor idea de la hora, pero la alcoba estaba rebozada por el esplendor del verano. La voz ansiosa en el teléfono, que no alcancé a reconocer de inmediato, acabó por despertarme.

-¿Te acuerdas del chico que se llevaron anoche para Cadaqués?

No tuve que oír más. Sólo que no fue como me lo había imaginado, sino aún más dramático. El chico, despavorido por la inminencia del regreso, aprovechó un descuido de los suecos venáticos y se lanzó al abismo desde la camioneta en marcha, tratando de escapar de una muerte ineluctable.


Enero 1982.

Muerte constante más allá del Amor


Gabriel García Márquez

Al senador Onésimo Sánchez le faltaban seis meses y once días para: morirse cuando encontró a la mujer de su vida. La conoció en el Rosal del Virrey, un pueblecito ilusorio que de noche era una dársena furtiva para los buques de altura de los contrabandistas, y en cambio a pleno sol parecía el recodo más inútil del desierto, frente a un mar árido y sin rumbos, y tan apartado de todo que nadie hubiera sospechado que allí viviera alguien capaz de torcer el destino de nadie. Hasta su nombre parecía una burla, pues la única rosa que se vio en aquel pueblo la llevó el propio senador Onésimo Sánchez la misma tarde en que conoció a Laura Farina.

Fue una escala ineludible en la campa—a electoral de cada cuatro a—os. Por la mañana habían llegado los furgones de la farándula. Después llegaron los camiones con los indios de alquiler que llevaban por los pueblos para completar las m. ultitudes de los actos públicos. Poco antes de las once, con la música y los cohetes y los camperos de la comitiva, llegó el automóvil ministerial del color del refresco de fresa. El senador Onésimo Sánchez estaba plácido y sin tiempo dentro del coche refrigerado, pero tan pronto como abrió la puerta lo estremeció un aliento de fuego y su camisa de seda natural quedó empapada de una sopa lívida, y se sintió muchos años más viejo y más solo que nunca. En la vida real acababa de cumplir 42, se había graduado con honores de ingeniero metalúrgico en Gotinga, y era un lector perseverante aunque sin mucha fortuna de los clásicos latinos mal traducidos. Estaba casado con una alemana radiante con quien tenía cinco hijos, y todos eran felices en su casa, y él había sido el más feliz de todos hasta que le anunciaron, tres meses antes, que estaría muerto para siempre en la próxima Navidad.

Mientras se terminaban los preparativos de la manifestación pública, el senador logró quedarse solo una hora en la casa que le habían reservado para descansar, Antes de acostarse puso en el agua de beber una rosa natural que había conservado viva a través del desierto, almorzó con los cereales de régimen que llevaba consigo para eludir las repetidas fritangas de chivo que le esperaban en el resto del día, y se tomó varias píldoras analgésicas antes de la hora prevista, de modo que el alivio le llegara primero que el dolor. Luego puso el ventilador eléctrico muy cerca del chinchorro y se tendió desnudo durante quince minutos en la penumbra de la rosa, haciendo un grande esfuerzo de distracción mental para no pensar en la muerte mientras dormitaba. Aparte de los médicos, nadie sabía que estaba sentenciado a un término fijo, pues había decidido padecer a solas su secreto, sin ningún cambio de vida, y no por soberbia sino por pudor.

Se sentía con un dominio completo de su albedrío cuando volvió a aparecer en público a las tres de la tarde, reposado y limpio, con un pantalón de lino crudo y una camisa de flores pintadas, y con el alma entretenida por las píldoras para el dolor. Sin embargo, la erosión de la muerte era mucho más pérfida de lo que él suponía, pues al subir a la tribuna sintió un raro desprecio por quienes se disputaron la suerte de estrecharle la mano, y no se compadeció como en otros tiempos de las recuas de indios descalzos que apenas si podían resistir las brasas de caliche de la placita estéril. Acalló los aplausos con una orden de la mano, casi con rabia, y empezó a hablar sin gestos, con los ojos fijos en el mar que suspiraba de calor. Su voz pausada y honda tenía la calidad del agua en reposo, pero el discurso aprendido de memoria tantas veces machacado no se le había ocurrido por decir la verdad sino por oposición a una sentencia fatalista del libro cuarto de los recuerdos de Marco Aurelio.

