lunes, 2 de mayo de 2016
LA HERMOSA VAMPIRIZADA
La Hermosa Vampirizada
(1849)
Alexandre Dumas
Yo soy polaca, nacida en Sandomir,vale decir en un país donde las leyendas se tornan artículos de fe, donde creemos en las tradiciones de familia como y —acaso más que— en el Evangelio. No hay castillo entre nosotros que no tenga su espectro, ni una cabaña que no tenga su genio familiar. En la casa del rico como en la del pobre, en el castillo como en la cabaña, se reconoce el principio amigo y el principio enemigo.
A veces estos dos principios entran en lucha y se combaten. Entonces se escuchan ruidos tan misteriosos en los corredores, rugidos tan horrendos en las antiguas torres, sacudidas tan formidables en las murallas, que los habitantes huyen de la cabaña como del castillo, y aldeanos y nobles corren a la iglesia en procura de la cruz bendita o de las santas reliquias, únicos resguardos contra los demonios que nos atormentan. Pero otros dos principios más terribles aún, más furiosos e implacables, se encuentren allí enfrentados: la tiranía y la libertad.
El año 1825 vio empeñarse entre Rusia y Polonia una de esas luchas en las cuales creyérase agotada toda la sangre de un pueblo, como a menudo se agota la sangre de una familia entera. Mi padre y mis dos hermanos, rebelados contra el nuevo zar, habían ido a alinearse bajo la bandera de la independencia polaca, postrada siempre, siempre renacida. Un día supe que mi hermano menor había sido muerto; otro día me anunciaron que mi hermano mayor estaba mortalmente herido; y por fin, después de una jornada angustiosa, durante la cual yo había escuchado aterrorizada el tronar siempre más cercano del cañón, vi llegar a mi padre con un centenar de soldados de a caballo, residuo de tres mil hombres que él comandaba.
Había venido a encerrarse en nuestro castillo con la intención de sepultarse bajo sus ruinas. Mientras no temía nada por él, temblaba por mí. Y en efecto, para él era único riesgo la muerte, porque estaba segurísimo de no caer vivo en manos del enemigo; pero a mí me amenazaba la esclavitud, el deshonor, la vergüenza. Mi padre escogió diez hombres entre los cien que le quedaban, llamó al intendente, le hizo entrega de cuanto dinero y objetos preciosos poseíamos y, recordando que —en ocasión de la segunda división de Polonia— mi madre, casi niña aún, había encontrado un asilo inaccesible en el monasterio de Sabastru, situado en medio de los montes Cárpatos, le ordenó conducirme a aquel monasterio que abriría a la hija, como hacía tiempo a la madre, sus hospitalarias puertas.
A despecho del gran amor que mi padre alimentaba por mí, nuestros saludos no fueron largos. Según todas las probabilidades, los rusos debían llegar el día siguiente a la vista del castillo, por lo que no había tiempo que perder. Me puse de prisa un vestido de amazona, con el que solía acompañar a mis hermanos en la caza. Me trajeron ensillado el mejor caballo de la cuadra; mi padre me puso en los bolsillos del arzón sus propias pistolas, obras maestras de las fábricas de Tula, me abrazó y dio la orden de partida.
Durante aquella noche y el día siguiente recorrimos veinte leguas, costeando uno de esos ríos sin nombre que desembocan en el Vístula. Esta primer doble etapa nos había sustraído al peligro de caer en manos de los rusos. El sol se dirigía al tramonto, cuando vimos brillar las nevadas cimas de los Cárpatos.
Hacia la noche del día siguiente llegamos a su pie: al fin, en la mañana del tercer día, comenzamos a avanzar por una de sus gargantas. Nuestros Cárpatos no se parecen a los fértiles montes de vuestro occidente. Cuanto la naturaleza tiene de extraordinario y grandioso se presenta allí en toda su majestad. Sus tempestuosas cumbres se pierden en las nubes cubiertas de eternas nieves; sus inmensos bosques de abetos se inclinan sobre el terso espejo de lagos que por su vastedad semejan mares; y de aquellos lagos, jamás navecilla alguna ha surcado sus ondas, jamás redes de pescadores turbaron su cristal profundo como el azul del cielo; apenas, de tiempo en tiempo, resuena allí la voz humana, haciendo escuchar un canto moldavo al que contestan los gritos de los animales selváticos: y cantos y gritos van a desvelar algún solitario eco, atónito de que un ruido cualquiera le haya revelado su propia existencia. Por millas y millas se viaja allí bajo la umbría bóveda de los bosques entrecruzados de las inesperadas maravillas que la soledad nos descubre a cada instante, y que hacen pasar nuestro ánimo del estupor a la admiración. Ahí doquiera hay peligro, y el peligro se compone de mil riesgos diversos; pero no se tiene tiempo para atemorizarse, tan sublimes son aquellos riesgos. Aquí hay alguna cascada a la que dio origen imprevistamente la licuefacción de los hielos y que, saltando de roca en roca, invade de pronto el angosto sendero que se recorre, trazado por el paso de las fieras en fuga y del cazador que las persigue; allí hay árboles minados por el tiempo, que se desprenden del suelo y se derrumban con horrible estrépito semejante al de un terremoto; en otra parte, en fin, son los huracanes los que os envuelven de nubes, en medio de las cuales se ve centellear, extenderse y contorsionarse el relámpago, como sierpe inflamada. Luego, tras de haber superado aquellas moles agrestes, aquellos bosques primitivos, tras de encontraros en medio de gigantescas montañas y bosques interminables, os veis ante inmensos páramos, como mares que tienen también sus ondas y sus tempestades, áridas y gibosas estepas, donde la vista se pierde en un horizonte sin límite. Entonces no es terror lo que experimentáis, sino una triste y profunda melancolía, de la cual nada hay que pueda distraeros, porque el aspecto de la región, por lejos que se alargue vuestra mirada, es siempre el mismo. Ascended o descended las cien veces iguales pendientes, buscando en vano un camino trazado: al hallaros tan perdidos en aquel aislamiento, en medio de desiertos, os creéis solos en la naturaleza, y vuestra melancolía se convierte en desolación. Os parece inútil caminar más adelante, porque no veis una meta para vuestros pasos; no encontráis una aldea, ni un castillo, ni una cabaña, ni en suma vestigio de humana morada. Sólo de cuando en cuando, como una tristeza más en aquella región melancólica, un pequeño lago sin cañas, sin arbustos, dormido en el fondo de un barranco, casi otro mar Muerto, os cierra el camino con sus verdes aguas, sobre las cuales se levantan al acercaros algunas aves acuáticas de gritos prolongados y discordantes. Rodead ese lago, trasponed el collado que está delante de vosotros, descended a otro valle, superad otra colina, y así sucesivamente, hasta que hayáis llegado a los comienzos de la cadena de montes que van siempre disminuyendo más. Pero si al concluir esa cadena os volvéis hacia el mediodía, la región recobra un carácter majestuoso, se os presenta una naturaleza más grandiosa y descubriréis otra cadena de montañas más altas, de forma más pintoresca, de más rica vegetación, toda cubierta de espesos bosques, toda surcada de arroyos: con la sombra y con el agua renace también la vida en aquella comarca; se escucha ya el tañido de la campana de una ermita, y sobre el flanco de aquella montaña se ve serpentear una caravana. Por fin, a los últimos rayos del sol poniente se perciben desde lejos, a guisa de bandada de pájaros blancos, apoyándose las unas en las otras, las casas de una aldea, que parece se hubieran agrupado en cierto modo para defenderse de un asalto nocturno; pues con la vida ha vuelto el peligro: aquí no se luchará con osos y lobos, como en aquella altas montañas, sino con hordas de bandidos moldavos.
