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lunes, 10 de febrero de 2014

CARRUSEL DE VIDA



CARRUSEL DE VIDA

EL DESPERTAR

Tras una mirada profunda, con los ojos brillosos, se acercó a un pequeño cofre aquel niño, que con su inocencia soñaba encontrar todo lo que había visto en ese pequeño aparato, que todo el día resplandecía en una habitación muy chica, oscura y fría, en donde pasaba horas de horas sólo, con ese dualismo de miedo y esperanza de que alguien este junto a él lo más pronto.

No paso más allá de un infinito cruce de imágenes fantasiosas dentro de un minúsculo mundo de sueños, dominado por el impulso mecánico de esas manos frágiles y débiles que lograron con un mínimo esfuerzo abrir el cofre que ahí se encontraba.

El tiempo infinito se convirtió en segundos vividos y en eternos momentos, el brillo del oro opaco la ilusión, la inocencia convirtió ese tesoro en lágrimas de desconsolación.

Luego de ese momento todo volvió al transcurso normal de una vida llena de temores, sueños e ilusiones.

Había trascurrido casi diez horas y el niño volvió su mirada a la pequeña ventana, cubierta con trapos llenos de moho, la noche había caído, nuevamente sus ojos se llenaron de brillo porque tenía la certeza de que su madre estaría junto a él en pocos momentos, quizás le traería el juguete que vio en la caja de fantasías, inalcanzable en esos momentos para él.

Pero las horas pasaron y su madre no vino esa noche, el pedazo de pan que le había dejado se había terminado, el hambre empezó a ser mas dolorosa que la falta de su madre, la noche le ganó, el cansancio de tanto llorar le venció, la vida se le estaba yendo.

Al día siguiente, el amanecer lo despertó, el ruido de la gente, de los vehículos; acompañaron su tristeza de no ver al único ser que estaba siempre junto a él. Volvió su mirada al cofre que el día anterior le frustró sus ilusiones, metió la mano y sacó un grupo de extraños objetos que brillaban, su edad no le permitía ver que talvez eso le cambiaría la vida. 

Días antes su madre había llegado a casa de manera agitada casi exhausta por el cansancio y el miedo, abrazo a su hijo y le dijo, palabras que el nunca podrá recordar.

María Augusta, su madre, era una humilde mujer, pero muy hermosa, la falta de sus padres a tierna edad la hicieron que viviera sola, cobijada por las bendiciones que su madre le había dado minutos antes de morir.

A los dieciocho años conoció a un señor mucho mayor que ella, quien la invitó a vivir en su casa, una hermosa quinta en las afueras de la ciudad, llena de jardines y árboles frutales, donde soñó, sonrió y lloró de alegría y de tristeza, donde los sueños se hacían realidad, en donde sus pequeños caprichos se cumplían, era tal vez un cuento de hadas, o tal vez aquello que merecía por todo el sufrimiento que había experimentado desde muy niña, en las calles, en los albergues, en la vida misma…

Hasta que un día, por cosas del destino, Don Alberto, aquel desconocido que la hizo su mujer,  dejó de vivir para regresar al lugar en donde vio la luz, más allá de las montañas y valles, más allá del mar y los océanos, más allá de la Tierra, más allá de la compresión humana. 

 No tardaron en llegar a la quinta donde vivía María Augusta con Don Alberto y unos cuantos sirvientes, aquellos seres que creen que por el derecho de ser dueños de su verdad, atropellan a la gente sin pensar el daño que ocasionan. Es así que María Augusta fue despojada de aquello que le legó Don Alberto.

Al saberse embarazada, tuvo que refugiarse en casa de una vieja amiga, quien le brindó posada.

-          María Augusta supe que vivías con Don Alberto
-          Verdad, ¿quién te contó?
-          Mi esposo trabajó para él muchos años
-          Quién, Pedro.
-         
-          Cuéntame que te dijo
-          Allá por la montaña Pedro fue un día al campo, en un riachuelo encontró a Don Alberto, con quien hizo amistad, y éste le propuso trabajo, porque vio en Pedro sus ganas de salir de la vida en la que vivía.

Los recuerdos de la amiga de María Augusta eran muy vagos, ya que al igual que Don Alberto, Pedro había muerto  hace un tiempo atrás.

El tiempo pasó y María Augusta dio a luz un hermoso niño, quien sería en adelante su única razón de vivir.