-Estamos aquí para derrotar a la naturaleza - empezó, contra todas sus convicciones-. Ya no seremos más los expósitos de la patria, los huérfanos de Dios en el reino de la sed y la intemperie, los exilados en nuestra propia tierra. Seremos otros, señoras señores, seremos grandes y felices.

Eran las fórmulas de su circo. Mientras hablaba, sus ayudantes echaban al aire puñados de pajaritos de papel, y los falsos animales cobraban vida, revoloteaban sobre la tribuna de tablas y se iban por el mar. Al mismo tiempo, otros sacaban de los furgones unos árboles de teatro con hojas de fieltro y los sembraban a espaldas de la multitud en el suelo de salitre. Por último armaron una fachada de cartón con casas fingidas de ladrillos rojos y ventanas de y taparon con ella los ranchos miserables de la vida real.

El senador prolongó el discurso, con dos citas en latín, para darle tiempo a la farsa. Prometió las máquinas de llover, los criaderos portátiles de animales de mesa, los aceites de la felicidad que harían crecer legumbres en el caliche y colgajos de trinitarias en las ventanas. Cuando vio que su mundo de ficción estaba terminado, lo señaló con el dedo.

-Así seremos, señoras y señores -gritó-. Miren. Así seremos.

El público se volvió. Un trasatlántico de papel pintado pasaba por detrás de las casas, y era más alto que las casas más altas de la ciudad de artificio. Sólo el propio senador observó que a fuerza de ser armado y desarmado, y traído de un lugar para el otro, -también el pueblo de cartón superpuesto estaba carcomido por la intemperie, y era casi tan pobre y polvoriento y triste como el Rosal del Virrey.

Nelson Farina no fue a saludar al senador por primera vez en doce años. Escuchó el discurso desde su hamaca, entre los retazos de la siesta, bajo la enramada fresca de una casa de tablas sin cepillar que se había construido con las mismas manos de boticario con que descuartizó a su primera mujer. Se había fugado del penal de Cayena y apareció en el Rosal del Virrey en un buque cargado de guacamayas inocentes, con una negra hermosa y blasfema que se encontró en Paramaribo, y con quien tuvo una hija. La mujer murió de muerte natural poco tiempo después, y no tuvo la suerte de la otra cuyos pedazos sustentaron su propio huerto de coliflores, sino que la enterraron entera y con su nombre de holandesa en el cementerio local. La hija había heredado su color y sus tamaños, y los ojos amarillos y atónitos del padre, y éste tenía razones para suponer que estaba criando a la mujer más bella del mundo.

Desde que conoció al senador Onésimo Sánchez en la primera campaña electoral, Nelson Farina había suplicado su ayuda para obtener una falsa cédula de identidad que lo pusiera a salvo de la justicia. El senador, amable pero firme, se la había negado. Nelson Farina no se rindió durante varios años, y cada vez que encontró una ocasión reiteró la solicitud con un recurso distinto. Pero siempre recibió la misma respuesta. De modo que aquella vez se quedó en el chinchorro, condenado a pudrirse vivo en aquella ardiente guarida de bucaneros. Cuando oyó los aplausos finales estiró la cabeza, y por encima de las estacas del cercado vio el revés de la farsa: los puntales de los edificios, las armazones de los árboles, los ilusionistas escondidos que empujaban el trasatlántico. Escupió su rencor.

-Merde -dijo- c'est le Blacaman de la politique.

Después del discurso, como de costumbre, el senador hizo una can-únata por las calles del pueblo, entre la música y los cohetes, y asediado por la gente del pueblo que le contaba sus penas. El senador los escuchaba de buen talante, y siempre encontraba una forma de consolar a todos sin hacerles favores difíciles. Una mujer encaramada en el techo de una casa, entre sus seis hijos menores, consiguió hacerse oír por encima de la bulla y los truenos de pólvora.

-Yo no pido mucho, senador -dijo-, no más que un burro para traer agua desde el Pozo del Ahorcado.

El senador se fijó en los seis niños escuálidos.

-¿Qué se hizo tu marido? -preguntó.

-Se fue a buscar destino en la isla de Aruba- contestó la mujer de buen humor-, y lo que se encontró fue una forastera de las que se ponen diamantes en los dientes.

La respuesta provocó un estruendo de carcajadas. -Está bien -decidió el senador- tendrás tu burro.