Entretanto nos acercábamos a nuestra meta. Diez días de camino habían transcurrido sin ningún incidente. Ya distinguíamos la cumbre del monte Pion, que se eleva sobre toda aquella familia de gigantes, y sobre cuya vertiente meridional está situado el convento de Sabastru al cual yo me trasladaba. Tres días más, y nos hallábamos al término de nuestro viaje. Eran los últimos días de julio. Habíamos tenido una jornada muy cálida, y hacia las cuatro respirábamos con ansioso deleite las primeras brisas del atardecer. Habíamos dejado atrás hacía poco las torres ruinosas de Niantzo. Bajábamos a una llanura que empezábamos a ver a través de una hendidura de la montaña.
Desde el sitio donde estábamos, ya podíamos seguir con la vista el curso del Bistriza, de riberas esmaltadas de bermejeantes viñedos y de altas campánulas de flores blancas. Bordeábamos un abismo en cuyo fondo corría el río, que en aquel lugar tenía apenas forma de torrente, y nuestras cabalgaduras tenían escaso espacio para caminar dos de frente. Nos precedía un guía, quien, inclinado de flanco sobre la grupa de su caballo, cantaba una canción morlaca, cuyas palabras seguía con singular atención. El cantor era también al mismo tiempo el poeta. Necesitaría ser uno de aquellos montañeses para poder expresarnos la melancolía de su canción con su salvaje tristeza, con toda su profunda sencillez. Las palabras de la canción eran poco más o menos las siguientes:
"¡Ved allí ese cadáver en la palude de Stavila, donde corriera tanta sangre de guerreros! No es un hijo de Iliria, no; es un feroz bandido, que después de haber engañado a la gentil María, robó, exterminó, incendió.
"Rauda como el relámpago una bala ha venido a atravesar el corazón del bandido; un yatagán le ha tronchado el cuello. Pero, oh misterio, después de tres días, su sangre, tibia aún, riega la tierra bajo el pino tétrico y solitario y ennegrece el pálido Ovigan.
"Sus ojos turquíes brillan siempre; huyamos, huyamos: guay de quien pase por la palude cerca de él: ¡es un vampiro! El feroz lobo se aleja del impuro cadáver, y el fúnebre buitre huye al monte de calvo frontis."
De pronto se oyó la detonación de un arma de fuego y el silbar de una bala. La canción quedó interrumpida, y el guía, herido de muerte, precipitóse al abismo, mientras su caballo se detenía temblando y tendiendo la inteligente testa hacia el fondo del precipicio, donde desapareciera su dueño. Al mismo tiempo, se levantó por los aires un grito estridente, y sobre los flancos de la montaña vimos aparecer una treintena de bandidos: estábamos completamente rodeados. Cada uno de los nuestros empuñó un arma, y bien que tomados inopinadamente, mis acompañantes, como que eran viejos soldados avezados al fuego, no se dejaron intimidar, y se pusieron en guardia. Yo misma, dando el ejemplo, empuñé una pistola, y conociendo bien cuán desventajosa era nuestra situación, grité: ¡Adelante!, y di con la espuela a mi caballo que se lanzó a toda carrera hacia la llanura. Pero teníamos que vérnosla con montañeses que brincaban de roca en roca como verdaderos demonios de los abismos, que aun saltando, hacían fuego, manteniendo a nuestros flancos la posición tomada. Por lo demás, nuestro plan había sido previsto. En un punto donde el camino se ensanchaba y la montaña se allanaba un poco, aguardaba nuestro paso un joven a la cabeza de diez hombres a caballo. Cuando nos vieron, pusieron al galope sus cabalgaduras, y nos asaltaron de frente, mientras aquellos que nos perseguían bajaban saltando en gran cantidad, y cortada de tal modo nuestra retirada, nos rodeaban por todas partes.
La situación era grave y sin embargo, acostumbrada desde niña a las escenas de guerra, pude apreciarla sin que se me escapara una sola circunstancia. Todos aquellos hombres, vestidos de pieles de carnero, llevaban inmensos sombreros redondos, coronados de flores naturales al modo de los húngaros. Cada uno de ellos manejaba un largo fusil turco, que agitaban vivamente luego de haber disparado, dando gritos salvajes, y en la cintura portaba un sable corvo y dos pistolas. Su jefe era un joven de apenas veintidós años, de tez pálida, de ojos negros y cabellos ensortijados y cayéndole sobre las espaldas. Vestía la casaca moldava guarnecida de piel y ajustada al cuerpo por una faja con listas de oro y seda. En su mano resplandecía un sable corvo, y en su cintura relucían cuatro pistolas. Durante la lucha daba gritos roncos e inarticulados que parecían no pertenecer al habla humana, y sin embargo eran una eficaz expresión de sus deseos, pues a aquellos gritos obedecían todos sus hombres, ora echándose a tierra boca abajo para esquivar nuestras descargas, ora levantándose para disparar a su vez, haciendo caer a aquellos de nosotros que aún estaban de pie, matando a los heridos, haciendo en suma de la lucha una carnicería. Yo había visto caer uno después del otro los dos tercios de mis defensores. Cuatro estaban aún ilesos y se apretaban a mi alrededor, no pidiendo una gracia que tenían la certidumbre de no conseguir, y pensando sólo en vender la vida lo más cara que fuese posible. Entonces el joven jefe dio un grito más expresivo que los anteriores, tendiendo la punta de su sable hacia nosotros. En verdad aquella orden significaba que debía rodearse nuestro último grupo de un cerco de fuego y fusilarnos a todos juntos, pues de un golpe vimos apuntarnos todos aquellos largos mosquetes.