El destino le había preparado una sorpresa, uno de los sirvientes de Don Alberto encontró en la calle a María Augusta y le dijo que él sabía donde había escondido Don Alberto un cofre, como prediciendo un futuro oscuro para María Augusta, pero que desgraciadamente no había tenido la oportunidad de sacarlo de la finca y entregarlo a ella. María Augusta pensó mucho antes de ir con Juan en busca de lo que le pertenecía.

Al verse sin esperanza de darle a su hijo Emilio, aquello que había soñado para él, María Augusta se armó de valor y lo ubico a Juan, el sirviente, para ir juntos hasta la finca en busca de ese cofre.

Al entrar en la casa, que tantas ilusiones le brindó, sintió un escalofrío que recorría todo su cuerpo, al punto estuvo de desmayarse, sería por miedo, pero una fuerza interna acompañó su cuerpo, tras cruzar el salón, en un jardín, junto a unas rosas esplendidas estaba enterrado aquel cofre, Juan lo saco sin esfuerzo y juntos salieron de la finca sin que nadie los viese.

Ya fuera de aquel que fue su hogar sintió aun mas miedo, pensó que había cometido un delito, al regresar a ver a Juan este ya no estaba junto a ella, le pareció extraño, pero no le dio mayor importancia, y emprendió su huida hacia el cuarto donde vivía junto a su hijo. Al verlo lo abrazo y entre lagrimas le dijo: Mi tesoro he traído conmigo tu futuro, que fue fruto del trabajo de aquel hombre que un día me enamoré, porque me dio amor y sobre todo seguridad, porque en los días más difíciles de mi vida me extendió la mano y no me pidió nada a cambio, solo ese amor que aprendí a sentir día a día, por aquellos detalles que un hombre enamorado puede darte, quedándose dormidos juntos en aquella fría habitación.

Al día siguiente María Augusta salió, como todos los días a la calle, esta vez no fue en busca de trabajo, se acercó a una iglesia a confesar lo que había cometido. el cura que le escuchaba con atención se quedo atónito con la historia que le estaba contando, pues no lo podía creer porque él conocía a Don Alberto y a sus sirvientes y Juan, uno de ellos, había fallecido meses antes en extrañas circunstancias.

-          Estas segura hija mía qué era Juan?
-          Si padre 
-          Pero no puede ser, Juan murió hace unos meses de manera extraña, nadie sabe lo que le paso, amaneció sin vida...
-          Padre, yo estuve con él ayer en casa de Don Alberto.

Mientras continuaba el dialogo María Augusta empezó a sollozar de manera inconsolable.
-          ¿Cómo puede ser posible?
-          Los milagros del mundo siempre se dan, porque existe una fuerza más allá de nuestra comprensión que trata de remediar lo que el hombre comete en contra de si mismo. No olvides que el amor profundo que nació en ti y el ser que trajiste al mundo son producto de los más nobles sentimientos y estos mueven montañas.

Ya más tranquila, María Augusta agradeció al cura y regresó a la calle en busca de Juan, al acercarse a la plaza donde días atrás lo había encontrado se tropezó con la viuda de Juan, ésta le contó que Juan un día después de trabajar regresó a la casa cansado, pero feliz, le había contado a su esposa, que algo muy raro le había sucedido, no sabía como explicarle, pero le dijo: Mujer tengo que cumplir una misión y quizá esta sea mi única obra para resarcir mi vida, ella nunca supo que misión era, pues Juan había fallecido a la mañana siguiente.

María Augusta había comprendido el porque de lo sucedido, recordaba que cuando Juan trabajó en la finca con Don Alberto, éste lo trataba no como un sirviente, sino como un hijo.

Quizá la misión de él fue sacrificar su propia existencia por el bienestar de un pequeño ser, y para que la justicia tenga un verdadero sentido en la vida de los hombres.

Regresó a casa y encontró a su hermoso niño dormido en la cama, con los ojos hinchados, no tenía nada que darle y es así que al día siguiente salió de su casa muy temprano sin despertarlo, dejándole un pedazo de pan hasta que ella regrese más tarde.