Poco después, un ayudante suyo llevó a casa de la mujer un burro de carga, en cuyos lomos habían escrito con pintura eterna una consigna electoral para que nadie olvidara que era un regalo del senador.

En el breve trayecto de la calle hizo otros gestos menores, y además le dio una cucharada a un enfermo que se había hecho sacar la cama a la puerta de la casa para verlo pasar. En la última esquina, por entre las estacas del patio, vio a Nelson Farina en el chinchorro y le pareció ceniciento y mustio, pero lo saludó sin afecto:

-Cómo está.

Nelson Farina se revolvió en el chinchorro y lo dejó ensopado en el ámbar triste de su mirada.

-Moi, vous savez -dijo.

Su hija salió al patio al oír el saludo. Llevaba una bata guajira ordinaria y gastada, y tenía la cabeza guarnecida de moños de colores y la cara pintada para el sol, pero aun en aquel estado de desidia era posible suponer que no había otra más bella en el mundo. El senador se quedó sin aliento.

- ¡Carajo -suspiró asombrado- las vainas que se le ocurren a Dios!

Esa noche, Nelson Farina vistió a la hija con sus ropas mejores y se la mandó al senador. Dos guardias armados de rifles, que cabeceaban de calor en la casa prestada, le ordenaron esperar en la única silla del vestíbulo.

El senador estaba en la habitación contigua reunido con los principales del Rosal del Virrey, a quienes había convocado para cantarles las verdades que ocultaba en los discursos. Eran tan parecidos a los que asistían siempre en todos los pueblos del desierto, que el propio senador sentía el hartazgo de la misma sesión todas las noches. Tenía la camisa ensopada en sudor y trataba de secársela sobre el cuerpo con la brisa caliente del ventilador eléctrico que zumbaba como un moscardón en el sopor del cuarto.

-Nosotros, por supuesto, no comemos pajaritos de papel -dijo-. Ustedes y yo sabemos que el día en que haya árboles y flores en este cagadero de chivos, el día en que haya sábalos en vez de gusarapos en los pozos, ese día ni ustedes ni yo tenemos nada que hacer aquí. ¿Voy bien?

Nadie contestó. Mientras hablaba, el senador había arrancado un cromo del calendario y había hecho con las manos una mariposa de papel. La puso en la corriente del ventilador, sin ningún propósito, y la mariposa revoloteó dentro del cuarto y salió después por la puerta entre-

abierta. El senador siguió hablando con un dominio sus-

tentado en la complicidad de la muerte.

-Entonces -dijo- no tengo que repetirles lo que ya saben de sobra: que mi reelección es mejor negocio para ustedes que para mí, porque yo estoy hasta aquí de aguas podridas y sudor de indios, y en cambio ustedes viven de eso.

Laura Farina vio salir la mariposa de papel. Sólo ella la vio, porque la guardia del vestíbulo se había dormido en los escaños con los fusiles abrazados. Al cabo de varias vueltas la enorme mariposa litografiada se desplegó por completo, se aplastó contra el muro, y se quedó pegada. Laura Farina trató de arrancarla con las uñas. Uno de los guardias, que despertó con los aplausos en la habitación contigua, advirtió su tentativa inútil.

-No se puede arrancar -dijo entre sueños-. Está pintada en la pared.



Laura Farina volvió a sentarse cuando empezaron a salir los hombres de la reunión. El senador permaneció en la puerta del cuarto, con la mano en el picaporte, y sólo descubrió a Laura Farina cuando el vestíbulo quedó desocupado.

-¿Qué haces aquí?

-C'est de la part de mon pére- dijo ella.

El senador comprendió. Escudriñó a la guardia soñolienta, escudriñó luego a Laura Farina cuya belleza inverosímil era más imperiosa que su dolor, y entonces resolvió que la muerte decidiera por él.

Entra -le dijo.

Laura Farina se quedó maravillada en la puerta de la habitación: miles de billetes de banco flotaban en el aire, aleteando como la mariposa. Pero el senador apagó el ventilador, y los billetes se quedaron sin aire, v se posa-

ron sobre las cosas del cuarto.

-Ya ves -sonrió hasta la mierda vuela.

Laura Farina se sentó como en un taburete de escolar. Tenía la piel lisa y tensa, con el mismo color y la misma densidad solar del petróleo crudo, y sus cabellos eran de crines de potranca y sus ojos inmensos eran más claros que la luz. El senador siguió el hilo de su mirada y encontró al final la rosa percudida por el salitre.

