sábado, 30 de abril de 2016

EL RUISEÑOR - POEMA




Samuel Taylor Coleridge
El ruiseñor


UN POEMA-CONVERSACIÓN, ESCRITO EN ABRIL DE I798

Ni una nube, ni un asomo del día que extingue
distingue al oeste, no hay ni una sola estría alargada
de luz mortecina, ni colores oscuros temblorosos.
¡Ven, descansaremos en este viejo Puente cubierto de musgo!
Contempla el destello de la corriente allá abajo,
pero escucha, no hay murmullos: fluye en silencio
por su suave cauce de verdor. Todo está en calma,
¡es una noche apacible! y aunque las estrellas estén veladas,
a pesar de ello pensemos en las lluvias primaverales
que alegran la tierra verde, y hallaremos
placer en la velada luz de estrellas
¡Y escucha! ¡El Ruiseñor comienza su canción,
«la más musical, la más melancólica»" de las Aves!
¿Un Ave melancólica? ¡Qué idea ociosa!
En la naturaleza no hay nada melancólico.
—Mas un Hombre vagabundo de la noche, cuyo corazón había sido traspasado
por el recuerdo de un penoso agravio
o de una lenta destemplanza, o de un amor contrariado,
(Y así, ¡pobre Desdichado! llenándolo todo con su ser
y creando toda clase de dulces sonidos que relatan de nuevo
sus propias penas), y aquel y aquellos que como él
fueron los primeros en llamar a estas notas canto de melancolía;
y tantos poetas que se hacen eco del ingenio,
Poeta, que se esforzó en afinar todas sus rimas
cuando mejor se hubiera esforzado en extender su cuerpo
junto a un arroyo en el claro del bosque cubierto de musgo
bajo la luz del sol o de la luna, bajo los influjos
de formas y sonidos y elementos mutables,
rodeando todo su espíritu, ¡de su canto
y de su fama olvidándose! Así su fama
habría de compartir la inmortalidad de la naturaleza,
¡cosa venerable! e igualmente su canto
habría de hacer que toda la naturaleza fuese más amada, y él mismo
fuese amado, ¡como la naturaleza!—Pero no habrá de ser así;
y jóvenes y doncellas llenos de poesía
que malgastan los profundos crepúsculos de la primavera
en salas de baile y en teatros calurosos, aún
llenos de mansa simpatía habrán de lanzar suspiros
al son de las melodías llenas de compasión de Filomela.
¡Amigo mío, y Hermana de este Amigo mío! hemos aprendido
una sabiduría diferente: ¡pues no debemos profanar
las dulces voces de la Naturaleza siempre llenas de amor
y de regocijo! Es el alegre Ruiseñor
que amontona, adelanta, y precipita
en un presuroso y denso trinar sus notas deliciosas
como si sintiese miedo de que una noche de Abril
fuera demasiado breve para permitirle cantar
su canción de amor, ¡y descargar su alma entera
de toda su música! Y conozco una arboleda
de gran extensión, que cerca un enorme castillo
en el que no mora ya el gran señor: así pues
esa arboleda se desboca en sotobosque enmarañado,
y los cuidados senderos se entrecortan, y la hierba,
una hierba rala y las campánulas crecen en los senderos.
Mas nunca en parte alguna encontré en un solo lugar
con tantos Ruiseñores: y lejos y cerca
en el bosque y en el matorral junto a la extensa arboleda
responde y se provocan a dar suelta a sus canciones—
entre la escaramuza y los pasajes caprichosos,
y murmullos musicales y un presuroso piar
y el sonido bajo de un trinar más dulce que todos los demás—
agitando con tal armonía el aire,
que si uno cerrase los ojos, ¡casi podría
olvidarse de que no llega el alba! En los arbustos, bajo la luz de la luna,
cuyo follaje cubierto de rocío apenas se abre a medias,
quizá llegues a verlos en las ramas,
sus ojos brillantes, brillantes, sus ojos brillantes y plenos,
destelleando, mientras en las sombras innumerables luciérnagas
encienden su antorcha de amor.

Una gentilísima doncella
que mora en su hogar hospitalario
junto al Castillo, y que con las últimas luces de la tarde
(Incluso como una Dama esforzada y dedicada
a algo más que a la naturaleza en la arboleda)
se desliza por los senderos; conoce todas sus notas,
¡esa gentil Doncella! y con frecuencia, en un instante,
cuando la luna se perdía tras una nube,
escuchaba una pausa en el silencio: hasta que la Luna
emergiendo, despertaba a la tierra y al cielo
con una sensación, y todos esos Pájaros despiertos
estallaron en un coro de canciones alegres,
¡como si una rauda y repentina Tempestad hubiese pulsado
cien arpas de aire! Y había advertido
como muchos Ruiseñores se posaban en un balanceo
de la rama en flor que seguía meciéndose en la brisa,
y con aquel movimiento armonizaban su canto caprichoso,
como la Alegría del borracho que bambolea la cabeza.
¡Adiós, Oh Cantor triste! hasta la tarde de mañana
¡y a vosotros, amigos míos! ¡adiós, un breve adiós!
Largo tiempo hemos estado ociosos y contentos,
Así que ahora vayamos a nuestros hogares añorados.—¡De nuevo esa melodía!
¡Con cuánto agrado me quedaría!—Mi Niño querido,
quien, incapaz de producir sonido articulado,
lo quiere imitar todo con sus balbuceos,
¡cómo habría de colocar su mano junto al oído,
su manecita, con el meñique erguido,
para pedir que escuchásemos! Y me parece cosa sabia
convertirle en compañero de juego de la Naturaleza. Conoce ya
la estrella vespertina; y en cierta ocasión cuando despertó
en medio de un gran desasosiego (algún dolor interno
había provocado aquel extraño hecho, un sueño infantil)
me apresuré con él y hacia los árboles de nuestro huerto,
y tras contemplar la luna, se calla de pronto
suspendiendo sus sollozos, y se ríe en silencio,
¡mientras sus ojos claros que nadaban entre lágrimas no derramadas
resplandecían bajo un rayo amarillo de la luna! Bien—
He aquí el relato de un padre. Pero si el Cielo quisiera
darme vida, en su infancia habrá de crecer
acostumbrado a estas canciones, ¡para que con la noche
pueda asociar la Alegría! ¡Adiós de nuevo, dulce Ruiseñor! de nuevo,
¡amigos míos! adiós.


LA LUZ DE LAS TINIEBLAS


LA LUZ DE LAS TINIEBLAS

Arthur C. Clarke

No soy uno de esos africanos que se avergüenzan de su tierra porque en cincuenta años ha progresado menos que Europa en quinientos. Pero si en algo liemos dejado de avanzar lo de prisa que debíamos, se debe a dictadores como Chaka; y por eso, sólo debemos reprochárnoslo a nosotros mismos. Si la culpa es nuestra, también será nuestra la responsabilidad de remediarlo.

Es más, yo tenía razones más poderosas que la mayoría para desear destruir al Gran Jefe, al Omnipotente, a El-que-Todo-lo-Ve. Era de mi propia tribu, estaba emparentado conmigo por intermedio de una de las esposas de mi padre, y había empezado a perseguir a nuestra familia desde el momento en que subió al poder. Aunque no intervinimos en política, dos de mis hermanos desaparecieron, y otro murió en un inexplicable accidente de automóvil. Mi propia libertad, de eso cabía muy poca duda, se debía en gran medida a que era uno de los pocos científicos del país que gozaban de fama internacional.

Como muchos de mis compatriotas intelectuales, tardé en volverme contra Chaka porque pensé que como les ocurrió a los alemanes en 1930, que también se dejaron llevar por el camino equivocado- hay veces en que la dictadura es el único medio de evitar el caos político. Quizá el primer signo de nuestro catastrófico error fue cuando Chaka abolió la constitución y adoptó el nombre del emperador zulú del siglo XIX, de quien estaba genuinamente convencido que era su reencarnación. A partir de ese momento, su megalomanía fue rápidamente en aumento. Como todos los tiranos, no se fiaba de nadie y se consideraba rodeado de conspiraciones.

Esta convicción tenía sus fundamentos. El mundo conoce al menos seis atentados contra su vida, merced a la publicidad que se les ha dado; pero además hay otros que se han mantenido en secreto. El fracaso de todos ellos hizo que aumentara la confianza de Chaka en su propio destino, y confirmó la fe fanática de sus seguidores en su inmortalidad. Al volverse más desesperada la oposición, las contramedidas del Gran Jefe se hicieron más crueles... y más bárbaras. El régimen de Chaka no ha sido el primero, ni siquiera en Africa, que ha torturado a sus enemigos; pero fue el primero en transmitirlo por televisión.

Aun así, a pesar del horror y la indignación que esto provocó en el mundo, y la vergüenza que yo sentí, no habría hecho nada si el destino no me hubiera colocado el arma en la mano. No soy hombre 4e acción, y aborrezco la violencia, pero en cuanto me di cuenta del poder que poseía, mi conciencia no me dio tregua. Tan pronto como los técnicos de la NASA tuvieron instalado su equipo y entregaron el Sistema Infrarrojo de Comunicaciones Hughes Mark X comencé a hacer planes.

Parece extraño que mi país, uno de los más atrasados del mundo, juegue un papel capital en la conquista del espacio. Se debe a un puro accidente geográfico, que de ningún modo ha sido del gusto de rusos y americanos. Pero no hay nada que ellos puedan hacer al respecto; Umbala se halla situada en el ecuador, directamente debajo de las órbitas de todos los planetas. Y posee un elemento natural único e inestimable: el volcán apagado conocido con el nombre de cráter Zambue.

Cuando se extinguió el Zambue, hace más de un millón de años, la lava se retiró poco a poco, solidificándose en una serie de terrazas y formando un cuenco de una milla de diámetro y mil pies de profundidad. Fue necesario el mínimo movimiento de tierras, así como la menor longitud de cable para convertirlo en el mayor radiotelescopio de la Tierra. Y debido a que este gigantesco reflector está fijo examina cualquier porción concreta del firmamento tan sólo durante unos minutos cada veinticuatro horas, a medida que la Tierra gira sobre su eje. Este era el precio que los científicos estaban dispuestos a pagar por la posibilidad de recibir las señales que las sondas y las naves emitían desde los mismísimos confines del sistema solar.

Chaka era un problema que no habían previsto. Se había hecho con el poder cuando la obra estaba casi terminada, y tuvieron que avenirse con él como pudieron. Afortunadamente, sentía un respeto supersticioso por la ciencia, y necesitaba todos los rublos y dólares que pudiera sacarles. La Contribución Ecuatoriana al Programa Espacial quedó a salvo de su megalomanía; y desde luego, ayudó a reforzarla.

El Gran Plato había quedado instalado el día que hice yo mi primera visita a la torre que se alza en su centro. Era un mástil vertical de más de mil quinientos pies de altura, el cual soportaba las antenas que confluían en el foco del inmenso cuenco. Un pequeño ascensor con capacidad para tres hombres subía lentamente hasta lo más alto.

Al principio, no había nada digno de ver, aparte del deslucido brillo de la salsera de láminas de aluminio, curvada hacia arriba a una media milla en todo mi alrededor. Pero luego me elevé por encima del borde del cráter y pude ver la tierra hasta una distancia mucho más lejana de lo que yo había esperado. La prominencia azulenca y nevada que emergía de la bruma de poniente era el monte Tampala, el segundo pico más elevado de Africa, separado de mi por una infinidad de millas de jungla. A través de esa jungla, en las grandes curvas intrincadas, culebreaban las cenagosas aguas del río Nya... la única ruta que millones de compatriotas míos habían conocido. Unos cuantos claros, una línea de ferrocarril y el resplandor blanco y lejano de la ciudad eran los únicos signos de vida humana. Una vez más sentí esa opresiva sensación de desesperanza que siempre me asalta cuando contemplo Umbala desde el aire y comprendo la insignificancia del hombre frente a la jungla eternamente dormida.

Tras un clic, la caja del ascensor se detuvo en el cielo, a un cuarto de milla del suelo. Al salir me encontré en una reducida habitación pertrechada de cables coaxiales y de instrumentos. Aún quedaba un trecho por recorrer, pues una estrecha escala subía, a través del tejado, a una plataforma que tenía poco más de una yarda cuadrada. No era un lugar muy apropiado para quien fuese propenso al vértigo; no había siquiera un pasamanos que sirviera de protección. El cable central del pararrayos daba cierta seguridad, así que me estuve agarrado firmemente a él todo el tiempo que permanecí en esa almadía metálica de forma triangular, tan próxima a las nubes.

La magnificencia del panorama y la euforia de sentir un ligero, aunque omnipresente peligro, me hicieron olvidar el paso del tiempo. Me sentía como un dios, completamente alejado de los asuntos terrenos, superior a todos los demás hombres. Y entonces comprendí, con una certeza matemática, que aquí había un desafío que Chaka jamás podría ignorar.

El coronel Mtanga, su jefe de Seguridad, se opondría; pero sus protestas serían desoídas. Conociendo a Chaka, uno podía predecir con absoluta seguridad que el día de la inauguración oficial estaría aquí, solo, durante un buen rato, dominando su imperio con la mirada. Su escolta personal permanecería en el recinto de abajo, una vez registrado todo por si habían colocado alguna bomba. No podrían hacer nada para salvarle cuando disparara yo desde tres millas de distancia y a través de la cadena de montañas que se extiende entre el radiotelescopio y mi observatorio. Me alegraba de que hubiera montañas por medio; aunque complicaban el problema, me protegerían de toda sospecha. El coronel Mtanga era un hombre muy inteligente, pero probablemente no podría concebir que existiera un arma capaz de disparar en ángulo. Y él buscaría un fusil, aunque no encontraría ninguna bala.

Regresé al laboratorio y empecé mis cálculos. No había transcurrido mucho tiempo, cuando descubrí mi primer error. Puesto que había visto cómo hacía un agujero la luz concentrada del rayo láser en un trozo de sólido acero en una milésima de segundo, supuse que mi Mark X podía matar a un hombre. Pero la cosa no es tan sencilla. En determinados aspectos, el hombre es un material más duro que el acero. En su mayor parte es agua, la cual tiene diez veces la capacidad de calor de cualquier metal. El haz de luz que perfora una plancha de blindaje o lleva un mensaje hasta Plutón -cosa para la que había sido proyectado el Mark X- produciría en el hombre una quemadura dolorosa, pero completamente superficial. Lo peor que podía hacerle a Chaka, desde una distancia de tres millas, era un agujero en la multicolor manta tribal que tan pomposamente vestía para probar que aún se consideraba un hijo del pueblo.

Durante un tiempo casi abandoné el proyecto. Pero no desistiría; instintivamente> sabía que la respuesta estaba allí, y que sólo era cuestión de saber verla. Quizá podía utilizar mis invisibles balas de calor para cortar uno de los cables que sujetaban la torre, con el fin de que se derrumbara cuando Chaka estuviera en lo alto. Los cálculos indicaban que esto era factible si el Mark X actuaba ininterrumpidamente durante quince segundos. Un cable, a diferencia del hombre, no se movería, así que no era necesario aventurarlo todo a un solo impulso de energía. Podía tomarme el tiempo que quisiera.

Pero dañar el telescopio habría sido una traición a la ciencia, y casi me sentí aliviado al comprobar que este proyecto era irrealizable. El mástil tenía incorporados tantos elementos de seguridad que habría sido necesario cortar al menos tres cables para derribarlo. Había que desechar este plan; se habrían necesitado horas y horas de ajustes, así como preparar y apuntar el aparato para cada disparo de precisión.

Tenía que pensar otra cosa; y como los hombres tardan mucho tiempo en ver lo que es evidente, hasta una semana antes de la inauguración oficial del telescopio no supe cómo habérmelas con Chaka. El-que-Todo-lo-Ve, el Omnipotente, el Padre del Pueblo.

A la sazón, mis estudiantes habían coordinado y calibrado el aparato, y estábamos preparados para las primeras comprobaciones a toda su potencia. Al girar en su elevador del interior de la cúpula del observatorio, el Mark X parecía exactamente un gran telescopio de doble cañón reflejo... y, efectivamente, lo era. En uno de ellos, un espejo de treinta y seis pulgadas centraba el impulso del láser y lo enfocaba en el espacio; el otro actuaba como receptor de señales y podía utilizarse también como un visor telescópico superpotente para apuntar el aparato.