A dos cuadras de su casa, una callejuela sucia y olvidada, junto a un portal de madera, dos policías la estaban esperando, la detuvieron y la llevaron hasta el centro de la ciudad, a una oficina que no tenía identificación, ahí se encontraban varias personas, carentes de rostros, ya que sus caras no reflejaban ningún tipo de sentimiento, la luz era escasa, como ocultando un atropello, una ilegalidad, una ignominia. Pronto empezó un interrogatorio; ella se había imaginado que todo tenía que ver con el cofre que desenterró junto a Juan en la finca en donde vivía con Don Alberto.

-          Sabemos que fuiste a la finca.
-          Dinos ¿Qué te robaste?
-          Responde hija de ....

El interrogatorio se convirtió en un monologo; de María Augusta no salió una sola palabra, los rostros de éstos empezaron a reflejar cansancio, sentimientos de ira, que deformaban sus caras, uno tras uno salió de la habitación, dejándola sola. Ella no se inmutó, sabía que un ángel protegería a su pequeño tesoro y que su vida había cumplido con propósito de toda madre de proteger a su hijo.

Al otro día ella permanecía inmóvil, un poco cansada, la angustia no le había permitido dormir, sus pensamientos estaban dirigidos solo a su hijo, la desesperación era consolada por el milagro que había experimentado.

Nuevamente uno tras uno ingresó a la oficina, esta vez, la miseria humana se hacía mas elocuente, la desfachatez colmo la pequeña habitación, las palabrotas eran más frecuentes. Una pequeña lágrima acarició su rostro luego de hacer mucho esfuerzo por salir, de esa rebeldía hacia la maldad humana.

Todo fue inútil, nada pudo opacar su valentía hacia la vida, tenía por quien seguir viviendo...


UNA MAÑANA

Emilio, sin fuerza, abrió sus ojos, junto a él estaba nuevamente su madre, la abrazó y le digo:
-          Mama, no me dejes solo por favor
-          Te lo juro, nunca más

Como nunca antes, unas pequeñas aves se acercaron a la ventana, la fuerza del viento había botado al piso esa cortina vieja y enmohecida, dejando pasar la luz que iluminaba esa pequeña habitación, parecería que el mundo se había detenido no se escuchaba ruido en la calle, no pasaban autos, la gente permanecía en sus casas.

El abrazo duró lo que dura la vida, los besos palidecieron al mismo sol, que con destellos amarillentos iluminaba la habitación, dando un tono indescriptible de paz y alegría.

-          Se que esto no es eterno, pero es el día más feliz de mi vida.

Lo dijo en voz baja, solo quería que jamás la separaran de él, ya que apenas había cumplido cuatro añitos y era un ser indefenso.

La mañana había transcurrido, el hambre se había saciado con el poco dinero que María Augusta había conseguido con la venta de una joya que guardaba en el cofre.

Las ideas cobraban más fuerza, poco a poco se fueron las horas y los días, Emilio estaba junto a su madre y era más feliz que nunca, así pasaron los días, el tiempo borró las horas amargas que Emilio había vivido.
 

UN AÑO DESPUÉS DE UNA MAÑANA


Un domingo de resplandeciente sol en el jardín de su casa, Emilio junto a su madre, disfrutaban de la comodidad que les había brindado el cofre, la seguridad de sentirse más fuertes opacaba las desventuras de esos largos cuatro años de angustias; había terminado así la desventura de una mujer que aprendió a querer y amar, porque el corazón y la naturaleza de ella y de cualquier madre es más fuerte que todas las injusticias de los más perversos seres que habitan este mundo.

María Augusta había hecho realidad el sueño de tener un hogar, de compartir el resto de su vida con el ser que había sido producto de ese amor tan puro y tan grande como es el amor que siente una madre hacia sus hijos.

Los recuerdos de su infancia, de manera repentina, vinieron a su mente, de muy pequeña había estado sola, después de la muerte de su madre y sin ninguna familia que la recogiera la llevaron a un orfanato, allí conoció la angustia, el miedo, la avaricia de la gente y sobre todo la maldad de las personas.

A los diez años tuvo que salir a vender flores en las calles, ya que la directora, un señora de la “sociedad” aducía que tenían que aprender a trabajar para ganarse el alimento diario, la calle, nunca fue un gran guía, algunas de sus compañeras de infortunio sufrieron vejámenes, por autoridades, llenas de ignorancia y arrogancia ajenas o alejadas de todo precepto moral; recordó un hecho que marcaría su vida para el resto de sus días.