Comprendí, que había llegado la hora final. Alcé los ojos y las manos al cielo, murmurando una última plegaria, y aguardé la muerte. En ese instante vi, no descender sino precipitarse de peña en pena, un joven que se detuvo enhiesto sobre una roca que dominaba la escena, semejante a una estatua en un pedestal, y, extendiendo la mano hacia el campo de batalla, pronunció esta sola palabra: "¡Basta!" Todas las miradas se volvieron a esa voz, y cada uno pareció obedecer al nuevo amo. Sólo un bandido apuntó de nuevo su fusil e hizo el disparo. Uno de nuestros hombres dio un grito; la bala le había roto el brazo izquierdo. Se volvió al punto para lanzarse sobre el que le hiriera, pero aún no había hecho cuatro pasos su caballo, que un relámpago brilló por encima de nosotros y el bandido rebelde cayó herido por una bala en la cabeza... Tantas y tan diversas emociones habían acabado mis fuerza; me desvanecí. Cuando recobré los sentidos, me hallé acostada sobre la hierba, con la cabeza apoyada en las rodillas de un hombre, de quien no veía sino la mano blanca y cubierta de anillos rodeándome el cuerpo, mientras ante mí estaba parado, de brazos cruzados y la espada bajo la axila, el joven jefe moldavo que dirigiera el asalto contra nosotros. "Kostaki", decía en francés y con gesto autoritario el que me sostenía, "haced que vuestros hombres se retiren de inmediato, y dejadme el cuidado de esta joven. "Hermano, hermano", respondió aquel a quien eran dirigidas tales palabras, y que parecía contenerse con esfuerzo, "cuídate de no cansar mi paciencia; yo os dejo el castillo, dejadme a mí el bosque. En el castillo vos sois el amo, pero aquí yo soy todopoderoso. Aquí me bastaría una sola palabra para obligaros a obedecerme". "Kostaki, yo soy el mayor; lo que quiere decir que soy amo en todas partes, así en el bosque como en el castillo, allá y aquí. Como a vos, me corre por las venas la sangre de los Brankovan, sangre real que tiene el hábito de mandar, y yo mando." "Mandad a vuestros servidores, Gregoriska, no a mis soldados." "Vuestros soldados son bandidos, Kostaki... bandidos que haré ahorcar en las almenas de nuestras torres si no me obedecen al instante." "Bien, probad de darles una orden."
Sentí entonces que quien me sostenía retiraba su rodilla, y colocaba suavemente mi cabeza sobre una piedra.
Le seguí ansiosa con la mirada, y pude examinar a aquel joven, que cayera, por así decirlo, del cielo en medio de la refriega, y que yo había podido ver apenas, estando desmayada, mientras aparecía a punto en escena. Era un joven de veinticuatro años, de alta estatura y con dos grandes ojos celestes y resplandecientes como el relámpago, en los que se leía una extraordinaria decisión y firmeza. Los largos cabellos rubios, indicio de la estirpe eslava, le caían sobre las espaldas como los del arcángel Miguel, circundando dos mejillas rubicundas y frescas; sus labios realzados por una sonrisa desdeñosa, dejaban ver una doble hilera de perlas. Vestía una especie de túnica de velludo negro, calzones ceñidos a las piernas y botas bordadas; en la cabeza tenía un gorro puntiagudo ornado de una pluma de águila; en la cintura portaba un cuchillo de caza, y al hombro una pequeña carabina de dos caños, cuya precisión había aprendido a apreciar uno de los bandidos. Extendió la mano, y con ese gesto imperioso pareció imponerse hasta a su hermano. Pronunció algunas palabras en lengua moldava, las cuales parecieron causar profunda impresión sobre los bandidos. Entonces, a su vez, habló en la misma lengua el joven jefe, y me pareció que su discurso estaba lleno de amenazas y de imprecaciones. A aquel largo y vehemente discurso el hermano mayor contestó con una sola palabra. Los bandidos se sometieron; hizo un gesto, y los bandidos se sometieron; hizo un gesto, y los bandidos se reunieron detrás de nosotros.
"¡Bien! Sea, pues, Gregoriska", dijo Kostaki volviendo a hablar en francés. "Esta mujer no irá a la caverna, pero no por ello será menos mía. La encuentro hermosa, la he conquistado yo y la quiero yo." Así diciendo, se lanzó él hacia mí, y me levantó entre sus brazos. "Esta mujer será llevada al castillo y entregada a mi madre, yo no la abandonaré", dijo mi protector. "¡Mi caballo!", gritó Kostaki en lengua moldava. Varios bandidos se apresuraron a obedecer, condujeron a su señor la cabalgadura pedida... Gregoriska miró en torno, asió las bridas de un caballo sin dueño, y saltó a la silla sin tocar los estribos. Kostaki, bien que me tenía aún apretada entre sus brazos, montó en la silla casi tan ágilmente como su hermano, y partió a todo galope. El caballo de Gregoriska pareció haber recibido el mismo impulso y fue a ponerse pegado al flanco y al pescuezo del corcel de Kostaki. Extraño de verse eran aquellos dos caballeros que volaban el uno junto al otro, taciturnos, silenciosos, sin perderse de vista un solo instante, aun cuando aparentaran no mirarse, y se entregaban por entero a sus cabalgaduras, cuya impetuosa carrera los llevaba a través de bosques, rocas y precipicios.