Comprobamos su enfilación en el blanco celeste más próximo: la Luna. Ya avanzada la noche, centré los cables en cruz en medio del pálido creciente y disparé un impulso. Dos segundos y medio más tarde se produjo un eco tenue. La cosa marchaba.

Había aún un detalle por arreglar, y tenía que hacerlo yo en absoluto secreto. El radiotelescopio se hallaba al norte del observatorio, al otro lado de la cordillera que nos impedía ver directamente. Una milla al Sur había una montaña aislada. Yo la conocía bastante bien, porque hacía años había ayudado a instalar allí una estación de rayos cósmicos. Ahora sería utilizada para un fin que jamás habría imaginado en los tiempos en que mi país era libre.

Justo debajo de la cima se alzaban las ruinas de un viejo fuerte, abandonado desde hacía siglos. Necesité hacer pocas exploraciones para encontrar el lugar que necesitaba: una pequeña cueva, de menos de una yarda de alta, entre dos grandes rocas que habían caído de las antiguas murallas. A juzgar por las telarañas, hacía generaciones que no había entrado allí un ser humano.

Cuando me agazapé en la abertura pude ver todas las instalaciones del Programa Espacial, que se extendían en varias millas. Al Este se encontraban las antenas de la vieja Estación de Seguimiento del Proyecto Apolo, que había traído a los primeros hombres de la Luna. Más allá estaba el campo de aterrizaje, por encima del cual se cernía un avión de transporte con sus propulsores verticales en funcionamiento. Pero todo lo que a. mi me interesaba era que estuvieran despejadas las líneas de visión desde este lugar a la cúpula del Mark X, y al extremo del mástil del radiotelescopio, tres millas al Norte.

Tardé entre días en instalar el espejo plateado, ópticamente perfecto, en su secreto habitáculo. Los tediosos ajustes micrométricos para dar la exacta orientación tardaron tanto que temí que no estuviera listo a tiempo. Pero al fin salió correcto el ángulo, con un error menor que un segundo de arco. Cuando apunté el telescopio del Mark X al punto secreto de la montaña, pude ver la cordillera que tenía detrás de mí. El campo visual era pequeño, aunque suficiente; el área del blanco tenía una yarda, y yo podía apuntar sobre cualquier pulgada de esa zona.

La luz podía recorrer, en cualquiera de los sentidos, la trayectoria que yo había preparado. Todo cuanto veía por el telescopio visor estaba automáticamente en la línea de fuego del transmisor.

Me parecía extraño, tres días más tarde, estar sentado tranquilamente en el observatorio, con los acumuladores eléctricos zumbando en torno mío, y ver a Chaka entrar en el campo visual del telescopio. Experimenté un fugaz destello de triunfo, como el astrónomo que ha calculado la órbita de un nuevo planeta y luego lo descubre en el punto previsto entre las estrellas. El cruel rostro estaba de perfil cuando lo vi al principio, como si estuviera a sólo unos treinta pies, gracias al aumento máximo que yo utilizaba. Aguardé pacientemente, con serena confianza, porque tenía que llegar el momento que yo sabía: aquel en el que Chaka parecería estar mirando hacia mí. Cuando esto sucedió, cogí con la mano izquierda la imagen de un antiguo dios, que no debe de tener nombre, y accioné con la otra el conmutador que disparaba el láser, lanzando mi rayo silencioso e invisible por encima de las montañas.

Si, era muchísimo mejor así. Chaka merecía la muerte; pero ésta le habría convertido en un mártir y habría fortalecido el dominio de su régimen. Lo que yo le tenía reservado era peor que la muerte, desataría entre sus defensores un terror supersticioso.

Chaka vivía aun; pero El-que-Todo-lo-Ve no volvería a ver ya nunca más. En el espacio de unos microsegundos le había reducido a una condición inferior a la del pordiosero más humilde de la calle.

Ni siquiera le había hecho daño. Porque no se siente dolor cuando la delicada película de la retina se funde por el calor de un millar de soles.


EL CUARTO HOMBRE



EL CUARTO HOMBRE

AGATHA CHRISTIE


El canónigo Parfitt jadeaba. El correr para alcanzar el tren no era cosa que conviniera a un hombre de sus años. Su figura ya no era lo que fue y con la pérdida de su esbelta silueta había ido adquiriendo una tendencia a quedarse sin aliento, que el propio canónigo solía explicar con dignidad diciendo "¡Es el corazón!"

Exhalando un suspiro de alivio se dejó caer en una esquina del compartimento de primera. El calorcillo de la calefacción le resultaba muy agradable. Fuera estaba nevando. Además era una suerte haber conseguido situarse en una esquina siendo el viaje de noche y tan largo. Debieron haber puesto coche-cama en aquel tren.

Las otras tres esquinas estaban ya ocupadas, y al observarlo, el canónigo Parfitt se dio cuenta de que el hombre sentado en la más alejada, le sonreía con aire de reconocimiento. Era un caballero pulcramente afeitado, de rostro burlón y cabellos oscuros que comenzaban a blanquear en las sienes. Su profesión era sin duda alguna la de abogado, y nadie le hubiera tomado por otra cosa ni un momento siquiera. Sir Jorge Durand era ciertamente un abogado muy famoso.

-Vaya, Parfitt -comenzó con aire jovial-. Se ha echado usted una buena carrerita, ¿no?

-Y con lo malo que es para mi corazón -repuso el canónigo-. Qué casualidad encontrarle, sir Jorge. ¿Va usted muy al norte?

-Hasta Newcastle -replicó sir Jorge-. A propósito -añadió-: ¿Conoce usted al doctor Campbell Clark?

Y el caballero sentado en el mismo lado que el canónigo inclinó la cabeza complacido.

-Nos encontramos en la estación -continuó el abogado-. Otra coincidencia.

El canónigo Parfitt vio al doctor Campbell Clark con gran interés. Había oído aquel nombre muy a menudo. El doctor Clark estaba en la primera fila de los médicos especialistas en enfermedades mentales, y su último libro El problema del subconsciente había sido la obra más discutida del año.

El canónigo Parfitt vio una mandíbula cuadrada, unos ojos azules de mirada firme, y una cabeza de cabellos rojizos sin una cana, pero que iban clareándose rápidamente. Asimismo tuvo la impresión de hallarse ante una vigorosa personalidad.

Debido a una lógica asociación de ideas, el canónigo miró el asiento situado frente al suyo esperando encontrar allí otra persona conocida, mas el cuarto ocupante del departamento resultó ser totalmente extraño... tal vez un extranjero. Era un hombrecillo moreno de aspecto insignificante, que embutido en un grueso abrigo parecía dormir.

-¿Es usted el canónigo Parfitt de Bradchester? -preguntó el doctor Clark con voz agradable.

El canónigo pareció halagado. Aquellos "sermones científicos" habían sido un gran acierto... especialmente desde que la prensa se había ocupado de ellos. Bueno, aquello era lo que necesitaba la Iglesia... modernizarse.

-He leído su libro con gran interés, doctor Campbell Clark -le dijo-. Aunque es demasiado técnico para mí, y me resulta difícil seguir algunas de sus partes.

Durand intervino.

-¿Prefiere hablar o dormir, canónigo? -le preguntó-. Confieso que sufro de insomnio y, por lo tanto, me inclino en favor de lo primero.

-¡Oh, desde luego! De todas maneras -explicó el canónigo-, yo casi nunca duermo en estos viajes nocturnos y el libro que he traído es muy aburrido.

-Realmente formamos una reunión muy interesante -observó el doctor con una sonrisa-. La Iglesia, la Ley y la profesión médica.

-Es difícil que no podamos formar opinión entre los tres, ¿verdad? El punto de vista espiritual de la Iglesia, el mío puramente legal y mundano, y el suyo, doctor, que abarca el mayor campo, desde lo puramente patológico a lo... superpsicológico. Entre los tres podríamos cubrir cualquier terreno por completo.

-No tanto como usted imagina -dijo el doctor Clark-. Hay otro punto de vista que ha pasado usted por alto y que es en este aspecto muy importante.

-¿A cuál se refiere? -quiso saber el abogado.

-Al punto de vista del hombre de la calle.

-¿Es tan importante? ¿Acaso el hombre de la calle no se equivoca generalmente?

-¡Oh, casi siempre! Pero posee lo que le falta a toda opinión experta... el punto de vista personal. Ya sabe que no puede prescindir de las relaciones personales. Lo he descubierto en mi profesión. Por cada paciente que acude realmente enfermo, hay por lo menos cinco que no tienen otra cosa que incapacidad para vivir felizmente con los inquilinos que habitan en la misma casa. Lo llaman de mil maneras... desde "rodilla de fregona" a "calambre de escribiente", pero es todo lo mismo: asperezas producidas por el roce diario de una mentalidad con otra.

-Tendrá usted muchísimos pacientes con "nervios", supongo -comenzó el canónigo, cuyos nervios eran excelentes.

-Ah, ¿qué es lo que quiere usted decir con eso? -El doctor volvióse hacia él con gesto rápido e impulsivo-. ¡Nervios! La gente suele emplear esa palabra y reírse después, como ha hecho usted. "Esto no tiene importancia -dicen- ¡Sólo son nervios!" ¡Dios mío!, ahí tiene usted el quid de todo. Se puede contraer una enfermedad corporal y curarla, pero hasta la fecha se sabe poco más de las oscuras causas de las ciento y una forma de las enfermedades nerviosas que se sabía... bueno... durante el reinado de la reina Isabel.

-Dios mío -exclamó el canónigo Parfitt un tanto asombrado por su salida-. ¿Es cierto?

-Y creo que es un signo de gracia -continuó el doctor Campbell-. Antiguamente considerábamos al hombre como un simple animal con inteligencia y un cuerpo al que daba más importancia que a nada.

-Inteligencia, cuerpo y alma -corrigió el clérigo con suavidad.

-¿Alma? -El doctor sonrió de un modo extraño-. ¿Qué quiere decir exactamente? Nunca ha estado muy claro, ya sabe. A través de todas las épocas no se han atrevido ustedes a dar una definición exacta.

El canónigo aclaró su garganta dispuesto a pronunciar un discurso, pero ante su disgusto, no le dieron oportunidad, ya que el médico continuó:

-¿Está seguro de que la palabra es alma... y no puede ser almas?

-¿Almas? -preguntó sir Jorge Durand enarcando las cejas con expresión divertida.

-Sí -Campbell Clark dirigió su atención hacia él inclinándose hacia delante para tocarle en el pecho-. ¿Está usted seguro -dijo en tono grave-, que hay un solo ocupante en esta estructura... porque esto es lo que es, ya sabe... envidiable residencia que no se alquila amueblada por siete, veintiuno, cuarenta y uno, setenta y un años... los que sean? Y al final el inquilino traslada sus cosas... poco a poco... y luego se marcha de la casa de golpe... y ésta se viene abajo convertida en una masa de ruinas y decadencia. Usted es el dueño de la casa, admitamos eso, pero nunca se percata de la presencia de los demás... criados de pisar quedo, en los que apenas repara, a no ser por el trabajo que realizan... trabajo que usted no tiene conciencia de haber hecho. O amigos... estados de ánimo que se apoderan de uno y le hacen ser un "hombre distinto", como se dice vulgarmente. Usted es el rey del castillo, ciertamente, pero puede estar seguro de que allí está también instalado tranquilamente el "pillastre redomado".

-Mi querido Clark -replicó el abogado-, me hace usted sentirme realmente incómodo. ¿Es que mi interior es, en realidad, campo de batalla en que luchan distintas personalidades? ¿Es la última palabra de la ciencia?

Ahora fue el médico quien se encogió de hombros.

-Su cuerpo lo es -dijo en tono seco-. ¿Por qué no puede serlo también la mente?

-Muy interesante -exclamó el canónico Parfitt-. ¡Ahí Maravillosa ciencia... maravillosa ciencia!

Y para sus adentros agregó:

-Puedo preparar un sermón muy atrayente basado en esta idea.

Mas el doctor Campbell Clark se había vuelto a reclinar en su asiento una vez pasada su excitación momentánea.

-A decir verdad -observó con su aire profesional-, es un caso de doble personalidad el que me lleva esta noche a Newcastle. Un caso interesantísimo. Un individuo neurótico, desde luego, pero un caso auténtico.

-Doble personalidad -repitió sir Jorge Durand pensativo-. No es tan raro según tengo entendido. Existe también la pérdida de memoria, ¿no es cierto? El otro día surgió un caso así ante el Tribunal de Testamentarias.

El doctor Clark asintió.

-Desde luego, el caso clásico fue el de Felisa Bault. ¿No recuerda haberlo oído?

-Claro que sí -expuso el canónigo Parfitt-. Recuerdo haberlo leído en los periódicos... pero de eso hace mucho tiempo... por lo menos siete años.

El doctor Campbell asintió.

-Esa muchacha se convirtió en una de las figuras más célebres de Francia, y acudieron a verla científicos de todo el mundo. Tenía cuatro personalidades nada menos, y se las conocía por Felisa Primera, Felisa Segunda, Felisa Tercera y Felisa Cuarta.

-¿Y no cabía la posibilidad de que fuera un truco premeditado? -preguntó sir Jorge.

-Las personalidades de Felisa Tres y Felisa Cuatro ofrecían algunas dudas -admito el médico-. Pero el hecho principal persiste. Felisa Bault era una campesina de Bretaña. Era la tercera de cinco hermanos, hija de un padre borracho y de una madre retrasada mental. En uno de sus ataques de alcoholismo el padre estranguló a su mujer, siendo, si no recuerdo mal, desterrado por vida. Felisa tenía entonces cinco años. Unas personas caritativas se interesaron por la criatura, y Felisa fue criada y educada por una dama inglesa que tenía una especie de hogar para niños desvalidos. Aunque consiguió muy poco de Felisa, la describe como una niña anormal, lenta y estúpida, que aprendió a leer y escribir sólo con gran dificultad y cuyas manos eran torpes. Esa dama, la señora Slater, intentó prepararla para el servicio doméstico y le buscó varias casas donde trabajar cuando tuvo la edad conveniente, mas en ninguna estuvo mucho tiempo debido a su estupidez y profunda pereza.

El doctor hizo una pausa, y el canónigo, mientras se arropaba aún más en su manta de viaje se dio cuenta de pronto de que el hombre sentado frente a él se había movido ligeramente, y sus ojos, que antes tuviera cerrados, ahora estaban abiertos y en ellos brillaba una expresión indescifrable que sobresaltó al clérigo. Era como si hubiese estado regocijándose interiormente por lo que oyera.

-Existe una fotografía de Felisa Bault tomada cuando tenía diecisiete años -prosiguió el médico-. Y en ella aparece como una burda campesina de recia constitución, sin nada que indique que pronto iba a ser una de las personas más famosas de Francia.

"Cinco años más tarde, cuando contaba veintidós, Felisa Bault tuvo una enfermedad nerviosa, y al reponerse empezaron a manifestarse los extraños fenómenos. Lo que sigue a continuación son hechos atestiguados por muchísimos científicos eminentes. La personalidad llamada Felisa Primera era completamente distinta a la Felisa Bault de los últimos años. Felisa Primera escribía apenas el francés, no hablaba ningún otro idioma, y no sabía tocar el piano. Felisa Segunda, por el contrario, hablaba correctamente el italiano y algo de alemán. Su letra era distinta por completo de la de Felisa Primera, y escribía y se expresaba a la perfección en francés. Podía discutir de política, arte y era muy aficionada a tocar el piano. Felisa Tercera tenía muchos puntos en común con Felisa Segunda. Era inteligente y al parecer bien educada, pero en la parte moral era un contraste absoluto. Aparecía como una criatura depravada... pero en un sentido parisiense, no provinciano. Conocía todo el argot de París, y las expresiones del demi monde elegante. Su lenguaje era obsceno, y hablaba mal de la religión y la "gente buena" en los términos más blasfemos. Y por fin surgió la Felisa Cuarta... una criatura soñadora piadosa y clarividente, pero esta cuarta personalidad fue poco satisfactoria y duradera, y se la consideró un truco deliberado por parte de Felisa Tercera... una especie de broma que le gastaba al público crédulo. Debo decir que, aparte de la posible excepción de la Felisa Cuarta, cada personalidad era distinta y separada y no tenía conocimiento de las otras. Felisa Segunda fue sin duda la más predominante y algunas veces duraba hasta quince días, luego Felisa Primera, aparecía bruscamente por espacio de uno o dos días. Después, tal vez la Felisa Tercera o Cuarta, pero estas dos últimas, rara vez denominaban más de unas pocas horas. Cada cambio iba acompañado de un fuerte dolor de cabeza y sueño profundo, y en cada caso sufría la pérdida completa de la memoria de los otros estados, y la personalidad en cuestión tomaba vida a partir del momento en que la había abandonado, inconsciente del tiempo.