Una mañana, luego de tomar un café con un pan viejo, la directora las obligo a ella y a su compañera de habitación a ir a un estadio abarrotado de gente, que gritaba de manera histérica las jugadas de sus “ídolos”, todo transcurría de manera normal, las ventas de refrescos había terminado, contentas salieron del lugar, pero a la salida se encontraron con dos gendarmes, de seguro tenían la necesidad de hacer el mal o dañar a alguien, porque sus instintos y su formación nos les permitía otra cosa que cometer atropellos, especialmente en contra de los más indefensos, es así que condujeron a las niñas hasta un lugar apartado, eran aproximadamente las doce del día el sol reflejaba las sombras de los árboles, Diana de manera intuitiva empezó a llorar de forma histérica, uno de estos uniformados con un tolete la agredió hasta que consiguió callarla… para siempre, asustados por el hecho y con el dinero en las manos emprendieron la huida, María Augusta no supo que hacer se acercó al cuerpo inerte de su compañera y alzando las manos al cielo dijo “mamá ayúdame por favor”, casi al borde del desmayo corrió hasta la calle y pidió auxilio, personas caritativas acudieron en su ayuda, y la llevaron al albergue, la directora la reprendió por no haber llevado el dinero, no le importó lo sucedido, ninguna autoridad, ni siquiera la prensa se hizo eco del suceso.

Todas las noches ella, soñaba con su amiga, los sueños eran tan hermosos, porque solo tenía lindos recuerdos de su amiga Diana, ella se acercaba a María Augusta y le decía que estaba con su madre y había conocido a la mamá de María Augusta y que era feliz allí en el más allá.    

Nada había cambiado, la rutina era la misma, pero se sentía más fuerte cada día, porque en las noches ya no estaba sola, su madre y su amiga estaban con ella.

Los recuerdos continuaban, mientras Emilio seguía disfrutando de todos los juguetes que la cajita del tesoro le proporcionó, las lagrimas contradijeron esos momentos de felicidad, María Augusta seguía recordando los días de su niñez, nunca olvidaría a su amiga Diana, recuerdos tristes y otros felices como aquel día que recibió en el orfanato a una viejecita quien la llevó a vivir con ella, ciertamente doña Aurora no era feliz pero María Augusta le había proporcionado aquella hija que nunca tuvo, como olvidar las palabras de la viejecilla “nunca llores antes de partir y nunca digas adiós antes de haber partido”, palabras que significaba mucho, y querían decir que sea feliz mientras pueda serlo, fueron dos años de paz y mucho sosiego, mi princesita, como la llamaba doña Aurora pasaba horas de horas junto a ella y a Felipe su perrito salchicha, que todo el tiempo estaba durmiendo en los brazos de Aurora.

La primera vez que vio el jardín de la terraza de Aurora, no hizo más que empezar a sollozar, la belleza de las flores de las viejas macetas, reflejaba todo lo maravilloso que era saber que se es querido, Aurora se acercó a ella y la consoló

-          Mi niña, mi princesita, he cuidado este jardín de flores para alguien especial, para que aquel ser que sienta en el alma el amor y sepa cuidar de ellas.
-          Gracias por haberme traído
-          Gracias a ti por ser tan hermosa en lo más profundo de tu corazón.

Recuerdos hermosos, ilusiones y sueños encantados, vividos a muy corta edad pero con gran significación.

Una vez muerta doña Aurora, María Augusta tuvo que salir de aquel departamento de manera brusca, hasta a Felipe lo perdió.

No faltaron los infelices, en acudir en busca de lo poco que tenía doña Aurora, familiares avaros, que ya hace mucho tiempo codiciaban el pequeño departamento de doña Aurora.

María Augusta, salió de los recuerdos que el envolvían y miró hacia su hijo, Emilio estaba adormitado, junto a él un pequeño tren de juguete, que daba vueltas a su alrededor, algún recuerdo le vino a la mente, quizá fue el hecho más confuso de su vida. Al abandonar la casa de Aurora anduvo mucho tiempo en los portales de las iglesias ahí conoció a una pareja de extranjeros que vagaban por el mundo, ellos la sedujeron con palabras hermosas de lugares encantados llenos de paz y sobre todo de mil aventuras, la edad de María Augusta le hizo que aceptara la invitación y es así que se fueron juntos en un tren rumbo a la cálida Costa, todo marchaba bien hasta que llegó al hora de bajarse, el pueblo era algo extraño, no había autos, no había ni siquiera luz, las velas y las antorchas iluminaban la noche.