Tenía la cabeza caída, y esto me permitía ver los bellos ojos de Gregoriska fijos en mí. Kostaki lo advirtió, me levantó la cabeza, y ya no vi más que su tétrica mirada devorándome. Bajé los párpados, pero en vano; a través de su velo, veía no obstante siempre aquella mirada relampagueante que me penetraba hasta las vísceras y me punzaba el corazón. Entonces me acaeció una extraña alucinación; parecíame ser la Leonora de la balada de Bürger, llevada por el caballo y el caballero fantasmas, y cuando sentí que se me cerraban abrí los ojos amedrentada, tan persuadida estaba de ver alrededor mío sólo cruces rotas y tumbas abiertas. Vi algo un poco más alegre; era el patio interno de un castillo moldavo construido en el siglo décimocuarto.
Kostaki me dejó resbalar a tierra, bajando casi en seguida después que yo; pero, por rápido que hubiera sido su acto, Gregoriska le había precedido. Como lo dijera, en el castillo él era el amo. Al ver llegar a los dos jóvenes y a la extranjera que llevaban con ellos, acudieron los servidores; pero, aunque dividieron sus diligencias entre Kostaki y Gregoriska, aparecía claro que los mayores miramientos, el respeto más profundo eran para el segundo. Se aproximaron dos mujeres, Gregoriska les dio una orden en lengua moldava, y con la mano me indicó que la siguiera. La mirada que acompañaba aquel gesto era tan respetuosa que yo no vacilé absolutamente en obedecerle. Cinco minutos después me encontraba en una cámara que, aun cuando pudiera parecer desnuda y triste a una persona de menos fácil contentamiento, era sin embargo evidentemente la más hermosa del castillo. Una gran habitación cuadrada, con una especie de diván de sayal verde, asiento de día, lecho de noche. Había también allí cinco o seis sillones de encina, un inmenso cofre, y en un ángulo un trono semejante a una gran silla de coro.
No había que hablar de cortinas en las ventanas y en el lecho. A los costados de la escalera que llevaba a aquella cámara, erguíanse, dentro de nichos, tres estatuas de los Brankovan de tamaño superior al natural. Al poco rato trajeron nuestros bagajes, entre los cuales se encontraban también mis maletas. Las mujeres me ofrecieron sus servicios. Pero no obstante, reparando el desorden que lo sucedido causara en mi tocado, conservé mi vestimenta de amazona, la cual, más que cualquier otra, acordaba con el modo de vestir de mis huéspedes. Apenas había hecho los pocos cambios necesarios en mis ropas, cuando oí golpear levemente en la puerta.
"Adelante", dije en francés, siendo esta lengua para nosotros los polacos, como sabéis, casi una segunda lengua materna. Entró Gregoriska. "¡Ah! señora, cuánto me complace que habléis francés." "Y yo también", respondí, "estoy contenta de saber esta lengua, porque de tal modo he podido, gracias a este hecho, apreciar toda la generosidad de vuestra conducta conmigo. En esa lengua vos me defendisteis de los designios de vuestro hermano, y en esa lengua os ofrezco yo la expresión de mi sincero reconocimiento". "Os lo agradezco, señora. Era cosa muy natural que me preocupara de una mujer que se encontraba en vuestra situación. Andaba de caza por los montes, cuando llegaron a mi oído algunas detonaciones anormales y continuas; comprendí que se trataba de un asalto a mano armada, y marché al encuentro del fuego, como decimos nosotros en términos guerreros. A Dios gracias, llegué a tiempo, pero ¿sería tal vez demasiado atrevido si os preguntara, oh señora, por cuál motivo una mujer de alto linaje, como lo sois vos, se ha visto reducida a aventurarse en nuestros montes?" "Yo soy polaca", le contesté: "Mis dos hermanos sucumbieron, no ha mucho, en la guerra contra Rusia; mi padre, a quien dejé yo mientras se preparaba a defender su castillo, sin duda se les ha reunido ya a esta hora, y yo, huyendo por orden de mi padre, de todos aquellos estragos, iba en busca de refugio al monasterio de Sabastru, donde mi madre, en su juventud y en circunstancias semejantes, había encontrado asilo seguro." "Sois enemiga de los rusos, tanto mejor", dijo el joven; "este título os será poderosa ayuda en el castillo, y nosotros necesitaremos de todas nuestras fuerzas para sostener la lucha que se prepara. Pero ante todo, señora, pues que yo sé quién sois vos, sabed también quiénes somos nosotros: el nombre de los Brankovan no os es desconocido, ¿verdad, señora?" Yo me incliné. "Mi madre es la última princesa de este nombre, la última descendiente del ilustre jefe mandado matar por los Cantimir, los viles cortesanos de Pedro I. Casó en primeras nupcias con mi padre, Serban Waivady, príncipe también él, pero de estirpe menos ilustre. Mi padre había sido educado en Viena, y allí pudo apreciar las ventajas de la civilización. Decidió hacer de mí un europeo. Partimos para Francia, Italia, España y Alemania. Mi madre —no le toca a un hijo, lo sé, narraros lo que os diré, pero, ya que por nuestra salvación es necesario que nos conozcamos bien, reconoceréis justos los motivos de esta revelación— mi madre, digo, que durante los primeros viajes de mi padre, mientras era yo aún niño, había tenido culpables relaciones con un jefe de parciales (que con tal nombre, agregó sonriendo Gregoriska, se llaman en este país a los hombres por quienes fuisteis agredida), cierto conde Giordaki Koproli, medio griego y medio moldavo, escribió a mi padre confesándole todo y pidiéndole el divorcio, apoyando su demanda en que no quería ella, una Brankovan, continuar siendo por más tiempo mujer de un hombre que se tornaba día a día más extranjero a su patria. ¡Ay! Mi padre no tuvo necesidad de dar su asentimiento a esa petición, que os podrá parecer extraña, pero entre nosotros es cosa muy natural. Él había muerto de un aneurisma que desde mucho tiempo le atormentaba, y la carta de mi madre la recibí yo. A mí ahora no me quedaba otra cosa que hacer votos sinceros por la felicidad de mi madre, y le escribí una carta, en la que le comunicaba estos votos míos junto con la noticia de su viudez. En aquella carta le pedía también permiso para poder continuar mis viajes, que me fue concedido. Tenía yo la firme intención de establecerme en Francia o Alemania para no encontrarme cara a cara con un hombre que aborrecía, y que no podía amar, quiero decir al marido de mi madre; cuando he aquí, que, de improviso, vine a saber que el conde Giordaki Koproli había sido asesinado, según decires, por los viejos cosacos de mi padre. Amaba yo demasiado a mi madre para no apresurarme a regresar a la patria, comprendía su aislamiento y la necesidad en que debía encontrarse de tener junto a ella en tales circunstancias las personas que podían serle queridas. Aun cuando ella nunca se hubiera mostrado muy tierna conmigo, era su hijo. Una mañana llegué inesperadamente al castillo de mis padres. Allí encontré un joven, a quien al principio tomé por un extranjero, pero luego supe que era mi hermano. Era Kostaki, el hijo del adulterio, legitimado por un segundo matrimonio; Kostaki, la indomable criatura que visteis, para quien son leyes sólo sus pasiones, que nada tiene por sagrado aquí abajo fuera de su madre, que me obedece como la tigresa obedece al brazo que la ha domado, pero rugiendo por siempre, en la vaga esperanza de poder devorarme un día. En el interior del castillo, en el hogar de los Brakovan y de los Waivady, yo soy aún el amo; pero fuera de este recinto, en la abierta campiña, él se convierte en el salvaje hijo de los bosques y de los montes, que quiere doblegarlo todo bajo su férrea voluntad. Cómo hoy él y sus hombres hicieron para ceder, no lo sé; quizá por antigua costumbre, o por un resto de respeto que me tienen. Pero no quisiera arriesgar otra prueba. Permaneced aquí, no salgáis de esta cámara, del patio, del castillo en suma, y respondo de todo; si dais un paso fuera del castillo, no puedo prometeros otra cosa que hacerme matar por defenderos."