-Muy notable -murmuró el canónigo-. Muy notable. Hasta ahora sabemos apenas nada de las maravillas del universo.

-Sabemos que hay algunos impostores muy astutos -observó el abogado en tono seco.

-El caso de Felisa Bault fue investigado por abogados, así como por médicos y científicos -replicó el doctor Campbell con presteza-. Recuerde que Maitre Quimbellier llevó a cabo la investigación más profunda y confirmó la opinión de los científicos. Y al fin y al cabo, ¿por qué hemos de sorprendernos tanto? ¿No tenemos los huevos de dos yemas? ¿Y los plátanos gemelos? ¿Por qué no ha de poder darse el caso de la doble personalidad... o en este caso, la cuádruple personalidad... en un solo cuerpo?

-¿La doble personalidad? -protestó el canónigo.

El doctor Campbell Clark volvió sus penetrantes ojos azules hacia él.

-¿Cómo podríamos llamarle si no?

-Menos mal que estas cosas son únicamente un capricho de la naturaleza -observó sir Jorge-. Si el caso fuera corriente se prestarían muchas complicaciones.

-Desde luego, son casos muy anormales -convino el médico-. Fue una lástima que no pudiera efectuarse otro estudio más prolongado, pero puso fin a todo, la inesperada muerte de Felisa.

-Hubo algo raro sino recuerdo mal -dijo el abogado despacio.

El doctor Campbell Clark asintió.

-Fue algo inesperado. Una mañana la muchacha fue encontrada muerta en su cama. Había sido estrangulada, pero ante la estupefacción de todos, demostró sin lugar a dudas que se había estrangulado ella misma. Las señales de su cuello eran las de sus dedos. Un sistema de suicidio que aunque no es físicamente imposible, requiere una extraordinaria fuerza muscular y una voluntad casi sobrehumana. Nunca se supo lo que había impulsado a suicidarse. Claro que su equilibrio mental siempre había sido insuficiente. Sin embargo, ahí tiene. Se ha corrido para siempre la cortina sobre el misterio de Felisa Bault.

Fue entonces cuando el ocupante de la cuarta esquina se echó a reír.

Los otros tres hombres saltaron como si hubieran oído un disparo. Habían olvidado por completo la existencia del cuarto, y cuando se volvieron hacia el lugar donde se hallaba sentado y todavía arrebujado en su abrigo, rió de nuevo.

-Deben perdonarme, caballeros -dijo en perfecto inglés, aunque con un ligero acento extranjero, y se incorporó mostrando un rostro pálido con un pequeño bigotillo-. Sí, deben ustedes perdonarme -dijo con una cómoda inclinación de cabeza-. Pero la verdad: ¿es que la ciencia dice alguna vez la última palabra?

-¿Sabe algo del caso que estábamos discutiendo? -le preguntó el doctor cortésmente.

-¿Del caso? No. Pero la conocí.

-¿A Felisa Bault?

-Sí. Y a Annette Ravel también. No han oído hablar de Annette Ravel, ¿verdad? Y, no obstante, la historia de una, es la historia de la otra. Créame, no sabrán nada de Felisa Bault si no conocen también la historia de Annette Ravel.

Sacó un reloj para consultar la hora.

-Falta media hora hasta la próxima parada. Tengo tiempo de contarles la historia... es decir, si a ustedes les interesa escucharla.

-Cuéntela, por favor -dijo el médico.

-Me encantaría oírla -exclamó el pastor.

Sir Jorge Durand limitóse a adoptar una actitud de atenta escucha.

-Mi nombre, caballeros -comentó el extraño compañero de viaje- es Raúl Latardeau. Usted acaba de mencionar a una dama inglesa, la señorita Slater, que se ocupa en obras de caridad. Yo la conocí en Bretaña, en un pueblecito pesquero, y cuando mis padres fallecieron víctimas de un accidente ferroviario, fue la señorita Slater quien vino a rescatarme y me salvó de algo equivalente a los reformatorios ingleses. Tenía unos veinte chiquillos a su cuidado... niños y niñas. Entre éstas se encontraban Felisa Baúl y Annette Ravel. Si no consigo hacerles comprender la personalidad de Annette, caballeros, no comprenderán nada. Era hija de lo que ustedes llaman una filie de joie que había muerto tuberculosa abandonada por su amante. La madre fue bailarina y Annette también tenía el deseo de bailar. Cuando la vi por primera vez tenía once años, y era una niña vivaracha de ojos brillantes y prometedores... una criatura todo fuego y vida. Y en seguida, en seguida... me convirtió en su esclavo. "Raúl, haz esto; Raúl, haz lo otro...", y yo obedecía. Yo la idolatraba y ella lo sabía.

"Solíamos ir a la playa... los tres... ya que Felisa venía con nosotros. Y allí Annette, quitándose los zapatos y las medias bailaba sobre la arena, y luego, cuando le faltaba el aliento, nos contaba lo que quería llegar a ser.

"-Veréis, yo seré famosa. Sí, muy famosa. Tendré cientos y miles de medias de seda... de la seda más fina, y viviré en un piso maravilloso. Todos mis adoradores serán jóvenes, guapos y ricos, cuando yo baile, todo París irá a verme. Gritarán y se volverán locos con mis danzas. Y durante los inviernos no bailaré. Iré al sur a gozar del sol. Allí hay pueblecitos con naranjos, y comeré naranjas. Y en cuanto a ti, Raúl nunca te olvidaré por muy rica que sea. Te protegeré para que estudies una carrera. Felisa será mi doncella... no, sus manos son demasiado torpes. Míralas qué grandes y toscas.

"Felisa se ponía furiosa al oír esto, y entonces Annette continuaba pinchándola.

"-Es tan fina, Felisa... tan elegante y distinguida. Es una princesa disfrazada... ja, ja.

"-Mi padre y mi madre estaban casados, y los tuyos no -replicaba Felisa con rencor.

"-Sí, y tu padre mató a tu madre. Bonita cosa ser la hija de un asesino.

"-Y el tuyo dejó morir a tu madre -era la contestación de Felisa.

"-Ah, sí -Annette se ponía pensativa-: Pauvre maman. Hay que conservarse fuerte y bien.

"-Yo soy fuerte como un caballo -presumía Felisa.

"Y desde luego lo era. Tenía dos veces la fuerza de cualquier niña del Hogar y nunca estaba enferma.

"Pero era estúpida, ¿comprenden?, estúpida como una bestia bruta. A menudo me he preguntado porqué seguía a Annette como lo hacía. Era una especie de fascinación. Algunas veces creo que la odiaba, y no es de extrañar, puesto que Annette no era amable con ella. Se burlaba de su lentitud y estupidez, provocándola delante de los demás. Yo había visto a Felisa ponerse lívida de rabia. Algunas veces pensé que iba a rodear la garganta de Annette con sus dedos hasta acabar con su vida. No era lo bastante inteligente como para contestar a los improperios de Anette, pero con el tiempo aprendió una respuesta que nunca fallaba. Era el referirse a su propia salud y fuerza. Había aprendido lo que yo siempre supe: que Annette envidiaba su fortaleza física, y ella atacaba instintivamente el punto débil de la armadura de su enemiga.

"Un día Annette vino hacia mí muy contenta. "Raúl -dijo-, hoy vamos a divertirnos con esa estúpida de Felisa."

"-¿Qué es lo que vas a hacer?

"-Ven detrás del cobertizo y te lo diré.

"Parece que Annette había encontrado cierto libro, parte del cual no entendía y, desde luego, estaba por encima de su cabecita. Era una de las primeras obras de hipnotismo.

-Conseguí que un objeto brillante, el pomo de metal de mi casa, diese vueltas. Hice que Felisa lo mirase anoche. "Míralo fijamente -le dije-. No apartes los ojos de él." Y entonces lo hice girar, Raúl. Estaba asustada. Sus ojos tenían una expresión tan extraña... tan extraña. "Felisa, tú harás siempre lo que yo diga", le dije: "Haré siempre lo que tú digas, Annette", me contestó. Y luego... y luego... dije: "Mañana llevarás un cabo de vela al patio y empezarás a comerla a las doce. Y si alguien te pregunta dirás que es la mejor galleta que has probado en tu vida." ¡Oh, Raúl, imagínate!

"-Pero ella no hará una cosa así -protesté.

"-El libro dice que sí. No es que yo lo crea del todo... ¡pero, oh, Raúl, si lo que dice el libro es cierto, lo que nos vamos a divertir!

"A mí también me pareció divertido. Lo comunicamos a nuestros compañeros y a las doce estábamos todos en el patio. A la hora exacta apareció Felisa con el cabo de la vela en la mano. ¿Y creerán ustedes, caballeros, que empezó a mordisquearlo solemnemente? ¡Todos nos desternillábamos de risa! De vez en cuando alguno de los niños se acercaba a ella y le decía muy serio: ¿Es bueno lo que comes, Felisa? Y ella respondía: "Sí, es una de las mejores galletas que he probado en mi vida."

"Y entonces nos ahogábamos de risa. Al fin nos reímos tan fuerte que el ruido pareció despertar a Felisa y se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Parpadeó extrañada, miró la vela y luego a todos, pasándose la mano por la frente.

"-Pero, ¿qué es lo que estoy haciendo aquí? -murmuró.

"-Te estás comiendo una vela de sebo -le gritamos.

"-Yo te lo hice hacer. Yo te lo hice hacer -exclamó Annette bailándola su alrededor.

"Felisa la miró fijamente unos instantes y luego se fue acercando a ella.

"-¿De modo que has sido tú... has sido tú quien me puso en ridículo? Creo recordar. ¡Ah! Te mataré por esto.

"Habló en tono tranquilo, pero Annette echó a correr refugiándose detrás de mí.

"-¡Sálvame, Raúl! Me da miedo Felisa. Ha sido sólo una broma, Felisa. Sólo una broma ¿Comprendes?

"-No me gustan esta clase de bromas -replicó Felisa-. Te odio. Os odio a todos.

"Y echándose a llorar se marchó corriendo.

"Yo creo que Annette estaba asustada por el resultado de su experimento, y no intentó repetirlo, pero a partir de aquel día su ascendencia sobre Felisa se fue haciendo más fuerte.

"Ahora creo que Felisa siempre la odió, pero sin embargo no podía apartarse de su lado y solía seguirla como un perro.

"Poco después de esto, caballeros, me encontraron un empleo y sólo volví al Hogar durante mis vacaciones. No se había tomado en serio el deseo de Annette de ser bailarina, pero su voz se hizo más bonita a medida que iba creciendo, y la señorita Slater consintió gustosamente en dejarla aprender canto.

"Annette no era perezosa, y trabajaba febrilmente, sin descanso, y la señorita Slater se vio obligada a impedir que se excediera, y en cierta ocasión me habló de ella.

"-Tú siempre has apreciado mucho a Annette -me dijo-. Convéncela para que no se esfuerce demasiado. Últimamente tose de una manera que no me gusta.

"Mi trabajo me llevó lejos poco después de esta conversación. Recibí una o dos cartas de Annette al principio, pero luego silencio, los cinco años que permanecí en el extranjero.

"Por pura casualidad, cuando regresé a París me llamó la atención un cartel anuncio con el nombre de Annette Ravelli y su fotografía. La conocí en seguida. Aquella noche fui al teatro en cuestión. Annette cantaba en francés e italiano, y en escena estaba maravillosa. Después fui a verla a su camerino y me recibió en seguida.

"-Vaya, Raúl -exclamó tendiéndome las manos-. ¡Esto es maravilloso! ¿Dónde has estado todos estos años?

"Yo se lo hubiera dicho, pero no deseaba escucharme.

"-¡Ves, ya casi he llegado!

"Y con un gesto triunfal me señaló el camerino lleno de flores.

"-La señorita Slater debe estar orgullosa de tu éxito.

"-¿Esa vieja? No, por cierto. Ella me había destinado al Conservatorio... a los conciertos... pero yo soy una artista. Y es aquí, en los teatros de variedades, donde puedo expresar mi personalidad.

"En aquel momento entró un hombre de mediana edad, atractivo y distinguido. Por su comportamiento comprendí en seguida que se trataba del mecenas de Annette. Me miró de soslayo y Annette le explicó:

"-Es un amigo de la infancia. Está de paso en París, ha visto mi retrato en un anuncio, et voilá.

"Aquel hombre era muy amable y cortés, y delante de mí sacó una pulsera de brillantes y rubíes que colocó en la muñeca de Annette. Cuando me levanté para marcharme ella me dirigió una mirada de triunfo diciéndome en un susurro:

"-He llegado, ¿verdad? ¿Comprendes? Tengo el mundo a mis pies.

"Pero al salir del camerino la oí toser con una tos seca y dura. Sabía muy bien lo que significaba. Era la herencia de su madre tuberculosa.

"Volví a verla dos años más tarde. Había ido a buscar refugio junto a la señorita Slater. Su carrera estaba arruinada. Era tal lo avanzado de su enfermedad, que los médicos dijeron que nada podía hacerse.

"¡Ah! ¡Nunca olvidaré cómo la vi entonces! Estaba echada en una especie de cobertizo montado en el jardín. La tenían día y noche al aire libre. Sus mejillas estaban hundidas y sus ojos brillantes y febriles.

"Me saludó con tal desesperación que me quedé estupefacto.

"-Cuánto me alegro de verte, Raúl. ¿Tú ya sabes bien lo que dicen... que no me pondré bien? Lo dicen a mis espaldas, ¿comprendes? Conmigo son todos amables y tratan de consolarme. ¡Pero no es cierto, Raúl, no es cierto! Yo no me dejaré morir. ¿Morir? ¿Con la vida tan hermosa que se extiende ante mí? Es la voluntad de vivir lo que importa. Todos los grandes médicos lo dicen. Yo no soy de esos seres débiles que se abandonan. Ya empiezo a sentirme mejor... muchísimo mejor, ¿oyes?

"Y se incorporó, apoyándose sobre un codo para dar más énfasis a sus palabras, luego cayó hacia atrás, presa de un ataque de tos que estremeció su delgado cuerpo.

"-La tos no es nada -consiguió decir-. Y las hemorragias no me asustan. Sorprenderé a los médicos. Es la voluntad lo que importa. Recuerda, Raúl, yo viviré.

"Era una pena. ¿Comprenden? Una pena.

"En aquel momento llegaba Felisa Bault con una bandeja y un vaso de leche caliente, que dio a Annette, mirando como lo bebía con expresión que no pude descifrar... como con cierta satisfacción.

"Annette también captó aquella mirada, y dejó caer el vaso, que se hizo pedazos.

"-¿La has visto? Así es como me mira siempre. ¡Ella se alegra de que vaya a morir! Sí, disfruta. Ella es fuerte y sana. Mírala... ¡nunca ha estado enferma! ¡Ni un solo día! Y todo para nada. ¿De qué le sirve ese corpachón? ¿Qué va a sacar de él?

"Felisa se agachó para coger los pedazos de cristal.

"-No me importa lo que diga -comenzó con voz inexpresiva-. ¿A mí qué? Soy una chica respetable. Y en cuanto a ella, sabrá lo que es el Purgatorio dentro de poco. Yo soy cristiana y nada digo.

"-¡Tú me odias! -exclamó Annette-. Siempre me has odiado. ¡Ah!, pero de todas maneras puedo encantarte. Puedo hacer que hagas mi voluntad. Mira, ahora mismo, si te lo pidiera sin ninguna duda te pondrías de rodillas ante mí encima de la hierba.

"-No seas absurda -dijo Felisa intranquila.