-Es una rosa -dijo.

-Sí -dijo ella con un rastro de perplejidad-, las conocí en Rlohacha.

El senador se sentó en un catre de campaña, hablando de las rosas, mientras se desabotonaba la camisa. Sobre el costado, donde él suponía que estaba el corazón dentro del pecho, tenía el tatuaje corsario de un corazón flechado. Tlr¿> en el suelo la camisa mojada y le pidió a Laura Farina que lo ayudara a quitarse las botas.

Ella se arrodilló frente al catre. El senador la siguió escrutando, pensativo, y mientras le zafaba los cordones se preguntó de cuál dé los dos sería la mala suerte de aquel encuentro.

-Eres una criatura -dijo.

-No crea -dijo ella-. Voy a cumplir 19 en abril.

El senador se interesó.

-Qué día.

-El once dijo ella.

El senador se sintió mejor. "Somos Aries", dijo. Y agregó sonriendo:

-Es el signo de la soledad.

Laura Farina no le puso atención pues no sabía qué hacer con las botas. El senador, por su parte, no sabía qué hacer con Laura Farina, porque no estaba acostumbrado a los amores imprevistos, y además era consciente de que aquél tenía origen en la indignidad. Sólo por ganar tiempo para pensar aprisionó a Laura Farina con las rodillas, la abrazó por la cintura y se tendió de espaldas en el catre. Entonces comprendió que ella estaba desnuda debajo del vestido, porque el cuerpo exhaló una fragancia oscura de animal de monte, pero tenía el comzón asustado y la piel aturdida por un sudor glacial.

-Nadie nos quiere -suspiró él.

Laura Farina quiso decir algo, pero el aire sólo le alcanzaba para respirar. La acostó a su lado para ayudarla, apagó la luz, y el aposento quedó en la penumbra de la rosa. Ella se abandonó a la misericordia de su destino. El senador la acarició despacio, la buscó con la mano sin tocarla apenas, pero donde esperaba encontrarla tropezó con un estorbo de hierro.

-¿Qué tienes ahí?

-Un candado -dijo ella.

- ¡Qué disparate! -dijo el senador, furioso, y preguntó lo que sabía de sobra ¿Dónde está la llave?

Laura Farina respiró aliviada.

-La tiene mi papá -contestó-. Me dijo que le dijera a usted que la mande a buscar con un propio y que le mande con él un compromiso escrito de que le va a arreglar su situación.

El senador se puso tenso. "Cabrón franchute", murmuró indignado. Luego cerró los ojos para relajarse, y se encontró consigo mismo en la oscuridad. Recuerda -recordó- que seas tú o sea otro cualquiera, estaréis muerto dentro de un tiempo muy breve, y que poco después no quedará de vosotros ni siquiera el nombre. Esperó a que pasara el escalofrío.

-Dime una cosa -preguntó entonces-: ¿Qué has oído decir de mí?

- ¿La verdad de verdad?

-La verdad de verdad.



-Bueno -se atrevió Laura Far'na-, dicen que usted es peor que los otros, porque es distinto.

El senador no se alteró. Hizo un silencio largo, con los ojos cerrados, y cuando volvió a abrirlos parecía de regreso de sus instintos más recónditos.

-Qué carajo -decidió- dile al cabrón de tu padre que le voy a arreglar su asunto.

-Si quiere yo misma voy por la llave -dijo Laura Farina.

El senador la retuvo.

-Olvídate de la llave -dijo- y duérmete un rato conmigo. Es bueno estar con alguien cuando uno está solo.

Entonces ella lo acostó en su hombro con los ojos fijos en la rosa. El senador la abrazó por la cintura, escondió la cara en su axila de animal de monte y sucumbl6 al terror. Seis meses y once días después había de morir en esa misma posición, pervertido y repudiado por el escándalo público de Laura Farina, y llorando de la rabia de morirse sin ella.

LA SIESTA DE LOS MARTES


GABRIEL GARCIA MARQUEZ


El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvio a sentir la brissa del mar. Una humareda sofocante entró por la ventanilla del vagón. En el estrecho camino paralelo a la vía férrea había carretas de bueyes cargadas de racimos verdes. Al otro lado del camino, en intempestivos espacios sin sembrar, habia oficinas con ventiladores eléctricos, campamentos de ladrillos rojos y residencias con sillas y mesitas blancas en las terrazas entre palmeras y rosales polvorientos. Eran las once de la mañana y todavia no había empezado el calor.