"¿No podré entonces", dije yo, "según el deseo de mi padre, continuar el viaje hacia el convento de Sabastru?" "Obrad, intentad, ordenad, yo os acompañaré, pero quedaré en mitad del camino, y vos... vos ciertamente no alcanzaréis la meta de vuestro viaje." "Pero ¿qué hacer, entonces?" "Quedaros aquí, aguardar, tomar consejo de los hechos y aprovechar las circunstancias. Suponeos haber caído en una caverna de bandidos, y que sólo vuestro valor podrá sacaros del apuro, vuestra calma salvaros. Mi madre, a despecho de la preferencia que concede a Kostaki, hijo de su amor, es buena y generosa. Por otra parte, es una Brankovan, vale decir una verdadera princesa. La veréis: ella os defenderá de las brutales pasiones de Kostaki. Poneos bajo la protección de ella: sed cortés, os amará. Y en realidad (agregó él con expresión indefinible), ¿quién podría veros y no amaros? Venid ahora al comedor donde mi madre os espera. No demostréis fastidio ni desconfianza: hablad polaco: aquí nadie conoce esta lengua; yo traduciré a mi madre vuestras palabras, y estáos tranquila, que sólo diré aquello que sea conveniente decir. Sobre todo ni una palabra de cuanto os he revelado: nadie debe sospechar que estamos de acuerdo. Vos no sabéis aún de cuanta astucia y disimulación es capaz el más sincero de entre nosotros. Venid."
Le seguí por la escalera iluminada de antorchas de resina ardiendo, puestas dentro de manos de hierro que sobresalían del muro. Era evidente que aquella insólita iluminación había sido dispuesta para mí. Llegamos al comedor. Apenas Gregoriska hubo abierto la puerta de aquella sala, y pronunciado en el umbral una palabra en lengua moldava, que después supe significaba la extranjera, vino a nuestro encuentro una mujer de alta estatura. Era la princesa Brankovan. Tenía cabellos blancos entrelazados alrededor de la cabeza, la cual estaba cubierta de un gorro de cibelina, ornado de un penacho, signo de su origen principesco. Vestía una especie de túnica de brocado, el corpiño sembrado de piedras preciosas, sobrepuesta a una larga hopalanda de estofa turca, guarnecida de piel igual a la del gorro. Tenía en la mano un rosario de cuentas de ámbar, que hacía correr rápidamente entre los dedos. Junto a ella estaba Kostaki, vestido con el espléndido y majestuoso traje magiar, en el cual me pareció aún más extraño. Su traje estaba compuesto de una sobrevesta de velludo negro, de ancha mangas, que le caía hasta debajo de la rodilla, calzones de casimir rojo, y los largos cabellos de color negro tirando a azulado le caían sobre el cuello desnudo, rodeado solamente por la orla blanca de una fina camisa de seda. Me saludó torpemente, y pronunció en moldavo algunas palabras para mí ininteligibles.
"Podéis hablar en francés, hermano mío", dijo Gregoriska; "la señora es polaca y comprende esta lengua".
Entonces Kostaki dijo en francés algunas palabras casi tan incomprensibles para mí como las que pronunciara en moldavo; pero la madre, tendiendo gravemente el brazo, interrumpió a los dos hermanos. Aparecía claro que intimaba a sus hijos que esperaran a que sólo ella me recibiera. Comenzó entonces en lengua moldava un discurso de cumplimiento, al cual la movilidad de sus facciones daba un sentido fácil de explicarse. Me indicó la mesa, me ofreció una silla cerca de ella, señaló con un gesto la casa toda, como diciendo que estaba a mi disposición, y, sentándose antes que los demás con benévola dignidad, hizo la señal de la cruz y pronunció una plegaria. Entonces cada uno ocupó su lugar propio, establecido por la etiqueta, Gregoriska cerca de mí. Como extranjera, yo había determinado que a Kostaki le tocara el puesto de honor junto a su madre Smeranda. Así se llamaba la condesa. También Gregoriska había mudado de vestimenta. Llevaba él igualmente la túnica magiar y los calzones de casimir, pero aquélla de color granate y estos turquíes. Tenía colgada del cuello una espléndida condecoración, el nisciam del sultán Mahmud. Los otros comensales de la casa cenaban en la misma mesa, cada uno en el sitio que le correspondía según el grado que ocupaba entre los amigos o los servidores. La cena fue triste: Kostaki no me dirigió nunca la palabra, si bien su hermano tuvo siempre la atención de hablarme en francés. La madre me ofrecía de todo con sus propias manos con ese ademán solemne que le era natural; Gregoriska había dicho la verdad: era una verdadera princesa. Luego de la cena, Gregoriska se acercó a su madre, y le explicó en lengua moldava el deseo que yo debía tener de estar sola, y cuán necesario que sería el reposo después de las emociones de aquella jornada. Smeranda hizo un gesto de aprobación, me tendió la mano, me besó en la frente, como lo hubiera hecho con una hija suya, y me deseó buena noche en su castillo. Gregoriska no se había engañado: yo ansiaba ardientemente aquel instante de soledad. Agradecí por eso a la princesa, quien me condujo hasta la puerta, donde me esperaban las dos mujeres que antes ya me acompañaran en mi cámara. Saludado que hube a la madre y a los dos hijos, volví a mi aposento, de donde saliera una hora antes.