"-Pues sí que lo harás. Lo harás... para complacerme. Arrodíllate. Yo, Annette, te lo pido. Arrodíllate, Felisa.

"No sé si sería por el maravilloso mandato de su voz, o por un motivo más profundo, pero el caso es que Felisa obedeció. Se puso de rodillas lentamente, con los brazos extendidos hacia delante y el rostro ausente mirando estúpidamente al vacío.

"Annette, echando la cabeza hacia atrás, rió con todas sus fuerzas.

"-¡Mira qué cara más estúpida pone! ¡Qué ridícula está! ¡Ya puedes levantarte, Felisa, gracias! Es inútil que frunzas el ceño. Soy tu ama, y tienes que hacer lo que yo diga.

"Desplomóse exhausta sobre las almohadas, y Felisa, recogiendo la bandeja, se alejó lentamente. Una vez volvióse a mirar por encima del hombro, y el profundo resentimiento de su mirada me sobresaltó.

"Yo no estaba allí cuando murió Annette, pero, al parecer, fue terrible. Se aferraba a la vida con desesperación, luchando contra la muerte como una posesa, y gritando: "No moriré. Tengo que vivir... vivir..."

"Me lo contó la señorita Slater, cuando seis meses más tarde fui a verla. "Mi pobre Raúl -me dijo con tono amable-. Tú la querías, ¿verdad?"

"-Siempre la quise... siempre. Pero ¿de qué hubiera podido servirle? No hablemos de eso. Ahora está muerta... ella... tan alegre... y tan llena de vida.

"La señorita Slater era mujer comprensiva y se puso a hablar de otras cosas. Estaba preocupada por Felisa. La joven había sufrido una extraña crisis nerviosa y desde entonces su comportamiento era muy extraño.

"-¿Sabes -me dijo la señorita Slater tras una ligera vacilación- que está aprendiendo a tocar el piano?

"Yo lo ignoraba y me sorprendió mucho. ¡Felisa... aprendiendo a tocar el piano! Yo hubiera jurado que era totalmente incapaz de distinguir una nota de otra.

"-Dicen que tiene talento -continuó la señorita Slater-. No comprendo. Siempre la había considerado..., bueno, Raúl, tú mismo sabes que fue siempre una niña estúpida.

"Asentí.

"-Su comportamiento es tan extraño que no sé qué pensar.

"Pocos minutos después entré en la sala de lectura. Felisa tocaba el piano... la misma tonadilla que oí cantar a Annette en París. Comprendan, caballeros, que me quedé de una pieza. Y luego, al oírme, se interrumpió de pronto volviéndose a mirarme con ojos llenos de malicia e inteligencia. Por un momento pensé..., bueno, no voy a decirles lo que pensé entonces.

"-Tiens! -exclamó-. De manera que es usted... monsieur Raúl.

"No puedo describir cómo lo dijo. Para Annette nunca había dejado de ser Raúl, pero Felisa, desde que volvimos a encontrarnos de mayores, siempre me llamaba monsieur Raúl. Mas entonces lo dijo de un modo distinto..., como si el monsieur fuera algo divertido.

"-Vaya, Felisa -le contesté-, te veo muy cambiada.

"-¿Sí? -replicó pensativa-. Es curioso, pero no te pongas serio, Raúl..., decididamente te llamaré Raúl... ¿Acaso no jugábamos juntos cuando éramos niños...? La vida se ha hecho para reír. Hablemos de la pobre Annette... que está muerta y enterrada. ¿Estará en el Purgatorio, o dónde?

"Y tarareó cierta canción..., desentonando bastante, pero las palabras llamaron mi atención.

"-¡Felisa! -exclamé-. ¿Sabes italiano?

"-¿Por qué no, Raúl? Yo no soy tan estúpida como parecía -y se rió de mi confusión.

"-No comprendo... -comencé a decir.

"-Pues yo te lo explicaré. Soy una magnífica actriz, aunque nadie lo sospechaba. Puedo representar muchos papeles... y muy bien, por cierto.

"Volvió a reír y salió corriendo de la habitación antes de que pudiera detenerla.

"La volví a ver antes de marcharme. Estaba durmiendo en un sillón y roncaba pesadamente. La estuve mirando fascinado..., aunque me repelía. De pronto se despertó sobresaltada, y sus ojos apagados y sin vida se encontraron con los míos.

"-Monsieur Raúl -murmuró mecánicamente.

"-Sí, Felisa. Yo me marcho. ¿Querrás tocar algo antes de que me vaya?

"-¿Yo? ¿Tocar? ¿Se está riendo de mí, monsieur Raúl?

"-¿No recuerdas que esta mañana tocaste para mí?

"Felisa meneó la cabeza.

"-¿Tocar yo? ¿Cómo es posible que sepa tocar una pobre chica como yo?

"Hizo una pausa como si reflexionara, y luego se acercó a mí.

"-¡Monsieur Raúl, ocurren cosas extrañas en esta casa! Le gastan a una bromas. Varían las horas del reloj. Sí, sí, sé lo que digo. Y todo eso es obra de ella.

"-¿De quién? -pregunté sobresaltado.

"-De Annette, esta malvada. Cuando vivía siempre me estaba atormentando, y ahora que ha muerto, vuelve del otro mundo para seguir mortificándome.

"La miré fijamente. Ahora comprendo que estaba al borde del terror y sus ojos estaban a punto de salir de sus órbitas.

"-Es mala. Le aseguro que es mala. Sería capaz de quitar a cualquiera el pan de la boca, la ropa y el alma...

"De pronto se agarró a mí.

"-Tengo miedo, se lo aseguro..., miedo. Oigo su voz..., no en mis oídos... sino aquí... en mi cabeza -se tocó la frente-. Se me llevará muy lejos... y entonces, ¿qué haré... qué será de mí?

"Su voz se fue elevando hasta convertirse en un alarido y vi en sus ojos el terror de las bestias acorraladas.

"De pronto sonrió..., fue una sonrisa agradable, llena de astucia, que me hizo estremecer.

"-Si llegara eso, monsieur Raúl..., tengo mucha fuerza en mis manos..., tengo mucha fuerza en las manos.

"Nunca me había fijado particularmente en sus manos. Entonces las miré y me estremecí a pesar mío. Eran unos dedos gruesos, brutales, y como Felisa había dicho, extraordinariamente fuertes. No sabría explicarles la sensación de náuseas que me invadió. Con unas manos como aquéllas su padre debió estrangular a su madre.

"Aquélla fue la última vez que vi a Felisa Bault. Inmediatamente después marché al extranjero..., a Sudamérica. Regresé dos años después de su muerte. Algo había leído en los periódicos de su vida y muerte repentina. Y esta noche me he enterado de más detalles... por ustedes. Felisa Tercera y Felisa Cuarta... Me estoy preguntando si... ¡Era una buena actriz! ¿Saben?"

El tren fue aminorando su velocidad, y el hombre sentado en la esquina se irguió para abrochar mejor su abrigo.

-¿Cuál es su teoría? -preguntó el abogado.

-Apenas puedo creerlo... -comenzó a decir el canónigo Parfitt.

El médico nada dijo, pero miraba fijamente a Raúl Letardeau.

-Es capaz de quitarle a uno el pan de la boca, la ropa..., el alma... -repitió el francés poniéndose en pie-. Les aseguro, messieurs, que la historia de Felisa Bault es la historia de Annette Ravel. Ustedes no la conocieron, caballeros. Yo sí... y amaba mucho la vida.

Con la mano en el pomo de la puerta, dispuesto a apearse, se volvió de pronto, yendo a dar un golpecito en el pecho del canónigo.

-Monsieur le docteur acaba de decir que esto -le dio un golpe en el estómago y el pastor pegó un respingo- es sólo una coincidencia. Dígame, si encontrara un ladrón en su casa, ¿qué haría? Pegarle un tiro, ¿no?

-No -exclamó el canónigo-. No..., quiero decir... que en este país, no.

Pero sus palabras se perdieron en el aire mientras la puerta del compartimento se cerraba de golpe.

El clérigo, el abogado y el médico se habían quedado solos. El cuarto asiento estaba vacío.





¿DÓNDE ESTA EL TESTAMENTO?





¿DÓNDE ESTA EL TESTAMENTO? - Agatha Christie



Traducción: C. Peraire Del Molino



Escaneado, revisado y corregido por: El Trauko

Última revisión: Octubre de 2002



































































Edición electrónica: El Trauko

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Chile - Octubre de 2002



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¿DÓNDE ESTA EL TESTAMENTO?

Agatha Christie

—Y sobre todo evite las preocupaciones y la excitación —dijo el doctor Meynell con el aire profesional que emplean los médicos.

La señora Harter, como ocurre a menudo con las personas que escuchan inútiles palabras de consuelo, parecía más indecisa que aliviada.

—Existe ciertamente una lesión cardíaca —continuó el doctor—, pero nada que deba alarmarla. Puedo asegurárselo. De todas maneras —agregó—, sería conveniente que instalaran un ascensor. ¿Eh? ¿Qué le parece?

La señora Harter le miró preocupada.

El doctor Meynell, por el contrario, parecía muy satisfecho de sí mismo. Le gustaba atender a los pacientes ricos más que a los pobres, porque así podía ejercitar su activa imaginación al recetar remedios a sus dolencias.

—Sí; un ascensor —repitió el doctor Meynell, tratando de buscar algo más ostentoso incluso si cabe—. Luego hemos de evitar todo esfuerzo innecesario. Hay que practicar ejercicio diariamente siempre que haga buen tiempo, pero por terreno llano, nada de subir a las colinas. Y, sobre todo, distraerse y no pensar continuamente en su salud.

Con el sobrino de la anciana, Carlos Ridgeway, el doctor fue algo más explícito.

—Quisiera que lo entendiese usted bien —le dijo—. Su tía puede vivir años... y, probablemente, los vivirá. Pero al mismo tiempo un sobresalto o un esfuerzo excesivo pueden acabar con ella, ¡así! —chasqueó los dedos—. Debe llevar una vida tranquila. Nada de esfuerzos. Nada de fatigarse. Pero, desde luego, tampoco hay que dejar que se aburra. Hay que hacer que esté siempre alegre y distraída.

—Hay que distraerla —repuso Carlos Ridgeway, pensativo.

Carlos era un joven reflexivo a quien agradaba seguir sus inclinaciones siempre que fuera posible.

Aquella noche sugirió la conveniencia de instalar un aparato de radio.

La señora Harter, que ya estaba seriamente preocupada por lo del ascensor, se mostró reacia y contrariada, mas Carlos supo persuadirla.

—No me gustan esos modernismos —se lamentó la anciana—. Las ondas, ya sabes, las ondas eléctricas... podrían afectarme.

Carlos, con aire de superioridad, le hizo ver la futilidad de su idea.

Y la señora Harter, cuyo conocimiento sobre el tema era muy ambiguo, pero que sabía defender sus opiniones, permaneció en sus trece.

—Toda esa electricidad —murmuró con temor—, tú puedes decir lo que quieras, Carlos, pero a algunas personas les afecta la electricidad. Siempre que va a haber tormenta me duele la cabeza. Tú lo sabes. —Y asintió con aire triunfante.

Carlos era un joven paciente y también tenaz.

—Mi querida tía Mary —le dijo—, déjame que te lo explique.

Era casi una autoridad en la materia, y le dio toda una conferencia, hablándole entusiasmado de los tubos emisores, de la alta y baja frecuencia, de amplificadores y condensadores.

La señora Harter, sumergida en aquel mar de palabras que no comprendía, se sometió.

—Claro que si tú crees... realmente... —murmuró.

—Mi querida tía Mary —replicó Carlos entusiasmado—, es lo que tú necesitas para dejar de pensar en todo esto.

El ascensor recetado por el doctor Maynell instalóse poco después, y fue casi la muerte para la señora Harter, ya que como otras ancianas sentía una profunda aversión a tener a hombres extraños en la casa. Sospechaba que intentarían apoderarse de su plata antigua.

Después del ascensor, llegó el aparato de radio, y la señora Harter pudo contemplar el para ella repelente objeto..., una caja grande de feo aspecto con varios mandos.

Carlos necesitó todo su entusiasmo para reconciliarla con él, mas el muchacho se encontraba en su elemento haciendo girar los botones mientras discurseaba elocuentemente.

La señora Harter, sentada en su butaca de alto respaldo, paciente y cortés, seguía convencida de que aquellos nuevos inventos no eran más que molestias disimuladas.

—Escucha, tía Mary, ahora oímos Berlín. ¿No es estupendo? ¿Oyes cómo habla el locutor?

—No oigo más que zumbidos y ruidos —replicó la señora Harter.

—Bruselas —anunció con entusiasmo.

—¿De veras? —dijo la señora Harter con muy poco interés.

Carlos continuó girando el dial y de pronto una especie de aullido encontró eco en la habitación.

—Ahora parece que estemos en la Casa del Perro —dijo la señora Harter, que era una anciana de buen humor.

—¡Ja, ja, ja! —rió Carlos—. Siempre estás de broma, tía Mary. ¡Ha estado muy buena!

La señora Harter no pudo evitar el sonreírle. Quería mucho a Carlos. Durante algunos años había vivido con ella su sobrina, Miriam Harter. Tenía intención de convertirla en su heredera, pero Miriam no fue precisamente un éxito. Era impaciente y le molestaba la compañía de su tía. Siempre estaba fuera «callejeando», como decía la señora Harter. Al final se había hecho novia de un joven al que su tía desaprobaba del todo, y Miriam fue devuelta a su madre con el joven en cuestión y la señora Harter le enviaba por Navidad una caja de pañuelos o un centro para la mesa. Nada más.

Habiendo sufrido tal decepción con su sobrina, la señora Harter dedicó su atención a los sobrinos, y Carlos fue un éxito rotundo desde el principio. Siempre se mostraba amable y deferente con su tía, escuchando con apariencia de gran interés los relatos de su pasada juventud. En esto era muy distinto de Miriam, que siempre demostró su desagrado. Carlos nunca se disgustaba..., siempre estaba de buen humor... y contento, y decía a su tía constantemente que era una anciana perfecta y encantadora.

Altamente satisfecha de su nueva adquisición, la señora Harter había escrito a su abogado dándole instrucciones para que redactara un nuevo testamento. Una vez éste se lo hubo enviado para que lo aprobara, lo firmó satisfecha.

Y ahora, incluso en el asunto de la radio, Carlos no tardó en demostrar que había ganado nuevos laureles.

La señora Harter, al principio tan contraria a la radio, se fue haciendo tolerante y luego una entusiasta aficionada. Disfrutaba mucho más cuando Carlos estaba fuera. Lo malo de Carlos era que no podía dejar tranquilo el aparato, y cuando él no estaba, podía sentarse cómodamente en su butaca y escuchar un concierto sinfónico, o una conferencia sobre Lucrecia Borgia, feliz y en paz con todo el mundo. Pero Carlos, no. y la armonía veíase interrumpida con chirridos discordantes mientras él con gran entusiasmo trataba de encontrar emisoras extranjeras. Pero aquellas noches en que Carlos cenaba con sus amigos, la señora Harter disfrutaba mucho con la radio escuchando los programas de noche desde su butaca.

Fue cosa de unos tres meses después de que instalaran el aparato cuando tuvo el primer susto. Carlos había ido a jugar una partida de bridge.

El programa de aquella noche era un concierto. Una soprano muy conocida estaba cantando Annie Laurie, y en mitad de la canción ocurrió algo muy extraño. Hubo una interrupción, la música cesó, continuando los zumbidos y los ruidos intermitentes, que luego también cesaron. Se hizo el silencio y al fin se oyó un nuevo zumbido.

La señora Harter tuvo la impresión de que el aparato había captado un punto muy lejano y luego se oyó claramente la voz de un hombre con ligero acento irlandés.

«Mary... ¿Me oyes, Mary? Te habla Patrick... pronto voy a ir a buscarte. Estarás preparada. ¿No es verdad, Mary?»

Y luego, casi inmediatamente, volvieron a oírse las notas de Annie Laurie.

La señora Harter permaneció rígida en su sillón con las manos crispadas sobre los brazos del mismo. ¿Había estado soñando? ¡Patrick! ¡La voz de Patrick! La voz de Patrick, en aquella misma habitación, habiéndole... No, debía haber sido un sueño, tal vez una alucinación. Debió quedarse dormida unos minutos. Era curioso lo que había soñado... que la voz de su esposo le hablaba a través del éter. Se asustó un poco. ¿Qué era lo que le había dicho?