-Es mejor que subas el vidrio-dijo la mujer-. El pelo se te va a llenar de carbón.

La niña trató de hacerlo pero la ventana estaba bloqueada por el óxido.

Eran los únicos pasajeros en el escueto vagon de tercera clase. Como el humo de la locomotora siguió entrando por la ventanilla, la niña abandonó el puesto y puso en su lugar los únicos objetos que llevaban: una bolsa de material plástico con cosas de comer y un ramo de flores envuelto en papel de periódicos. Se sentó en el asiento opuesto, alejada de la ventanilla, de frente a su madre. Ambas guardaban un luto riuroso y pobre.

La niña tenia doce años y era la primera vez que viajaba. La mujer parecía demasiado vieja para ser su madre, a causa de las venas azules en los páropados y del cuerpo pequeño, blando y sin formas, en un traje cortado como una sotana. Viajaba con lla colimna vertebral firmemente apoyada ontra el espaldar del asiento, sosteniendo en el regazo con ambas manos una cartera de charol desconchado. Tenia la serenidad escruplosa de la gente acostumbrada a la pobreza.

A las doce había empezado el calor. El tren se detuvo diez minutos en una estación sin pueblo para abastecerse de agua. Afuera, en el misteriosos silencio de las plantaciones, la sombra tenía un aspecto limpio. Pero el aire estancado dentro del vagón olía a cuero sin curtir. El tren no volvió a acelerar. Se detuvo en dos pueblos iguales, con casas de madera pintadas de colores vivos. La mujer inclinó la cabeza y se hundió en el sopor. La niña se quitó los zapatos. Despues fue a los servicios sanitarios a poner en agua el ramo de flores muertas.

Cuando volvió al asiento la madre le esperaba para comer. Le dió un pedazo de queso, medio bollo de maíz y una galleta dulce, y sacó para ella de la bolsa de material plástico una racion igual. Mientras comían, el tren atravesó muy despacio un puente de hierro y pasó de largo por un pueblo igual a los anteriores, sólo que en éste había una multitud en la plaza. Una banda de músicos tocaba una pieza alegre bajo el sol aplastante. Al otro lado del pueblo en una llanura coarteada por la aridez, terminaban las plantaciones.

La mujer dejó de comer.

-Ponte los zapatos-dijo.

La niña miró hacia el exterior. No vió nada más que la llanura desierta por donde el tren empezaba a correr de nuevo, pero metió en la bolsa el último pedazo de galleta y se puso rápidamente los zapatos. La mujer le dió la peineta.

-Péinate -dijo.

El tren empezó a pitar mientras la niña se peinaba. La mujer se secó el sudor del cuello y se limpió la grasa de la cara con los dedos. Cuando la niña acabaó de peinarse el tren pasó frente a las primeras casas de un pueblo más grande pero más triste que los anteriores.

-Si tienes ganas de hacer algo, hazlo ahora -dijo la mujer-. Después, aunque te estés muriendo de sed no tomes agua en ninguna parte. Sobre todo, no vayas a llorar.

La niña aprobó con la cabeza. Por la ventanilla entraba un viento ardiente y seco, mezclado con el pito de la locomotora y el estrépito de los viejos vagones. La mujer enrolló la bolsa con el resto de los alimentos y la metió en la cartera. Por un instante, la imagen total del pueblo, en el luminosos martes de agosto, resplandeción en la ventanilla. La niña envolvió las flores en los periódicos empapados, se apartó un poco más de la ventanilla y miró fijamente a su madre. Ella le devolvió una expresión apacible. El tren acabó de pitar y disminuyó la marcha. Un momento después se detuvo.

No había nadie en la estación. Del otro lado de la calle, en la acera sombreada por los almendros, sólo estaba abierto el salón de billar. El pueblo flotaba en calor. La mujer e y la niña descendieron del tren, atravesaron la estación abandonada cuyas baldosas empezaban a cuartearse por la presión de la hierba, y cruzaron la calle hasta la acera de sombra.