El sofá estaba transformado en lecho. Otros cambios no se habían hecho. Agradecí a las mujeres: les hice comprender que me desvestiría sola, y ellas salieron en seguida con mil testimonios de respeto que querían significar tener órdenes de obedecerme en todo y por todo. Quedé sola en aquella inmensa cámara, que mi candela podía alumbrar apenas en parte. Era un singular juego de luces, una especie de lucha entre el resplandor trémulo de mi cirio y los rayos de la luna que pasaban a través de la ventana sin cortinados. Además de la puerta por la que entrara, y que caía sobre la escalera, habían otras dos en la cámara; pero sus gruesos cerrojos, que se cerraban por dentro, bastaban para tranquilizarme. Miré la puerta de entrada; también ella tenía medios de defensa. Abrí la ventana: daba sobre un abismo. Comprendí que Grigoriska había elegido aquella cámara calculadamente. De vuelta por fin a mi sofá, encontré sobre una mesita puesta junto a la cabecera una tarjeta doblada. La abrí y leí en polaco: Dormid tranquila: nada tenéis que temer mientras permanezcáis en el interior del castillo. Seguí el buen consejo, y como el cansancio vencía sobre las preocupaciones que me tenían desazonada, me acosté y en seguida me dormí.
Desde aquel momento quedaba fijada mi permanencia en el castillo y tenía principio el drama que voy a narraros.
Los dos hermanos se enamoraron de mí, cada uno según su propia índole. Kostaki me confesó de improviso al día siguiente que me amaba, y declaró que sería suya y no de otro, y que me mataría antes que cederme a quienquiera que fuese. Gregoriska no me dijo nada, pero se mostró lleno de amor y de consideraciones conmigo. Para complacerme puso en práctica todos los medios de su refinada educación, todos los recuerdos de una juventud transcurrida en la más nobles Cortes de Europa. ¡Ay! No era cosa tan difícil pues ya el primer sonido de su voz me había acariciado el alma, y ya su primera mirada me había serenado el corazón. Al cabo de tres meses Kostaki me había repetido cien veces que me amaba, y yo le odiaba; Gregoriska aun no me había dicho una palabra de amor y yo sentía que cuando él lo deseara sería toda suya.
Kostaki había renunciado a sus incursiones. Encerrado siempre en el castillo, había cedido momentáneamente el mando a un lugarteniente, quién de cuando en cuando venía a pedirle órdenes, y en seguida desaparecía. También Smeranda había concebido por mí una amistad apasionada, cuyas expresiones me causaban temor. Protegía ella visiblemente a Kostaki, y parecía celosa de mí más aún de lo que él lo fuera. Pero como no hablaba polaco ni francés, y yo no comprendía el moldavo, ella no tenía modo de insistir ante mí en favor de su hijo predilecto. Había sin embargo aprendido a decir en francés unas palabras que me repetía siempre cuando posaba sus labios en mi frente: —¡Kostaki ama a Edvige!...—
Un día recibí una noticia horrible que colmó mi desventura. Los cuatro hombres sobrevivientes al combate habían sido puestos en libertad y regresado a Polonia, prometiendo que uno de ellos, antes de que pasaran tres meses, volvería para darme noticias de mi padre. En efecto, una mañana se presentó de nuevo uno de ellos. Nuestro castillo había sido tomado, incendiado, destruido, y mi padre se había hecho matar defendiéndolo. En adelante estaba sola en el mundo. Kostaki redobló sus insinuaciones, y Smeranda sus ternuras; pero esta vez aduje como pretexto mi duelo por la muerte de mi padre. Kostaki insistió diciendo que cuanto más sola me encontraba tanto más necesidad tenía de apoyo, y su madre insistió al par y acaso más que él.
Gregoriska me había hablado del poder que los moldavos tienen sobre sí mismos, cuando no quieren que otros lean en su corazón. Él era un vivo ejemplo de ello. Estaba segurísima de su amor, y sin embargo, si alguien me hubiera preguntado en qué prueba se fundaba tal certidumbre, me habría sido imposible decirlo: nadie en el castillo había visto nunca que su mano tocara la mía, o que sus ojos buscaran los míos. Sólo los celos podían hacer clara a Kostaki la rivalidad del hermano, como sólo el amor que alimentaba yo por Gregoriska podía hacerme claro su amor. Sin embargo, lo confieso, me inquietaba mucho aquel poder de Gregoriska sobre sí mismo. Yo tenía fe en él, pero no bastaba; necesitaba ser convencida; cuando he aquí que una noche, de vuelta apenas en mi cámara, oí golpear levemente a una de las dos puertas que se cerraban por dentro. Por el modo de golpear adiviné que era una llamada amiga. Me acerqué, preguntando quién estaba allí.
"Gregoriska", contestó una voz cuyo acento no podía engañarme. "¿Qué queréis de mí?", le pregunté toda temblorosa. "Si tenéis fe en mí", dijo Gregoriska, "si me creéis hombre de honor, ¿me permitís una pregunta?" "¿Cuál?" "Apagad la luz como si os hubierais acostado, y de aquí en media hora, abridme esta puerta." "Volved dentro de media hora...", fue mi única respuesta.
Apagué la luz, y aguardé. El corazón me palpitaba con violencia, pues comprendía yo que se trataba de un hecho importante. Transcurrió la media hora: oí golpear más levemente aún que la primera vez. Durante el intervalo había descorrido los cerrojos; no me quedaba pues sino abrir la puerta, Gregoriska entró, y sin que me dijera, cerré la puerta tras él y eché los cerrojos. Él permaneció un instante mudo e inmóvil, imponiéndome silencio con el gesto. Luego, cuando estuvo seguro de que ningún peligro nos amenazaba por el momento, me llevó al centro de la vasta cámara, y sintiendo, por mi temblor, que no habría podido sostenerme de pie, me buscó una silla. Me senté o más bien me dejé caer sobre el asiento.