«Pronto voy a buscarte. Estarás preparada, ¿no es cierto, Mary?»

¿Sería un aviso? Insuficiencia cardíaca. Su corazón..., después de todo, había vivido muchos años.

«Es un aviso..., eso es —díjose la señora Harter, levantándose trabajosamente de su butaca, y agregó con su aire característico—: ¡ Y todo ese dinero desperdiciado en el ascensor!

Nada dijo de su experiencia, mas por espacio de unos días estuvo pensativa y un tanto preocupada.

Y luego se repitió por segunda vez. También se encontraba sola en la habitación, escuchando una selección orquestal que radiaba una emisora. La música cesó con la misma brusquedad que la primera vez, y también se hizo el silencio; luego percibió la sensación de lejanía, y por fin la voz de Patrick..., no como la que tuviera en vida..., sino una voz dilatada, lejana, como procedente de otro mundo.

«Patrick te habla, Mary. Iré a buscarte pronto...»

Luego oyó un zumbido y la música volvió a llenar la habitación.

La señora Harter miró el reloj. No, esta vez no se había dormido. Había escuchado la voz de Patrick despierta y en plena posesión de sus facultades. Y no era alucinación, estaba segura.

Y confundida trató de pensar en todo lo que Carlos le explicara sobre sus teorías de las ondas y del éter.

¿Sería posible que Patrick le hubiera hablado realmente? ¿Y que su voz resultara distinta debido a la distancia? Habían longitudes de ondas perdidas o algo por el estilo. Recordaba la conferencia de Carlos. Quizá las ondas perdidas explicaran aquel fenómeno psíquico. No, no era del todo imposible. Patrick le había hablado, utilizando la ciencia moderna, para prevenirla de lo que no iba a tardar en llegar.

La señora Harter hizo sonar el timbre para llamar a su doncella, Isabel.

Isabel era una mujer alta y delgada, de unos sesenta años, que bajo su exterior adusto ocultaba una fuente de afecto y ternura hacia su ama.

—Isabel —dijo la señora Harter cuando hubo aparecido su fiel servidora—, ¿recuerdas lo que te dije? El primer cajón de la izquierda de mi escritorio. Está cerrado... con la llave grande que tiene la etiqueta blanca. Está todo preparado.

—¿Preparado, señora?

—Para mi entierro —gruñó la señora Harter—. Sabes perfectamente bien lo que quiero decir, Isabel. Tú misma me ayudaste a guardarlo todo allí.

Isabel empezó a hacer pucheros.

—¡Oh, señora! —sollozó—, no diga esas cosas. Yo creí que estaba mucho mejor.

—Todos tenemos que morirnos un día u otro —dijo la señora Harter con aire práctico—. Ya paso de los setenta, Isabel. Vamos, vamos, no te pongas así. Si has de llorar, vete a hacerlo a cualquier otro sitio.

Isabel se retiró todavía sollozando.

La señora Harter la miraba marchar con afecto.

—Es una pobre tonta, pero fiel —se dijo—, muy fiel. Veamos, ¿son cien libras, o sólo cincuenta las que le dejo en mi testamento? Tendrían que ser cien.

Aquello preocupó a la anciana, que a la mañana siguiente escribió a su abogado rogándole que le enviara su testamento para revisarlo. Y aquel mismo día Carlos la sobresaltó, por lo que dijo durante la comida.

—A propósito, tía Mary, ¿quién es ese extraño personaje del salón de estar? Me refiero a ese cuadro que hay sobre la chimenea. El del sombrero de copa y las patillas...

La señora Harter le miró severamente.

—Ése es tu tío Patrick, cuando era joven —le dijo.

—Oh, perdona, tía Mary, lo siento. No era mi intención parecerte grosero.

La señora Harter aceptó su disculpa con una digna inclinación de cabeza.

Carlos continuó indeciso:

—Sólo me preguntaba... ¿Sabes?

Se detuvo y la señora Harter le preguntó intrigada:

—Bueno, ¿qué es lo que ibas a decir?

—Nada —se apresuró a responder Carlos-—. Quiero decir nada que tenga sentido.

De momento la anciana no dijo más, pero a última hora del día, cuando quedaron solos, volvió sobre el mismo tema.

—Carlos, quisiera que me dijeras qué es lo que te hizo preguntar por el retrato de tu tío.

—Ya te lo dije, tía Mary. No fue más que una estúpida imaginación mía... completamente absurda.

—Carlos —dijo la señora Harter en su tono más autoritario—, insisto en saberlo.

—Bueno, querida tía, si de verdad quieres saberlo, creí verle... me refiero al hombre del cuadro... asomado a la ventana del extremo... anoche cuando caminaba por la avenida. Supongo que debió ser un efecto de luz. Me pregunté quién diablos podía ser... aquella cara tan... victoriana... ya sabes a qué me refiero. Y luego Isabel me dijo que no había ningún extraño ni ninguna visita en casa, y más tarde fui al saloncito, y allí estaba el retrato sobre la chimenea. ¡El hombre que yo había visto! Supongo que la explicación es bien sencilla. Un truco del subconsciente. Debí fijarme en el retrato antes sin darme cuenta, y luego creí verle en la ventana.

—¿En la del extremo? —preguntó la señora Harter.

—Sí, ¿por qué?

—Por nada —replicó la señora Harter.

Pero de todas formas estaba asustada. Aquella habitación había sido el despacho de su marido.

Aquella misma noche, estando Carlos también ausente, la señora Harter se dispuso a escuchar la radio con febril impaciencia. Si por tercera vez oía la voz misteriosa quedaría demostrado sin lugar a dudas que realmente estaba en comunicación con el otro mundo.

Aunque el corazón le latía muy de prisa, no se sorprendió al oír de nuevo la interrupción y tras el intervalo de silencio acostumbrado, la lejana voz de acento irlandés le habló una vez más.

«Mary... ahora ya estás preparada... El viernes iré a buscarte..., el viernes a las nueve y media... No tengas miedo..., no sufrirás... Estáte preparada...»

Y luego, casi interrumpiendo la última palabra, volvió a sonar la música de la orquesta potente y discordante.

La señora Harter permaneció inmóvil unos minutos, se había puesto muy pálida y tenía los labios azulados.

Al fin se puso en pie para dirigirse a su escritorio, y con mano temblorosa escribió las siguientes líneas:

Esta noche, a las nueve y cuarto, he oído claramente la voz de mi difunto esposo. Me anunció que vendría a buscarme el viernes a las nueve y media de la noche. Si muriera en ese día y a esa hora quisiera que esto se supiese para probar sin lugar a dudas que existe la posibilidad de comunicar con el mundo de los espíritus...

Mary Harter.

La anciana volvió a leer lo escrito, y luego de meterlo en un sobre, puso unas palabras en éste. Luego hizo sonar el timbre e Isabel acudió rápidamente. La señora Harter, levantándose del escritorio, entregó a su doncella la nota que acababa de escribir.

—Isabel —le dijo—, si yo muriera el viernes por la noche, entrega esta nota al doctor Meynell. No... —viendo que Isabel iba a protestar, agregó—: no me discutas. Muchas veces me has dicho que crees en los presentimientos. Pues bien, ahora yo tengo éste. Nada más. En mi testamento te he dejado cincuenta libras, pero quisiera que recibieras cien. Si no puedo ir yo misma al Banco, antes de morir, el señorito Carlos se encargará de arreglarlo.

Y como en la otra ocasión, la señora Harter cortó las lágrimas de Isabel. Y la anciana señora habló de esto con su sobrino a la mañana siguiente.

—Recuerda, Carlos, que si me ocurriera algo, Isabel tiene que recibir otras cincuenta libras.

—Estás muy pesimista estos días, tía Mary —le dijo Carlos en tono jovial—. ¿Qué es lo que puede ocurrirte? Según el doctor Meynell, celebraremos tus cien años dentro de veintitantos.

La señora Harter le sonrió afectuosamente, pero nada contestó. Al cabo de unos instantes le dijo:

—¿Qué piensas hacer el viernes por la noche, Carlos?

Carlos pareció un tanto sorprendido.

—A decir verdad, los Edwing me han invitado a jugar al bridge, pero si tú prefieres que me quede en casa...

—No —replicó la anciana con determinación—. Desde luego que no. De verdad, Carlos. Esta noche precisamente prefiero estar sola.

El joven la miró con extrañeza, pero la señora Harter no quiso darle más información. Era una anciana valerosa y resuelta y creía su deber afrontar aquella rara experiencia sin ayuda de nadie.

El viernes por la noche la casa estaba muy silenciosa y la señora Harter, sentada como de costumbre en su butaca de alto respaldo junto a la chimenea. Todo estaba preparado. Aquella mañana había ido al Banco para retirar cincuenta libras en billetes que entregó a Isabel a pesar de las protestas y lágrimas de la pobre mujer. Ordenó y clasificó todas sus pertenencias personales y puso etiquetas en algunas de sus joyas con los nombres de amigos y familiares. Había escrito también una lista de instrucciones para Carlos. El juego de té de Worcester sería para la prima Emma, el jarrón de Sévres para el joven Guillermo, etcétera.

Miró el sobre alargado que tenía en la mano y extrajo de su interior un documento doblado varias veces, Era su testamento, que había sido enviado por el señor Hopkinson según sus instrucciones. Ya lo había leído con sumo cuidado, mas ahora lo repasó una vez más para refrescar su memoria. Era un documento breve y conciso. Un legado de cincuenta libras a Isabel Marshall en consideración a sus fieles servicios; dos de quinientas para su hermano, y un primo hermano, y el resto para su querido sobrino Carlos Ridgeway.

La señora Harter inclinó varias veces la cabeza en señal de asentimiento. Carlos sería un hombre muy rico cuando ella muriera. Bueno, había sido siempre cariñoso con ella... amable... y alegre... sin dejar nunca de complacerla.

Miró el reloj. Faltaban tres minutos para la media. Bueno, estaba preparada. Y tranquila... muy tranquila. Aunque se repitió esta última palabra varias veces, su corazón latía desacompasadamente. Apenas se daba cuenta, pero estaba a punto de sobrepasar el límite de sus nervios.

Las nueve y media. La radio estaba conectada.

¿Qué es lo que oiría? ¿Una voz familiar dando el parte meteorológico, o aquella lejana, perteneciente a un hombre que había muerto veinticinco años atrás?

Pero no oyó ninguna de las dos. En vez de eso llegó hasta ella un sonido familiar que conocía muy bien, pero que aquella noche fue como si le pusieran una mano de hielo sobre el corazón... Una llamada en la puerta principal.

Volvió a repetirse, y luego una ráfaga helada pareció cruzar la habitación. La señora Harter no tenía la menor duda de cuáles eran sus sensaciones. Tenía miedo. Más que miedo... estaba aterrorizada...

Y de pronto tuvo este presentimiento:

«Veinticinco años son muchos. Ahora Patrick será un desconocido para mí.»

¡Y el terror la fue invadiendo!

Se oyeron pasos ante la puerta... y luego ésta se abrió silenciosamente.

La señora Harter se puso en pie tambaleándose ligeramente y sin apartar los ojos de la puerta. Algo resbaló de sus manos y cayó en el hogar.

Quiso lanzar un grito que se ahogó en su garganta. En la escasa luz de la entrada había aparecido una figura familiar con barba, patillas y un abrigo anticuado.

¡Patrick había ido a buscarla!

El corazón le dio un vuelco terrible y quedó inmóvil para siempre, mientras caía al suelo hecha un ovillo.

Y allí la encontró Isabel una hora más tarde.

Llamaron inmediatamente al doctor Maynell y Carlos Ridgeway regresó a toda prisa de su partida de bridge, pero nada pudo hacerse. La señora Harter estaba ya lejos de toda ayuda humana.

Isabel no recordó hasta dos días más tarde que no había entregado la nota que le diera su ama. El doctor Meynell la leyó con gran interés y luego se la enseñó a Carlos Ridgeway.

—Una coincidencia curiosa —dijo—. Parece que su tía había tenido ciertas alucinaciones creyendo oír la voz de su esposo. Debió sugestionarse hasta el punto en que la excitación le resultó fatal, y cuando llegó la hora, le sobrevino un colapso.

—¿Autosugestión —preguntó Carlos.

—Algo por el estilo. Le comunicaré el resultado de la autopsia lo más pronto posible, aunque no tengo la menor duda. Dadas las circunstancias es necesario practicar la autopsia, pero sólo por pura fórmula.

Carlos asintió comprensivamente.

La noche anterior, cuando todos dormían, había quitado cierto alambre que iba desde la parte posterior del aparato de radio a su dormitorio del piso superior. Y también, como la noche había sido fresca, pidió a Isabel que encendiera la chimenea de su habitación, y allí quemó una barba y unas patillas postizas; y ciertas ropas de la época victoriana y que pertenecieron a su difunto tío fueron guardadas de nuevo en el arcón con olor a alcanfor, que había en el ático.

Se encontraba completamente a cubierto. Su plan, que formó a partir del momento en que el doctor Meynell le dijo que su tía aún podría vivir muchos años teniendo el debido cuidado, había sido un éxito admirable. Un colapso repentino, había dicho el doctor Meynell. Y Carlos, aquel joven afectuoso, preferido por las ancianas, sonrió para sus adentros.

Cuando el médico se hubo marchado, Carlos fue realizando mecánicamente sus deberes. Había que disponer el entierro... avisar a los parientes que vivían lejos... proporcionarles el horario de trenes. Algunos tendrían que pernoctar allí... Y Carlos fue haciéndolo todo con eficacia y método, mientras se entregaba a sus propias meditaciones.

¡Qué mala racha en sus negocios! Eso era lo malo. Nadie, ni siquiera su difunta tía, había llegado a conocer la difícil situación de Carlos. Sus actividades, que ocultó celosamente a todo el mundo, le habían conducido hasta el borde del presidio.

No le esperaba otra cosa que el descrédito y la ruina si en unos pocos meses no tenía una fuerte cantidad de dinero. Bueno... ahora todo iría bien. Carlos sonrió satisfecho. Gracias a... sí, podía llamarla broma..., gracias a su broma, no hubo nada criminal en ella..., estaba salvado. Ahora era un hombre muy rico. No tenía la menor preocupación a este respecto, ya que la señora Harter no ocultó nunca sus intenciones.

Isabel vino a sacarle de sus pensamientos anunciándole que el señor Hopkinson estaba allí y deseaba verle.

Qué oportuno, pensó Carlos, y conteniendo su impulso de ponerse a silbar, procuró que su rostro adoptara una expresión grave y bajó a la biblioteca. Una vez allí se dispuso a saludar al anciano que por espacio de un cuarto de siglo había sido el consejero legal de la difunta señora Harter.

El abogado tomó asiento tras la invitación de Carlos, y carraspeando ligeramente pasó a tratar de negocios.

—No entiendo del todo la carta que me ha enviado usted, señor Ridgeway. Parece dar por hecho que el testamento de la señora Harter, que en paz descanse, obra en nuestro poder.

Carlos le miró extrañado.

—Pues claro... se lo oí decir a mi tía.

—¡Oh! Claro, claro. Es que, efectivamente, lo teníamos nosotros.

—¿Que lo tenían?

—Eso es lo que he dicho. La señora Harter nos escribió el martes pasado diciéndonos que se lo enviáramos.

Carlos sintió una vaga inquietud y al mismo tiempo el presentimiento de algo desagradable.

—Sin duda aparecerá entre sus papeles —continuó el abogado con acento tranquilizador.

Carlos nada dijo. No se atrevía a confiar en su lengua. Él ya había revisado todos los papeles de la señora Harter a conciencia y estaba seguro de que el testamento no se encontraba entre ellos. Y así lo dijo al cabo de unos instantes cuando se hubo recobrado lo suficiente. Su voz le sonaba extraña y sentía la sensación de que arrojaban agua fría por su espalda.

—¿Ha tocado alguien sus cosas? —preguntó el abogado.

Carlos contestó que Isabel, la doncella, y el señor Hopkinson pidió que la mandaran llamar. Acudió prontamente muy grave y erguida, dispuesta a contestar a todas las preguntas que le hicieran.