Eran casi las dos. A esa hora, agobiado por el sopor, el pueblo hacía la siesta. Los almacenes, las oficinas públicas, la escuela municipal, se cerraban desde las once y no volvían a abrirse hasta un poco antes de las cuatro, cuando pasaba el tren de regreso. Sólo permanecían abiertos el hotel frente a la estación, su cantina y su salón de billar, y la oficina del telégrafo al lado de la plaza. Las casas, en su mayoría construídas sobre el modelo de la compañía bananera, tenían las puertas cerradas por dentro y las persianas bajas. En algunas hacía tanto calor que sus habitantes almorzaban en el patio. Otros recostaban un asiento a la sombra de los almendros y hacían la siesta sentados en plena calle.

Buscando siempre la protección de los almendros, la mujer y la niña penetraron en el pueblo sin perturbar la siesta. Fueron directamente a la casa cural. La mujer raspó con la uña la red metálica de la puerta, esperó un instante y volvió a llamar.

-Necesito al padre -dijo.

-Ahora está durmiendo.

-Es urgente -insistió la mujer.

-Sigan -dijo, y acabó de abrir la puerta.

La mujer de la casa las condujo hasta un escaño de madera y les hizo señas de que se sentaran. La puerta del fondo se abrió y esta vez apareció el sacerdote limpiando los lentes con un pañuelo.

-Que se les ofrece? -preguntó.

-Las llaves del cementerio -dijo la mujer.

-Con este calor -dijo-. Han podido esperar a que bajara el sol. La mujer movió la cabeza en silencio. El sacerdote pasó del otro lado de la baranda, extrajo del armario un cuaderno forrado de hule, un plumero de palo y un tintero, y se sentó a la mesa. El pelo que le faltaba en la cabeza le sobraba en las manos.

-Que tumba van a visitar? -preguntó.

-La de Carlos Centeno -dijo la mujer.

-Quién?

-Carlos Centeno -repitió la mujer.

El padre siguió sin entender.

-Es el ladrón que mataron aquí la semana pasada -dijo la mujer en el mismo tono-. Yo soy su madre.

-De manera que se llamaba Carlos Centeno -murmuró el padre cuando acabó de escribir.

-Centeno Ayala -dijo la mujer-. Era el único barón.

-Firme aquí.

La mujer garabateó su nombre, sosteniendo la cartera bajo la axila. La niña recogió las flores, se dirigió a la baranda arrastrando los zapatos y observó atentamente a su madre.

El parroco suspiró.

-Nunca trató de hacerlo entrar por el buen camino?

La mujer contestó cuando acabó de firmar.

-Era un hombre muy bueno.

El sacerdote miró alternativamente a la mujer y a la niña y comprobó con una especie de piadoso estupor que no estaban a punto de llorar.

La mujer continuó inalterable:

-Yo le decía que nunca robara nada que le hiciera falta a alguien para comer, y él me hacía caso. En cambio, antes, cuando boxeaba, pasaba tres días en la cama postrado por los golpes.

-Se tuvo que sacar todos los dientes -intervino la niña.

-Así es-confirmó la mujer-. Cada bocado que comía en ese tiempo me sabía a los porrazos que le daban a mi hijo los sabados a la noche.

-La voluntad de Dios es inescrutable -dijo el padre.

Desde antes de abrir la puerta de la calle el padre se dio cuenta de que había alguien mirando hacia adentro, las narices aplastadas contra la red metálica. Era un grupo de niños. Cuando la puerta se abrió por completo los niños se dispersaron. Suavemente volvió a cerrar la puerta.

-Esperen un minuto -dijo, sin mirar a la mujer.

Su hermana apareció en la puerta del fondo, con unachaqueta negra sobre la camisa de dormir y el cabello suelto en los hombros. Miró al padre en silencio.

-Qué fue? -preguntó el.

-La gente se ha dado cuenta -murmuró su hermana.

-Es mejor que salgan por la puerta del patio -dijo el padre.

-Es lo mismo -dijo su hermana-. Todo el mundo está en las ventanas.

La mujer parecía no haber comprendido hasta entonces. Trató de ver la calle a través de la red metálica. Luego le quitó el ramo de flores a la niña y empezó a moverse hacia la puerta. La niña siguió.

-Esperen a que baje el sol -dijo el padre.

-Se van a derretir -dijo su hermana, inmóvil en el fondo de la sala-. Espérense y les presto una sombrilla.

-Gracias -replicó la mujer-. Así vamos bien.

Tomó a la niña de la mano y salió a la calle.