"¡Dios mío!", le dije; "¿qué hay de nuevo, o por qué tantas precauciones?" "Porque mi vida, que no contaría para nada, y acaso también la vuestra, dependen de la conversación que tendremos."
Amedrentada, le aferré una mano. Se la llevó él a los labios, mirándome como si quisiera pedir excusas por tanta audacia. Bajé yo los ojos, era un tácito consentimiento.
"Yo os amo", me dijo con aquella voz melodiosa como un canto; "¿me amáis vos?" "Sí", le respondí. "¿Y consentiréis en ser mi mujer?" "Sí."
Llevó la mano a la frente con profunda expresión de felicidad. "Entonces, ¿no rehusaréis seguirme?" "Os seguiré doquiera." "Pues comprenderéis bien que no podemos ser felices sino huyendo de estos lugares."
"¡Oh sí! Huyamos", exclamé. "¡Silencio", dijo él estremeciéndose, "¡Silencio!" "Tenéis razón." Y me le acerqué toda tremante. "Escuchad lo que he hecho", continuó Gregoriska; "escuchad por qué he estado tanto tiempo sin confesaros que os amaba. Quería yo, cuando estuviera seguro de vuestro amor, que nadie pudiera oponerse a nuestra unión. Yo soy rico, querida Edvige, inmensamente rico, pero como lo son los señores moldavos: rico en tierras, en ganados, en servidores. Ahora bien, he vendido por un millón, tierras, rebaños y campesinos al monasterio de Hango. Me han dado trescientos mil francos en muchas piedras preciosas, cien mil francos en oro, el resto en letras de cambio sobre Viena. ¿Os bastará un millón?" Le apreté la mano. "Me hubiera bastado vuestro amor, Gregoriska, juzgadlo vos." "¡Bien! Escuchad; mañana voy al monasterio de Hango para tomar mis últimas disposiciones con el superior. Él me tiene listos caballos que nos esperarán de las nueve de la mañana en adelante ocultos a cien pasos de castillo. Después de la cena, subiréis de nuevo como hoy a vuestra cámara; como hoy apagaréis la luz; como hoy entraré yo en vuestro aposento. Pero mañana, en vez de salir solo vos me seguiréis, saldremos por la puerta que da sobre los campos, encontraremos los caballos, montaremos, y pasado mañana por la mañana habremos recorrido treinta leguas. —¡Oh! ¡Por qué no será ya pasado mañana!— ¡Querida Edvige!"
Gregoriska me apretó sobre el corazón, y nuestros labios se encontraron. ¡Oh! Lo había dicho él, yo había abierto la puerta de mi cámara a un hombre de honor; pero comprendió bien que si no le pertenecía en cuerpo le pertenecía en alma. Transcurrió la noche sin que pudiera cerrar los ojos. Me veía huir con Gregoriska, me sentía transportada por él como ya lo había sido por Kostaki: sólo que aquella carrera terrible, espantable, fúnebre, se trocaba ahora en un apuro suave y delicioso, al que la velocidad del movimiento agregaba deleite, pues también el movimiento veloz tiene un deleite propio... Nació el día. Bajé. Parecióme que el ademán con que me saludó Kostaki era aún más tétrico que de costumbre. Su sonrisa era irónica y amenazadora. Smeranda no me pareció cambiada. Durante la colación, Gregoriska ordenó sus caballos. Parecía que Kostaki no pusiera ni la mínima atención en aquella orden. Hacia loas once, Gregoriska nos saludó, anunciando que estaría de regreso recién a la noche, y rogando a su madre que no le esperase a cenar: después, volvióse hacia mí y rogóme quisiera admitir sus excusas.
Salió. La mirada de su hermano le siguió hasta cuando dejó la cámara, y en ese momento le brotó de los ojos un tal relámpago de odio que me estremecí. Podéis imaginaros con qué inquietud pasé aquel día. A nadie había confiado nuestros designios, a duras penas le hablé a Dios de ello en mis plegarias, y parecíame que todos los conocieran, que cada mirada puesta en mí pudiera penetrar y leer en lo íntimo de mi corazón... La cena fue un suplicio; hosco y taciturno, Kostaki, por costumbre, hablaba raramente: esta vez no dijo más que dos o tres palabras en moldavo a su madre, y siempre con tal acento que hacía estremecer. Cuando me levanté para subir a mi aposento, Smeranda, como de ordinario, me abrazó, y al abrazarme repitió aquella frase que desde ya ocho días no le saliera de la boca: ¡Kostaki ama a Edvige!
Esta frase me siguió como una amenaza hasta mi cámara, y aun allí parecíame que una voz fatal me susurrase al oído: ¡Kostaki ama a Edvige! Ahora el amor de Kostaki, me lo había dicho Gregoriska, equivalía a la muerte. Hacia las siete de la noche vi a Kostaki atravesar el patio. Se volvió para verme, pero me aparté para que no pudiera descubrirme. Estaba inquieta, pues por cuanto podía yo ver desde mi ventana, me parecía que él iba directamente hacia la caballeriza. Me arriesgué a correr los cerrojos de una de las puertas internas de mi cámara y pasar a la cámara vecina, desde donde podía ver todo lo que él estaba por hacer. Dirigíase, en efecto, hacia la caballeriza, y cuando hubo llegado a ella sacó él mismo su caballo favorito, ensillándolo de su propia mano con el cuidado de un hombre que da la mayor importancia a cada detalle. Vestía el mismo traje que cuando se me apareciera la vez primera, pero no llevaba otra arma que el sable. Cuando hubo ensillado el caballo, miró otra vez hacia la ventana de mi cámara. No habiéndome visto, saltó sobre la silla, se hizo abrir la misma puerta por la que saliera y debía volver su hermano, y se alejó a todo galope en dirección del monasterio de Hango. Se me apretó entonces terriblemente el corazón; un fatal presentimiento me decía que Kostaki iba al encuentro de su hermano. Estuve a la ventana hasta cuando pude distinguir el camino que, a un cuarto de legua de distancia del castillo, hacía un recodo a la izquierda y se perdía en el comienzo de un bosque. Pero la noche se tornaba cada vez más cerrada, y pronto no pude yo distinguir más el camino.
Me quedé todavía.
Finalmente, la inquietud que me atormentaba renovó, precisamente por exceso, mis fuerzas, y pues las primeras noticias, de uno o de otro hermano, debían llegarme en la sala inferior, bajé.