Había revisado todos los vestidos de su ama y efectos personales y estaba segura de que entre ellos no vio ningún documento legal semejante a un testamento. Sabía bien lo que era un testamento... su pobre ama lo tenía en la mano la misma mañana de su muerte.

—¿Está segura? —le preguntó el abogado.

—Sí, señor. Ella me lo dijo. Y me obligó a aceptar cincuenta libras en billetes. El testamento estaba dentro de un sobre azul alargado.

—Es cierto —replicó el señor Hopkinson.

—Ahora que lo pienso —continuó Isabel—, ese mismo sobre estaba esta mañana sobre la mesa... pero vacío. Lo dejé en el escritorio.

—Recuerdo haberlo visto allí —dijo Carlos.

Y levantándose fue hasta el escritorio, volviendo a los pocos minutos con un sobre en la mano, que entregó al abogado. Éste lo examinó asintiendo con la cabeza.

—En este sobre introduje el testamento el martes pasado.

Los dos hombres miraron fijamente a Isabel.

—¿Desean alguna cosa más? —preguntó respetuosamente.

—De momento, no, gracias.

Isabel fue hacia la puerta.

—Un momento —dijo el abogado—. ¿Estaba encendida la chimenea aquella noche?

—Sí, señor, siempre estaba encendida.

—Gracias, eso es todo.

Isabel salió de la habitación, y Carlos inclinóse hacia delante, apoyando su mano temblorosa en la mesa.

—¿Qué es lo que piensa? ¿A dónde quiere ir a parar?

El señor Hopkinson meneó la cabeza.

—Debemos esperar que todavía aparezca. De lo contrario...

—Bueno, ¿y si no aparece?

—Me temo que sólo habrá una conclusión posible. Que su tía pidió que se lo enviásemos para destruirlo, y no queriendo que Isabel perdiera por ello, le dio la parte que le dejaba en herencia, en efectivo.

—Pero, ¿por qué? —exclamó Carlos—. ¿Por qué?

El señor Hopkinson dejó oír una tosecilla seca.

—¿No tendría usted alguna... una... discusión con su tía, señor Ridgeway? —murmuró.

Carlos contuvo el aliento.

—Desde luego que no —exclamó con calor—. Estuvimos siempre en las mejores relaciones hasta el final.

—¡Ah! —dijo el abogado sin mirarle.

Carlos vio con sobresalto que no le creía. ¿Quién sabía lo que pudo haber llegado hasta los oídos del señor Hopkinson? Es posible que estuviera enterado de los rumores que circulaban acerca de las hazañas de Carlos. Y nada más natural que suponer que esos mismos rumores habían llegado a oídos de la señora Harter, y que tía y sobrino habrían tenido un altercado por tal motivo...

¡Pero no era así! Carlos conoció uno de los momentos más amargos de su carrera. Sus mentiras fueron creídas y ahora que decía la verdad no querían creerle. ¡Qué ironía!

¡Claro que su tía no había quemado el testamento! Por supuesto que...

Sus pensamientos sufrieron un brusco sobresalto. ¿Qué imagen se presentaba ante sus ojos? Una anciana llevándose la mano al corazón... mientras algo... un papel... caía sobre las brasas rojas...

Carlos se puso lívido y oyó una voz ronca... la suya... que preguntaba:

—¿Y si por alguna causa ese testamento no llegara a encontrarse nunca?

—Existe un testamento de la señora Harter anterior, fechado en septiembre de mil novecientos veinte, y en él deja todos sus bienes a su sobrina, Miriam Harter, ahora Miriam Robinson.

¿Qué es lo que estaba diciendo aquel loco? ¿Miriam? Miriam, con aquel marido indescriptible y sus cuatro hijos tan revoltosos. ¡Toda su astucia, para Miriam!

El teléfono sonó junto a su brazo y al cogerlo oyó la voz del médico, cálida y amable.

—¿Es usted, Ridgeway? Pensé que le agradaría saberlo. Hemos concluido la autopsia. La causa de la muerte fue lo que yo supuse, pero a decir verdad la afección cardíaca era mucho más seria de lo que yo sospechaba cuando su tía vivía. Con todos los cuidados del mundo no hubiera vivido más de dos meses a lo sumo. Creí que le agradaría saberlo. Esto tal vez le sirva de consuelo en cierto modo.

—Perdone —dijo Carlos—, ¿le importaría repetirlo?

—No hubiera vivido más de dos meses —dijo el doctor en tono más alto—. Ya sabe, querido amigo, que las cosas suceden siempre para bien...

Pero Carlos cortó la comunicación, y percibió la voz del abogado como si le llegara de muy lejos.

¡Malditos todos! El abogado de cara relamida, y aquel venenoso estúpido de Meynell. Ya no le quedaba otra esperanza... que la cárcel.

Comprendió que alguien había estado jugando con él... jugando como el gato con el ratón y que ahora se estaría riendo...



FIN

VECINOS



Vecinos

Antón Chéjov


Piotr Mijáilich Ivashin estaba de muy mal humor: su hermana, una muchacha soltera, se había fugado con Vlásich, que era un hombre casado. Tratando de ahuyentar la profunda depresión que se había apoderado de él y que no le dejaba ni en casa ni en el campo, llamó en su ayuda al sentimiento de justicia, sus honoradas convicciones (¡porque siempre había sido partidario de la libertad en el campo!), pero esto no le sirvió de nada, y cada vez, contra su voluntad, llegaba a la misma conclusión: que la estúpida niñera, es decir, que su hermana había obrado mal y que Vlásich la había raptado. Y esto era horroroso.

La madre no salía de su habitación, la niñera hablaba a media voz y no cesaba de suspirar, la tía manifestaba constantes deseos de irse, y sus maletas ya las sacaban a la antesala, ya las retiraban de nuevo a su cuarto. Dentro de la casa, en el patio y en el jardín reinaba un silencio tal, que parecía que hubiese un difunto. La tía, la servidumbre y hasta los mujiks, según parecía a Piort Mijáilich, le miraban con expresión enigmática y perpleja, como si quisiesen decir: «Han seducido a tu hermana, ¿por qué te quedas con los brazos cruzados?» También él se reprochaba su inactividad, aunque no sabía qué era, en realidad, lo que debía hacer.

Así pasaron seis días. El séptimo -un domingo, después de la comida- un hombre a caballo trajo una carta. La dirección - «A su Excel. Anna Nikoláievna Iváshina» - estaba escrita con unos familiares caracteres femeninos. Piotr Mijáilich creyó ver en el sobre, en los caracteres y en la palabra escrita a medias, «Excel.», algo provocativo, liberal. Y el liberalismo de la mujer es terco, implacable, cruel...

«Preferirá la muerte antes de hacer una concesión a su desgraciada madre, antes de pedirle perdón», pensó Piotr Mijáilich cuando iba en busca de su madre con la carta en la mano.

Aquélla estaba en la cama, pero vestida. Al ver al hijo, se incorporó impulsivamente y, arreglándose los cabellos grises que se le habían salido de la cofia, preguntó con frase rápida:

-¿Qué hay? ¿Qué hay?

-Ha mandado... -dijo el hijo, entregándole la carta.

El nombre de Zina y hasta el pronombre «ella» no se pronunciaban en la casa. De Zina se hablaba de manera impersonal: «ha mandado», «se ha ido»... La madre reconoció la escritura de la hija, y su cara, desencajada, se hizo desagradable. Los cabellos grises se escaparon de nuevo de la cofia.

-¡No! -dijo, apartando las manos como si la carta le hubiese quemado los dedos-. ¡No, no, jamás! ¡Por nada del mundo!

La madre rompió en sollozos histéricos producidos por el dolor y el bochorno; parecía sentir deseos de leer la carta, pero el orgullo se lo impedía. Piotr Mijáilich se daba cuenta de que debía él mismo abrirla y leerla en voz alta, pero de pronto se sintió dominado por una cólera como nunca había conocido. Corrió al patio y gritó al hombre que había traído la misiva:

-¡Di que no habrá contestación! ¡No habrá contestación! ¡Dilo así, animal!

Y a renglón seguido hizo pedazos la carta. Luego las lágrimas afluyeron a sus ojos y, sintiéndose cruel, culpable y desdichado, se fue al campo.

Sólo tenía veintisiete años, pero ya estaba gordo, vestía como los viejos, con trajes muy holgados, y padecía disnea. Poseía ya todas las inclinaciones del terrateniente solterón. No se enamoraba, no pensaba en casarse y únicamente quería a su madre, a su hermana, a la niñera y al jardinero Vasílich. Le gustaba comer bien, dormir la siesta y hablar de política y de materias elevadas... Había terminado en tiempos los estudios en la Universidad, pero ahora miraba esto como si hubiese sido una carga inevitable para los jóvenes de los dieciocho a los veinticinco años. Al menos, las ideas que ahora rondaban cada día por su cabeza no tenían nada de común con la Universidad ni con lo que en ésta había estudiado.

En el campo hacía calor y todo estaba en calma, como anunciando lluvia. El bosque exhalaba un ligero vapor y un olor penetrante a pino y a hojas descompuestas. Piotr Mijáilich se detenía a menudo para limpiarse el sudor de la frente. Revisó sus trigales de otoño y primavera, recorrió el campo de alfalfa y un par de veces, en un claro del bosque, espantó a una perdiz con sus perdigones. Y a todo esto no cesaba de pensar que tan insoportable situación no podía prolongarse eternamente y que deberían ponerle fin de un modo u otro. Como fuera, de un modo estúpido, absurdo, pero había que ponerle fin.

«¿Pero cómo? ¿ Qué hacer?», se preguntaba, mirando al cielo y a los árboles como si implorase su ayuda.

Mas el cielo y los árboles guardaban silencio. Las convicciones honestas no le servían para nada y el sentido común le decía que el lacerante problema sólo podía tener una solución estúpida y que la escena con el hombre que había traído la carta no sería la última de este género. Le daba miedo pensar lo que aún podía ocurrir.

Dio la vuelta hacia casa cuando ya se ponía el sol. Ahora le parecía que el problema no podía tener solución alguna. Era imposible aceptar el hecho consumado, pero tampoco se podía no aceptarlo, y no existía una solución media. Cuando, con el sombrero en la mano y haciéndose aire con el pañuelo, marchaba por el camino y hasta casa le quedaban un par de verstas, a sus espaldas oyó un campanilleo. Se trataba de un conjunto muy agradable de campanillas y cascabeles que producían un tintineo como de cristales. Sólo podía ser Medovski, el jefe de la policía del distrito, antiguo oficial de húsares que había derrochado sus bienes y su salud, un hombre enfermizo, pariente lejano de Piotr Mijáilich. Tenía gran confianza con los Ivashin y sentía por Zina gran admiración y cariño paternal.

-Voy a su casa -dijo al llegar a la altura de Piotr Mijáilich-. Suba, le llevaré.

Sonreía jovialmente; estaba claro que no sabía lo de Zina. Acaso se lo hubiesen dicho y él no lo había creído. Piotr Mijáilich se sintió en una situación violenta.

-Lo celebro -balbuceó, enrojeciendo, hasta el punto que se le saltaron las lágrimas, y no sabiendo qué mentira decir- Me alegro mucho -prosiguió, tratando de sonreír-, pero... Zina se ha ido y mamá está enferma.

-¡Qué lástima! -dijo el jefe de policía, mirando pensativamente a Piotr Mijáílich-. Y yo que pensaba pasar con ustedes la velada... ¿Adónde ha ido Zinaída Mijáilovna?

-A casa de los Sinitski; de allí parece que quería ir al monasterio. No lo sé a ciencia cierta.

El jefe de policía dijo algo más y dio la vuelta. Piotr Mijáilich siguió hacia su casa pensando horrorizado en lo que el jefe de policía sentiría cuando supiese la verdad. Se lo imaginaba, y bajo esta impresión entró en la casa.

«Ayúdame, Señor, ayúdame... », pensaba.

En el comedor, tomando el té, estaba sólo la tía. Como de ordinario, su cara tenía la expresión de quien, aunque débil e indefensa, no permite que nadie la ofenda. Piotr Mijáilich se sentó al otro lado de la mesa (no sentía gran afecto por la tía) y, en silencio, se puso a tomar el té.

-Tu madre tampoco ha comido hoy -dijo la tía- Tú, Petrusha, deberías prestar atención. Dejarse morir de hambre no aliviará nuestra desgracia.

A Piotr Mijáilich le pareció absurdo que la tía se mezclase en asuntos que no eran de su incumbencia e hiciese depender su marcha del hecho de que Zina se había ido. Sintió deseos de decirle una insolencia, pero se contuvo. Y al contenerse advirtió que había llegado el momento oportuno para obrar, que era incapaz de sufrir por más tiempo. O hacer algo ahora mismo, o caer al suelo gritando y dándose de cabezadas. Se imaginó que Vlásich y Zina, ambos liberales y satisfechos de sí mismos, se besaban bajo un arce, y todo el peso y el rencor que durante los siete días se habían acumulado en él se volcaron sobre Vlásich.

«Uno ha seducido y raptado a mi hermana -pensó-, otro vendrá y degollará a mi madre, un tercero nos robará o incendiará la casa... Y todo esto bajo la máscara de la amistad, de las ideas elevadas y los sufrimientos.»

-¡No, no será así! -gritó de pronto, y descargó un puñetazo sobre la mesa.

Se puso en pie de un salto y salió con paso rápido del comedor. En la cuadra estaba ensillado el caballo del administrador. Montó en él y salió al galope en busca de Vlásich.

En su alma se había desencadenado una verdadera tormenta. Sentía la necesidad de hacer algo que se saliese de lo común, tremendo, aunque luego tuviera que arrepentirse durante la vida entera. ¿Llamar a Vlásich miserable, darle un bofetón y luego desafiarlo? Pero Vlásich no era de los que se baten en duelo; y, al sentirse tachado de miserable y recibir el bofetón, lo único que haría sería sentirse más desgraciado y recluirse más en sí mismo. Estas personas desgraciadas y sumisas son los seres más insoportables, los más difíciles de tratar. Todo en ellos queda impune. Cuando el hombre desgraciado, en respuesta a un merecido reproche, mira con ojos en que se refleja la conciencia de su culpa, sonríe dolorosamente y acerca dócilmente la cabeza, parece que la justicia misma es incapaz de levantar la mano contra él.

«Es lo mismo. Le sacudiré un fustazo ante ella y le diré unas cuantas groserías», decidió Piotr Mijáilich.

Cabalgaba por su bosque y sus tierras baldías y se imaginaba el modo como Zina, justificando su acción, hablaría de los derechos de la mujer, de la libertad personal y de que era absolutamente igual casarse por la Iglesia o por lo civil. Discutiría, como mujer que era, de cosas que no comprendía. Y probablemente acabaría por preguntarle: «¿Qué tienes tú que ver en todo esto? ¿Qué derecho tienes a inmiscuirte?»

-Sí, no tengo ningún derecho -gruñía Piotr Mijáilich- Pero tanto mejor... Cuanto más grosero resulte, cuanto menos derecho tenga, tanto mejor.

Hacía un calor sofocante. Nubes de mosquitos volaban muy bajo, a ras del suelo, y en los baldíos lloraban lastimeramente las averías. Piotr Mijáilich cruzó sus lindes y siguió al galope por un campo completamente liso. Había recorrido muchas veces este camino y conocía cada matorral, hasta la última zanja. Aquello que a lo lejos, entre dos luces, parecía una roca oscura, era una iglesia roja; se la podía imaginar hasta el último detalle, incluso el enlucido del portal y los terneros que siempre pacían en su recinto. A la derecha, a una versta de la iglesia, negreaba la arboleda del conde Koltóvich. Y tras la arboleda empezaban las tierras de Vlásich.

Por detrás de la iglesia y de la arboleda del conde avanzaba un enorme nubarrón, que de vez en cuando quedaba iluminado por unos pálidos relámpagos.

«¡Ahí está! -pensó Piotr Mijáilich-. ¡Ayúdame, Señor!»

El caballo no tardó en dar muestras de cansancio, y el propio Piotr Mijáilich se sentía fatigado. El nubarrón le miraba con enfado, como aconsejándole que volviese a casa. Sintió cierto miedo.