-          María Augusta, pleace bebe

Ella cogió el vaso y bebió sin parar hasta que el vaso quedo vacío, había cumplido sus 15 años, la música de unos viejos instrumentos resonaban en su cabeza, la gente embriagada por el licor y por éxtasis de la noche no dejaba de bailar, así pasaron días y semanas, sus recuerdos eran muy vagos, no era conciente de lo que estaba pasando, en el día masticaba lo que a su boca llegaba, en la noche bebía lo que esos extraños le daban. Un día, aprovechando un poco de lucidez corrió por la selva y llegó a una pequeña cabaña, ahí permaneció más de un mes atendida por una familia que le cuidaba tanto que logró ahuyentar a un grupo de personas que quiso ir por ella. Había transcurrido mucho tiempo después de haber salido de la ciudad engañada por la pareja de extranjeros que la llevaron con engaños, todo el tiempo paso drogada con una bebida hecha con hiervas y mezcladas con licor.

María Augusta aturdida por el recuerdo cerró los ojos y se puso junto a Emilio, no pudo dormir y siguió pensando, trataba de recordar lo que había sucedido en ese pueblo, pero era en vano no recordaba nada, solo el día que la bondadosa familia que la ayudó la dejo en nuevamente en la ciudad. Ya era una damita, muy bella, con grandes ojos y una sonrisa tímida pero llena de sinceridad. Si la vida fue dura para mí – se decía ella – no quiero que sea para mi tesoro lo mismo.

La tarde llegó y Emilio se levantó, sus ojos brillaban, pero no era de angustia, ni de miedo, era producto de un bello sueño, un ángel había llegado a él y le había dicho.

-          Despierta y verás a tu madre junto a ti, abrásale y dale un gran beso.

Emilio siguió el consejo del ángel, viendo a su madre junto a él, la abrazo y la beso, las lágrimas de felicidad no se hicieron esperar, María Augusta con el rostro un tanto colorado por el sol y la manta que rozaba su rostro abrazó fuertemente a su hijo y con un beso interminable, en lo más profundo de su ser agradeció a la vida por la felicidad que sentía.
FIN…

miércoles, 15 de enero de 2014

CUENTOS SUPERCORTOS



El Duende del Itchimbía

Mal genio y presuroso, una vez que empezaba a oscurecer, recorría hasta el último rincón del parque, pobrecillos aquellos que se tropezasen con él, ¡auxilio…! - se escuchaba, las parejitas corrían como si Lucifer las persiguiera y los muchachos, uno tras de otro, despavoridos huían loma abajo. Terminada su jornada regresaba a su hogar, un laberinto de túneles que en las mañanas eran visitados por jovenzuelos en busca del diablillo, que más de un susto los hizo pasar y un par de vestidos logró hurtar, de quienes por miedo dejaron en alocado escape, ¡jajajajaja…! reía el duende al verlos correr. 


Manuel y el tranvía de la muerte…

¡Una copa más…! ¡No Manuelito, ya no hay más!, ¡hep!, nunca más regreso, le dijo Manuel al cantinero, salió maldiciendo a todos; eran las diez de la noche, la plaza de Santo Domingo con mucha niebla, extraño, a lo lejos el tranvía, pero Manuelito como no sabía ni que día era peor que hora era, se subió, en él su tío muerto hace muchos años y don Segundo que recién había fallecido, lo saludaron, el miedo se apoderó y la borrachera se le quitó; bajo del tranvía y juró que nunca más ¡juro por diosito que nunca más me chumo...!    
 

Una visita a la casa embrujada de Guápulo

Camino a Guápulo el aire se tornaba más denso, los ánimos eran menos expresivos, ¡arriba, ya llegamos! – decía Alberto a sus amigos-, a los más tímidos, el miedo y el frío les hacía presas fáciles de imágenes tenebrosas, pero no faltó el valentón, -Alberto- que al llegar a la casa embrujada, saltará la cerca y dentro del patio animara a los demás, sin embargo  el terror se apoderó de todos al ver una sombra tras la ventana que hizo que en carrera desenfrenada, a la cabeza Alberto, salieran en precipitada huida, dejando incluso atrás la camioneta que los había llevado.