«¡Les demostraré que no tienen razón! -trató de infundirse ánimos- Dirán que eso es el amor libre, la libertad personal; pero la libertad está en la abstención, y no en la subordinación a las pasiones. ¡Lo suyo es depravación, y no libertad!»

Llegó al gran estanque del conde. El reflejo de la nube daba a aquél un aspecto plomizo y sombrío, y de él salía una intensa humedad. Junto al dique, dos sauces, uno viejo y otro joven, se inclinaban para buscarse cariñosamente. Por este mismo lugar, dos semanas antes, Piotr Mijáilich y Vlásich habían pasado a pie, cantando a media voz una canción estudiantil: «No amar es destruir la vida joven... » ¡Miserable canción!

Cuando Piotr Mijáilich cruzó la arboleda, retumbó el trueno y los árboles zumbaron, inclinándose por la fuerza del viento. Debía darse prisa. Desde la arboleda hasta la hacienda de Vlásich tenía que cruzar aún la pradera, algo así como una versta. A ambos lados del camino se alineaban los vicios abedules, de aspecto tan triste y desgraciado como Vlásich, su dueño; lo mismo que él, eran delgados y habían crecido desmesuradamente. En las hojas de los abedules y en la hierba repiquetearon grandes gotas; el viento se calmó al instante y se extendió un olor a tierra mojada y a álamo. Apareció la cerca de Vlásich, con su acacia amarilla, que también era delgada y había crecido más de la cuenta. En un lugar donde la cerca se había venido abajo, se veía un abandonado huerto de árboles frutales.

Piorr Mijáilich no pensaba ya ni en el bofetón ni en el fustazo. No sabía lo que haría en casa de Vlásich. Se acobardó. Le daba miedo pensar en su hermana y en él mismo, se horrorizaba ante la perspectiva de que ahora iba a verla. ¿Cómo se comportaría ella con el hermano? ¿De qué hablarían? ¿No era preferible dar la vuelta antes de que fuese tarde? Pensando así, galopó hacia la casa por la avenida de tilos, dejó atrás los grandes macizos de lilas y, de pronto, vio a Vlásich.

Este, descubierto, con una camisa de percal y botas altas, inclinado bajo la lluvia, iba de la esquina de la casa al portal. Le seguía un obrero con un martillo y cajón de clavos. Seguramente había reparado las maderas de las ventanas, batidas por el viento. Al ver a Piotr Mijáilich, Vlásich se detuvo.

- ¿Eres tú? - preguntó sonriendo -. Excelente.

-Sí; como ves, he venido... -dijo Piotr Mijáilich con voz suave, sacudiéndose la lluvia con ambas manos.

-Perfectamente, me alegro mucho - añadió Vlásich, pero sin darle la mano; evidentemente, no se decidía a hacerlo y esperaba que se la tendieran-. ¡Esta lluvia vendrá muy bien para la avena! - añadió, mirando al cielo.

-Sí.

Entraron en la casa en silencio. A la derecha del recibidor había una puerta que conducía a la antesala y luego a la sala; a la izquierda había una pequeña pieza que en invierno ocupaba el administrador. Piotr Mijáilich y Vlásich entraron en esta última.



-¿Dónde te ha sorprendido la lluvia? -preguntó Vlásich.

-Cerca. Cuando llegaba a la casa.

Piotr Mijáilich se sentó en la cama. Le agradaba que la lluvia hiciese ruido y que la habitación estuviese oscura. Era preferible: así sentía menos miedo y no hacía falta mirar a su interlocutor a la cara. Su cólera había desaparecido; lo que ahora sentía era miedo e irritación consigo mismo. Se daba cuenta de que había empezado mal y de que de esta iniciativa suya no resultaría nada práctico.

Durante cierto tiempo ambos permanecieron silenciosos, haciendo ver que prestaban atención a la lluvia.

-Gracias, Petrusha -empezó Vlásich, carraspeando- Te agradezco mucho que hayas venido. Es una acción generosa y noble. La comprendo y, créeme, la estimo mucho. Puedes creerme.

Miró a la ventana y prosiguió, de pie en el centro de la habitación:

-Todo esto se ha producido en secreto, como si nos ocultásemos de ti. La conciencia de que tú podías sentirte ofendido y estuvieses enfadado con nosotros ha sido durante estos días una mancha en nuestra felicidad. Pero permítenos que nos justifiquemos. Si guardamos el secreto, no fue porque no tuviéramos confianza en ti. En primer lugar, todo se produjo inesperadamente, como por una inspiración, y no había tiempo para entrar en razonamientos. En segundo, se trataba de un asunto íntimo, delicado... Resultaba violento hacer intervenir a una tercera persona, aunque fuese tan allegada como tú. Lo principal de todo es que confiábamos mucho en tu generosidad. Eres un hombre muy generoso y noble. Te estoy infinitamente agradecido. Si en alguna ocasión necesitas mi vida, ven y tómala.

Vlásich hablaba con voz suave y sorda, monótona, como un zumbido; estaba visiblemente agitado. Piotr Mijáilich sintió que le había llegado la vez de hablar y que escuchar y callar habría significado, en efecto, hacerse pasar por un tipo generoso y noble en su inocencia. Y no había acudido con estas intenciones. Se puso rápidamente en pie y dijo a media voz, jadeante:

-Escucha, Grigori: sabes que te quería y que no hubiese podido desear mejor marido para mi hermana. Pero lo que ha ocurrido es horroroso. ¡Da miedo pensarlo!

-¿Por qué? -preguntó Vlásich, con voz temblorosa-. Daría miedo si nosotros hubiésemos procedido mal, pero no es así.

-Escucha, Grigori: sabes que yo no tengo prejuicios. Pero, perdóname la franqueza, a mi modo de ver los dos habéis procedido con egoísmo. Claro que no se lo diré a Zina, esto la afligiría, pero tú debes saberlo; nuestra madre sufre hasta tal punto, que es difícil explicarlo.

-Sí, eso es muy lamentable -suspiró Vlásich -. Nosotros lo habíamos previsto, Petrusha, pero ¿qué podíamos hacer? Si lo que uno hace desagrada a otro, eso no significa que la acción sea mala. Así son las cosas. Cualquier paso serio de uno debe desagradar forzosamente a algún otro. Si tú fueses a combatir por la libertad, esto también haría sufrir a tu madre. ¡Qué le vamos a hacer! Quien coloca por encima de todo la tranquilidad de sus allegados debe renunciar por completo a una vida guiada por las ideas.

Un relámpago resplandeció vivamente y su brillo pareció cambiar el curso de los pensamientos de Vlásich. Se sentó junto a Piotr Mijáilich y empezó a decir cosas que no venían para nada a cuento.

-Yo, Petrusha, adoro a tu hermana - dijo-. Siempre que iba a tu casa me parecía ir en peregrinación, a elevar mis oraciones a Dios, cuando lo cierto es que mis oraciones se dirigían a Zina. Ahora mi adoración crece por días. ¡Para mí está más alta que si fuese mi esposa! ¡Mucho más! - Vlásich agitó ambos brazos -. Es mi santuario. Desde que vive aquí, entro en mi casa como si fuera un templo. ¡Es una mujer excepcional, extraordinaria, nobilísima!

«¡Vaya, ya ha empezado su canción!», pensó Piotr Mijáilich. Pero la palabra «mujer» no le había agradado.

-¿Por qué no os casáis como es debido? -preguntó-. ¿Cuánto pide tu mujer por concederte el divorcio?

-Setenta y cinco mil.

-Parece mucho. ¿Y si tratas de sacarlo por algo menos?

-No rebajará ni un kópek. ¡Es una mujer terrible, hermano! - dijo Vlásich, con un suspiro-. Antes no te había hablado nunca de ella, pues me desagradaba recordarlo, pero las cosas se han desarrollado así, y te hablaré ahora. Me casé movido por un noble sentimiento pasajero, honradamente. En nuestro regimiento, si quieres saber los detalles, había un jefe de batallón que se enredó con una señorita de dieciocho años; es decir, hablando simplemente, la sedujo, vivió con ella dos meses y la abandonó. Ella quedó en la situación más espantosa. Le daba vergüenza volver a casa de los padres, además de que no le aceptarían, y el amante la había dejado: como para ir a los cuarteles y venderse. Los oficiales estaban indignados. Tampoco ellos eran unos santos pero la infamia era demasiado evidente. Para colmo, en el regimiento nadie podía aguantar a aquel jefe de batallón. Para hacerle ver que era un cerdo, ¿comprendes?, los tenientes y capitanes empezaron a reunir dinero para la desgraciada muchacha. Y entonces, cuando los oficiales de graduación inferior nos habíamos juntado y uno daba cinco rublos y otro diez, a mí se me subió la sangre a la cabeza. La situación me pareció muy apropiada para realizar una auténtica proeza. Acudí a ella y le manifesté con fogosas expresiones mi simpatía. Y cuando iba a verla y, luego, cuando le hablaba, la amaba calurosamente, viendo en ella a una mujer humillada y ofendida. Sí... resultó que al cabo de una semana pedía su mano. Los jefes y compañeros encontraron que este matrimonio era incompatible con la dignidad de un oficial. Esto fue como si echaran aceite al fuego. Yo, ¿comprendes?, escribí una larga carta en la que afirmaba que mi acción debía ser escrita en la historia del regimiento con letras de oro, etc. La mandé al jefe y envié copias de ella a los compañeros. Estaba exaltado, se entiende, y hubo palabras fuertes. Me pidieron que dejara el regimiento. Por ahí tengo guardado el borrador (te lo daré para que lo leas). La carta estaba escrita con mucha emoción. Podrás ver los honestos y sinceros sentimientos que entonces me movían. Solicité la baja y vine aquí con mi mujer. Mi padre había dejado algunas deudas, y carecía de dinero, y ella, desde el primer día, hizo muchas amistades, empezó a presumir y a jugar a las cartas, y tuve que hipotecar la hacienda. Se conducía muy mal, y eres tú, entre todos mis vecinos, el único que no ha sido su amante. Al cabo de dos años, para que me dejase, le di todo cuanto entonces tenía, y se fue a la ciudad. Sí... Y ahora le paso dos mil rublos al año. ¡Es una mujer horrible! Es una mosca que pone su larva en la espalda de la araña de tal modo, que ésta no se la puede sacudir; la larva se agarra a la araña y le chupa la sangre del corazón. Lo mismo hace esta mujer: se ha agarrado a mí y me chupa la sangre. Me odia y me desprecia porque hice la estupidez de casarme con ella. Mi generosidad le parece algo miserable. «Un hombre inteligente», dice, «me abandonó, y me recogió un estúpido.» Piensa que sólo un desgraciado idiota pudo proceder como yo. Y a mí, hermano, esto me produce una amargura intolerable. Entre paréntesis, te diré que el destino me oprime. Me oprime ferozmente.

Piotr Mijáilich escuchaba a Vlásich y se preguntaba, perplejo: «¿Cómo ha podido agradar tanto a Zina? No es joven, tiene ya cuarenta y un años, es flaco, estrecho de pecho, de nariz larga y con alguna cana en la barba. Cuando habla, parece que zumba; su sonrisa es enfermiza y mueve las manos de una manera desagradable. No puede presumir de salud ni de hermosas maneras varoniles, carece de espíritu mundano y alegría, y así, a juzgar por las apariencias, es algo turbio e indefinido. Se viste sin gusto, su casa es triste y no admite la poesía ni la pintura, porque «no responden a las demandas del día»; es decir, porque no las comprende; y no le conmueve la música. Es mal administrador. Su hacienda está en el abandono más completo y la tiene hipotecada; por la segunda hipoteca paga el doce por ciento y, además, ha firmado pagarés por valor de diez mil rublos. Cuando llega el momento de entregar los intereses o de mandar dinero a su mujer, pide a todos prestado con una expresión que parece que se le estuviera quemando la casa, y al mismo tiempo, sin pararse a pensarlo, vende todas sus reservas de leña para el invierno por cinco rublos, y la paja por tres, y luego hace que para encender sus estufas utilicen la cerca del huerto o los viejos marcos del invernadero. Los cerdos estropean su pradera y el ganado de los mujiks se come en el bosque los árboles jóvenes, mientras que los vicios van desapareciendo cada invierno. En el huerto y el jardín están tiradas las colmenas, y allí abandonan los cubos viejos. Carece de facultades para nada, y ni siquiera posee la virtud común y corriente de vivir como la gente vive. En los asuntos prácticos, es ingenuo y débil, se le puede engañar sin dificultad alguna, y por algo los mujiks le tachan de «simple».

»Es liberal y en el distrito lo tienen por rojo, pero esto resulta en él algo aburrido. En su libre pensamiento no hay originalidad y énfasis; se indigna, se irrita y se alegra siempre en el mismo tono, como con desgana, sin producir efecto. Ni siquiera en los momentos de gran exaltación levanta la cabeza, y siempre permanece encorvado. Pero lo más aburrido de todo es que hasta sus ideas buenas y honestas se las ingenia para expresarlas de tal modo, que parecen triviales y atrasadas. Uno piensa que está tratando de algo viejo, que leyó hace mucho, cuando, con palabra lenta, como si dijera algo muy profundo, empieza a hablar de sus minutos lúcidos y honestos, de años mejores, o cuando se entusiasma con la juventud que siempre marchó a la cabeza de la sociedad, o cuando censura a los rusos porque durante treinta años se ponen una misma bata y olvidan adquirir su alma mater. Cuando me quedo a dormir en su casa, pone en la mesilla de noche a Písarev o a Darwin. Y, si le digo que ya los he leído, sale y trae a Dobroliúbov.»

En el distrito calificaban esto de librepensamiento, que muchos miraban como una extravagancia ingenua e inocente; sin embargo, a él le hacía profundamente desgraciado. Era para él la larva de que antes hablaba: se le había agarrado con toda fuerza y le chupaba la sangre del corazón. En el pasado, el extraño matrimonio al gusto de Dostoievski, las largas cartas y las copias escritas con una letra ilegible, pero con un profundo sentimiento; los eternos equívocos, explicaciones y desilusiones; y luego las deudas, la segunda hipoteca, el dinero que pasaba a su mujer, las nuevas deudas que contraía todos los meses... y todo esto sin provecho para nadie, ni para él ni para los demás. Y ahora, lo mismo que antes, no cesa de sentir prisas, quiere realizar una proeza y se mete en asuntos que no le incumben; lo mismo que antes, en cuanto se presenta la ocasión, escribe largas cartas con sus copias, mantiene fatigosas y triviales conversaciones sobre la comunidad campesina o la necesidad de poner en pie las industrias artesanas, o sobre la construcción de una fábrica de quesos: conversaciones muy semejantes unas a otras, hasta el punto que parecen salir no de un cerebro vivo, sino de una máquina. Y, por fin, este escándalo de Zína, que no se sabe cómo terminará.



Y entre tanto Zina es joven -sólo tiene veintidós años.-, es bonita, elegante y jovial; le gusta reír y charlar, es muy aficionada a las discusiones y siente pasión por la música; muestra buen gusto en la elección de vestidos, libros y muebles, y en su casa no habría sufrido una habitación como ésta, en la que se huela a botas y a vodka barato. Es también liberal, pero en su librepensamiento se dejan sentir una superabundancia de energías, la vanidad de una muchacha joven, fuerte y atrevida, la apasionada sed de ser mejor y más original que el resto... ¿Cómo pudo enamorarse de Vlásich?

«El es un Quijote, un fanático terco, un maníaco - pensaba Piotr Mijáilich-; y ella es tan blanda, tan débil de carácter y acomodaticia, como yo... Los dos nos rendimos pronto y sin resistencia. Se enamoró de él; aunque yo mismo le profeso cariño, a pesar de todo... »

Piotr Mijáilich tenía a Vlásich por un hombre bueno y honesto, aunque de miras estrechas. En sus emociones y sufrimientos, y en toda su vida, no veía altos fines, próximos o remotos; veía únicamente el tedio y la incapacidad de vivir. Su sacrificio y todo lo que Vlásich denominaba proeza o impulso honrado, le parecía un derroche inútil de energía, innecesarios disparos sin bala en los que se quemaba mucha pólvora. La circunstancia de que Vlásich estuviera fanáticamente seguro de la extraordinaria honradez e infalibilidad de su manera de pensar, le parecía ingenua y hasta morbosa. En cuanto al hecho de que se las hubiera ingeniado toda su vida para confundir lo mezquino con lo sublime, que se hubiera casado estúpidamente y lo considerase una proeza, y que luego hubiera buscado a otras mujeres, viendo en ello el triunfo de una idea, todo esto resultaba sencillamente incomprensible.

A pesar de todo, Piotr Mijáilich sentía afecto por Vlásich, advertía en él la presencia de cierta fuerza, y por eso nunca era capaz de llevarle la contraria.

Vlásich se había sentado junto a él para charlar bajo el rumor de la lluvia, en la oscuridad, y ya carraspeaba dispuesto a contar algo largo, por el estilo de la historia de su boda. Pero Piotr Mijáilich no hubiera podido escucharlo. Le abrumaba la idea de que dentro de unos minutos iba a ver a su hermana.

-Sí, no has tenido suerte en la vida -dijo suavemente-. Pero, perdóname, nos hemos apartado de lo principal. No era de eso de lo que teníamos que hablar.

-Sí, sí, tienes razón. Volvamos a lo principal - asintió Vlásich, y se puso en pie-. Escucha lo que te digo, Petrusha: nuestra conciencia está limpia. No nos ha casado un sacerdote, pero nuestro matrimonio es perfectamente legítimo. No voy a demostrarlo ni tú tienes por qué oírlo. Tu pensamiento es tan libre como el mío y, a Dios gracias, entre nosotros no puede haber discrepancia en este punto. En cuanto a nuestro futuro, no te debe asustar. Trabajaré hasta sudar sangre, sin dormir por las noches; en una palabra, haré cuanto pueda para que Zina sea feliz. Su vida será hermosa. ¿Que si seré capaz de hacerlo? ¡Sí lo seré, hermano! Cuando uno piensa sin cesar en una misma cosa, no le es difícil conseguir lo que quiere. Pero vayamos a ver a Zina. Hay que darle esta alegría.

A Piotr Mijáilich le dio un vuelco el corazón. Se levantó y siguió a Vlásich a la antesala y de allí a la sala. En esta pieza, enorme y sombría, no había más que un piano y una larga fila de viejas sillas, con incrustaciones de bronce, en las que nadie se sentaba nunca. Sobre el piano ardía una vela. De la sala pasaron en silencio al comedor, otra habitación amplia y poco confortable en el centro de la cual había una mesa redonda plegable, de seis gruesas patas, sobre la cual lucía también una única vela. El reloj, de caja roja parecida a la urna de un icono, marcaba las dos y media.

Vlásich abrió la puerta del cuarto vecino y dijo:

-¡Zínochka, ha venido Petrusha!

Se oyeron pasos precipitados y en el comedor entró Zina, alta, un tanto gruesa y muy pálida, tal como Piotr Mijáilich la había visto la última vez en casa: vestida con falda negra, blusa roja y un cinturón de gran hebilla. Atrajo hacia sí a su hermano con un abrazo y le dio un beso en la sien.

- ¡Qué tormenta! - dijo -. Grigori había salido y me he quedado sola en toda la casa.

No daba muestras de turbación y miraba a su hermano con ojos sinceros y diáfanos, como en casa. Al verla, Piotr Mijáilich dejó de sentirse turbado.

-Pero tú no tienes miedo a las tormentas - dijo, sentándose junto a la mesa.

-Sí, pero aquí las habitaciones son enormes, el edificio es viejo y, en cuanto suena un trueno, todo él se estremece como un armario con vajilla. Por lo demás, es muy agradable - siguió, sentándose frente a su hermano- Aquí todas las habitaciones guardan un recuerdo agradable. En la mía, lo que son las cosas, se pegó un tiro el abuelo de Grigori.

-En agosto tendré dinero y arreglaré el pabellón del jardín -dijo Vlásich.

-No sé por qué, cuando hay tormenta recuerdo al abuelo -prosiguió Zina-. Y en este comedor mataron a un hombre.

-Es cierto -confirmó Vlásich, y miró con los ojos muy abiertos a Piotr Mijáilich-. En los años cuarenta tenía arrendada esta hacienda un francés llamado Olivier. El retrato de su hija está aún en la buhardilla. Este Olivier, según contaba mi padre, despreciaba a los rusos por su ignorancia y se burlaba de ellos terriblemente. Así, exigía que el sacerdote, al pasar junto a la finca, se descubriera media versta antes de la casa, y cuando cruzaba con su familia por la aldea quería que hiciesen repicar las campanas. Con los siervos y la gente menuda, se entiende, gastaba aún menos ceremonias. En cierta ocasión pasó por aquí uno de los hijos más nobles de la Rusia vagabunda, algo parecido al estudiante Jorná Brut de Gógol. Pidió que le dejasen pasar la noche, agradó a los empleados y le permitieron quedarse en la oficina. Existen varias versiones. Unos dicen que el estudiante sublevó a los campesinos; otros, que la hija de Olivier se enamoró de él. No lo sé a ciencia cierta, pero lo que es seguro es que un buen día Olivier le hizo comparecer aquí, lo sometió a interrogatorio y luego ordenó que le diesen una paliza. ¿Te das cuenta? Mientras él permanecía sentado tras esta mesa, bebiendo como si tal cosa, los criados pegaban al estudiante. Hay que suponer que lo martirizaron. A la mañana siguiente el estudiante murió e hicieron desaparecer el cadáver. Se dice que lo tiraron al estanque de Koltóvich. Empezaron las investigaciones, pero el francés pagó varios miles de rublos a quien correspondía y se fue a Alsacia. Como a propósito, el plazo del arriendo se extinguía, y ahí terminó todo.

-¡Qué canallas! - exclamó Zina, estremeciéndose.

-Mi padre recordaba muy bien a Olivier y a su hija. Decía que era muy hermosa y excéntrica. Yo creo que el estudiante hizo lo uno y lo otro: sublevó a los campesinos y sedujo a la hija. Puede que ni siquiera se tratase de un estudiante, sino de una persona que se había presentado de incógnito.

Zínochka quedó pensativa: la historia del estudiante y la bella francesa parecía haber transportado su imaginación muy lejos. Piotr Mijáilich concluyó que, exteriormente, no había cambiado en absoluto en la última semana; la notaba, eso sí, un poco más pálida. Su mirada era tranquila, como si hubiese acudido con el hermano a visitar a Vlásich. Pero Piotr Mijáilich advertía cierto cambio en él mismo. En efecto, antes, cuando Zina vivía en casa, podía hablar con ella de todo, mientras que ahora era incapaz de preguntarle siquiera: «¿Cómo vives aquí?» Le parecía una pregunta torpe e innecesaria. En ella debía de haberse producido el mismo cambio. No mostraba prisa en hablar de la madre, de su casa, de su historia amorosa con Vlásich; no se justificaba, no decía que el matrimonio civil era mejor que el eclesiástico, no mostraba inquietud y se había quedado tranquilamente meditando en el caso de Olivier... ¿Y por qué habían sacado de pronto la conversación del francés?

-Los dos tenéis la espalda mojada por la lluvia -dijo Zina, sonriendo alegremente, afectada por esta pequeña semejanza entre su hermano y Vlásich.

Y Piotr Mijáilich sintió toda la amargura y todo el horror de su situación. Recordó su casa vacía, el piano cerrado y la clara habitación de Zina, en la que nadie entraba ahora. Recordó que en las avenidas del jardín no había ya huellas de sus pies pequeños y que poco antes del té de la tarde ya no iba nadie a bañarse entre grandes risas. Aquello que más le atraía desde su más tierna infancia, en lo que le agradaba pensar sentado entre el pesado aire del aula - claridad, pureza, alegría -, todo cuanto llenaba la casa de vida y luz, se había ido para no volver, había desaparecido y se mezclaba con la grosera y torpe historia de un jefe de batallón, de un generoso teniente, de una mujer corrompida, del abuelo que se había pegado un tiro... Y empezar la conversación de la madre o imaginar que el pasado podía volver, significaría no comprender lo que estaba tan dato.

Los ojos de Piotr Mijáilich se llenaron de lágrimas y su mano, puesta sobre la mesa, tembló. Zina adivinó lo que él pensaba y sus ojos resplandecieron también con el brillo de las lágrimas.

-Ven aquí, Grigori -dijo a Vlásich.

Se retiraron a la ventana y empezaron a hablar en voz baja. Por la manera como Vlásich se inclinaba hacia ella y cómo ella miraba a Vlásich, Piotr Mijáilich comprendió una vez más que todo había acabado para siempre y no hacía falta hablar de nada. Zina se retiró.

-Verás, hermano - empezó Vlásich después de un breve silencio, frotándose las manos y sonriendo-: antes te decía que nuestra vida era feliz, pero lo hacía para someterme, por así decirlo, a las exigencias literarias. En realidad, todavía no hemos experimentado la sensación de la felicidad. Zina no cesaba de pensar en ti y, en vuestra madre, y se atormentaba; eso significaba un tormento para mí. Es un espíritu libre, decidido, pero con la falta de costumbre se le hace pesado, además de que es joven. Los criados la llaman señorita. Parece que es algo sin importancia, pero esto la preocupa. Así es, hermano.

Zina trajo un plato de fresas. Tras ella entró una pequeña doncella de aspecto sumiso. Puso en la mesa un jarro de leche y, antes de retirarse, hizo una inclinación muy profunda... Tenía algo de común con los viejos muebles, daba la sensación de algo estupefacto y aburrido.

La lluvia había cesado. Piotr Mijáilich comía fresas y Vlásich y Zina lo miraban en silencio. Se acercaba el momento de la conversación innecesaria pero inevitable, y los tres sentían ya su peso. Los ojos de Piotr Mijáilich se llenaron de nuevo de lágrimas; apartó el plato y dijo que ya era hora de volver, pues se le iba a hacer tarde y acaso empezase de nuevo la lluvia. Llegó el momento en que Zina, por razones de decoro, debía sacar la conversación sobre los suyos y su nueva vida.

- ¿Qué hay en casa? - preguntó con frase rápida, y su pálido rostro tembló ligeramente-. ¿Y mamá?

-Ya la conoces... - contestó Piotr Mijáilich, apartando la vista.

-Petrusha, tú has pensado mucho en lo sucedido - siguió ella, agarrando a su hermano de la manga, y él comprendió lo difícil que le era hablar- Has pensado mucho. Dime: ¿podemos esperar que mamá se reconcilie alguna vez con Grigori... y acepte toda esta situación?

Estaba junto a él, mirándole a la cara, y él se asombró al verla tan hermosa y al pensar que nunca lo había advertido. Y el hecho de que su hermana, tan parecida físicamente a la madre, delicada y elegante, viviera en casa de Vlásich y con Vlásich, junto a aquella doncella, junto a la mesa de seis patas, en una casa donde habían matado a palos a un hombre, el hecho de que ahora no volviese con él a casa, sino que se quedase allí a dormir, le pareció un absurdo increíble.

-Ya conoces a mamá... -dijo, sin contestar a la pregunta-. A mi modo de ver, convendría observar... hacer algo, pedirle perdón...

-Pero pedir perdón significa admitir que hemos procedido mal. Para la tranquilidad de mamá, estoy dispuesta a mentir, pero esto no conducirá a nada. La conozco. En fin, ¡sea lo que sea!- añadió Zina, contenta de que lo más desagradable hubiese quedado dicho-. Esperaremos cinco años, diez, aguantaremos, y sea lo que Dios quiera.

Tomó a su hermano del brazo y, al pasar por la oscura antesala, se apretó a su hombro.

Salieron al portal. Piotr Mijáilich se despidió, montó a caballo y emprendió la marcha al paso. Zina y Vlásich siguieron con él para acompañarle un rato. Era una tarde apacible y tibia, y en el aire había un maravilloso olor a heno; en el cielo, entre las nubes, brillaban las estrellas. El viejo jardín de Vlásich, testigo de tantas historias penosas, dormía envuelto en la oscuridad, y al pasar por él se despertaba en el alma un sentimiento de melancolía.

-Zina y yo hemos pasado hoy, después de la comida, un rato verdaderamente magnífico - dijo Vlásich- La he leído un excelente artículo sobre los emigrados. ¡Debes leerlo, hermano! ¡Te gustará! Es un artículo notable por su honradez. No he podido resistirlo y he escrito a la redacción una carta para que se la entreguen al autor. Una sola línea: «¡Le doy las gracias y estrecho su honrada mano!» Piotr Mijáilich estuvo tentado de decir: «No te metas en lo que no te importa», pero guardó silencio.

Vlásich caminaba junto al estribo derecho y Zina junto al izquierdo. Los dos parecían haber olvidado que tenían que volver a casa, aunque había mucha humedad y quedaba ya poco hasta la arboleda de Koltóvich. Piott: Mijáilich se dio cuenta de que esperaban algo de él, aunque ellos mismos no sabían qué, y sintió por los dos una profunda piedad. Ahora, cuando marchaban junto al caballo pensativos y sumisos, tuvo la profunda convicción de que eran desgraciados y de que no podían ser felices, y su amor le pareció un error triste e irreparable. La piedad y la conciencia de que no podía hacer nada en su favor le produjo esa enervación en que, para evitar el fatigoso sentimiento de la compasión, uno está dispuesto a cualquier sacrificio.

-Vendré alguna vez a pasar la noche con vosotros.

Pero esto parecía como si hubiese hecho una concesión y no le satisfizo. Al detenerse junto a la arboleda de Koitóvich para despedirse definitivamente, se inclinó hacia su hermana, puso la mano en su hombro y dijo:

-Tienes razón, Zina: ¡has hecho bien!

Y, para no añadir nada más y no romper a llorar, dio un fustazo al caballo y se perdió al galope entre los árboles. Al entrar en la oscuridad, volvió la cabeza y vio que Vlásich y Zina regresaban a casa por el camino - él a grandes zancadas y ella como a saltitos - y conversaban animadamente.

«Soy una vieja - pensó Piotr Mijáilich-. Venía para resolver la cuestión y aún la he enredado más. Bueno, ¡que se queden con Dios!»

Se notaba apesadumbrado. Cuando terminó la arboleda puso el caballo al paso y luego, junto al estanque, lo detuvo. Sentía deseos de permanecer inmóvil y pensar. La luna había salido y se reflejaba como una columna rojiza al otro lado del estanque. A lo lejos retumbó el sordo estruendo del trueno. Piotr Mijáilich miraba sin pestañear el agua y se imaginaba la desesperación de su hermana, su dolorosa palidez y los secos ojos con que trataría de ocultar a la gente su humillación. Imaginó su embarazo, la muerte y el entierro de la madre, el horror de Zina... Porque la supersticiosa y orgullosa vieja no podía por menos de morirse. Los horribles cuadros del futuro se dibujaron ante él en la oscura superficie del agua, y entre las pálidas figuras de mujer se vio él mismo, pusilánime, débil, con la cara de quien se siente culpable...

A cien pasos de él, en la orilla derecha del estanque, había algo inmóvil y oscuro: ¿era una persona o un tronco de árbol? Piotr Mijáilich recordó lo del estudiante a quien habían arrojado a este estanque después de matarlo.

«Olivier fue inhumano, pero, después de todo, resolvió el problema, mientras que yo no he resuelto nada, no he hecho más que enredarlo pensó, mirando la oscura silueta, que semejaba un aparecido El decía y hacía lo que pensaba, y yo no digo ni hago lo que pienso. Ni siquiera sé de seguro lo que en realidad pienso ... »

Se acercó a la negra silueta: era un viejo tronco podrido, lo único que quedaba de una antigua construcción.

De la arboleda y la hacienda de Koltóvich venía hasta él un fuerte perfume de muguete y de aromáticas hierbas. Piotr Mijáilich siguió a lo largo de la orilla del estanque, contemplando tristemente el agua, y al rememorar su vida se convenció de que hasta entonces no había dicho y hecho lo que pensaba, y que los demás le habían pagado con la misma moneda. Esto le hizo ver su vida entera tan sombría como aquel agua en que se reflejaba el cielo de la noche y se confundían las algas. Y le pareció que aquello no tenía remedio.


EN EL BOSQUE DE VILLEFERE

Robert E. Howard EL SOL SE OCULTABA. Las inmensas sombras se extendían rápidamente por el bosque. En aquel extraño crepúsculo de un día de...