Miré ante todo Smeranda. En la tranquilidad de su rostro advertí que no tenía ninguna aprensión; daba órdenes para la acostumbrada cena, y los cubiertos de los hermanos estaban en los lugares habituales. No me atreví a interrogar a nadie. Por otra parte, ¿a quién hubiera podido dirigirme? En el castillo ninguno, excepto Kostaki y Gregoriska, hablaban las dos lenguas que yo sabía. Me sobresaltaba al mínimo rumor. Por costumbre, nos poníamos a la mesa a las nueve.
Había bajado a la sala a las ocho y media, y seguía con la mirada la aguja de los minutos, cuyo avance era casi visible sobre el amplio cuadrante del reloj. La viajera aguja transitó la distancia que nos separaba del cuarto de hora.
El cuarto golpeó, y las vibraciones resonaron profundas y tristes; en seguida, la aguja continuó su girar silencioso, y la vi recorrer de nuevo la distancia con la regularidad y la lentitud de la punta de un compás. Algunos minutos antes de dar las nueve parecióme oír el pataleo de un caballo en el patio. Lo oyó también Smeranda, y volvió el rostro hacia la ventana: pero la noche era demasiado oscura para poder distinguir objeto alguno. ¡Oh! Si me hubiera mirado en aquel momento, cuán presto habría adivinado lo que pasaba en mi corazón...
Se había oído el patalear de un solo caballo, y era cosa muy natural, pues estaba yo bien segura de que habría regresado un solo caballero. ¿Pero cuál? Resonaron algunos pasos en la antecámara; pasos lentos, como los de un hombre que camina hesitando: cada uno de ellos me parecía transitarme el corazón. La puerta se abrió, y en la oscuridad vi delinearse una sombra.
La sombra se detuvo un instante en la puerta; el corazón se me quedó en suspenso. La sombra avanzó, y a medida que entraba en el círculo de la luz, recobraba yo el aliento.
Reconocí a Gregoriska. Algunos momentos más, y el corazón se me quebraba. Reconocí a Gregoriska, pero estaba pálido como un cadáver. Con sólo verle podíase adivinar que había acontecido algo terrible. "¿Eres tú, Kostaki?", preguntó Smeranda. "No, madre mía", contestó Gregoriska con sorda voz. "¡Ah, al fin!", dijo ella, "¿y desde cuándo acá toca a vuestra madre esperaros?" "Madre mía", dijo Gregoriska mirando la péndola, "apenas son las nueve". Y efectivamente en ese mismo momento sonaron las nueve. "Es verdad", dijo Smeranda. "¿Dónde está vuestro hermano?
A pesar mío se presentó en mi mente el pensamiento de que Dios había hecho la misma pregunta a Caín. Gregoriska no contestó. "Nadie ha visto hasta ahora a Kostaki ?", preguntó Smeranda.
El vatar, o sea el mayordomo, fue a informarse.
"Hacia las siete", dijo él de regreso, "el conde ha estado en las caballerizas, ha ensillado con propia mano su caballo, y ha partido por el camino de Hango".
En ese instante mis ojos se encontraron con los de Gregoriska. No sé si fue realidad o alucinación, pero me pareció notar una gota de sangre en medio de su frente. Me llevé lentamente el dedo a la frente indicando el punto donde creía yo ver aquella mancha, Gregoriska me comprendió: sacó el pañuelo, secándose. "Sí, sí", murmuró Smeranda, "habrá encontrado algún lobo u oso, y se habrá entretenido en perseguirlo. He aquí por qué un hijo hace esperar a su madre. ¿Dónde le habéis dejado, Gregoriska?" "Madre mía", respondió éste con voz conmovida pero firme, "mi hermano y yo no hemos salido juntos". "Bien", dijo Smeranda. "Vamos a la mesa, cada uno póngase en su lugar, y luego ciérrense las puertas; quien esté afuera, dormirá afuera."
Las dos primeras partes de estas órdenes fueron estrictamente ejecutadas. Smeranda se puso en su lugar, Gregoriska se sentó a su diestra, yo a su siniestra. Después los servidores salieron para cumplir la tercera parte de las órdenes, es decir para cerrar las puertas del castillo. En ese momento mismo se escuchó un gran estrépito en el patio, y un servidor entró espantado diciendo:
"Princesa, ha entrado en este instante al patio el caballo del conde Kostaki, solo y por entero cubierto de sangre". "¡Oh!", murmuró Smeranda levantándose pálida y amenazadora; "de tal modo volvió una noche al castillo el caballo de su padre".
Dirigió una mirada a Gregoriska, no estaba pálido ya, estaba lívido. El caballo del conde Koproli, en efecto, había regresado una noche al castillo todo manchado de sangre, y una hora después los servidores encontraron y trajeron el cuerpo del amo cubierto de heridas. Smeranda tomó una antorcha de manos de un criado, acercóse a la puerta y abriéndola bajó al patio. El caballo, espantado, era retenido trabajosamente por tres o cuatro servidores que hacían toda clase de esfuerzos para tranquilizarlo, Smeranda se aproximó al animal, examinó la sangre que cubría la silla y vio una herida en su testuz.
"Kostaki fue muerto de frente", dijo ella, "en duelo, y por un solo enemigo. Buscad su cuerpo, hijos míos, más tarde buscaremos al homicida".
Así como el caballo había entrado por la puerta de Hango, todos los servidores se precipitaron afuera por ella, y se vieron sus antorchas perderse en la campiña y entrar en lo profundo del bosque, como en una hermosa noche de estío se ven centellear las luciérnagas en la llanura de Niza o de Pisa.
Smeranda, como si hubiera estado segura de que la búsqueda no duraría mucho, aguardó enhiesta en la puerta. Ni una lágrima humedecía las mejillas de aquella madre desolada, sin embargo se veía que la desesperación rugía tempestuosa en lo profundo de su corazón... Gregoriska estaba detrás de ella, y yo cerca de Gregoriska. Al abandonar la sala, pareció querer ofrecerme su brazo, pero no se había atrevido a hacerlo. De ahí en cerca de un cuarto de hora se vio aparecer en el recodo del camino una antorcha, luego una segunda, una tercera, y finalmente distinguiéronse todas. Sólo que ahora, en vez de dispersarse estaban agrupadas en torno a un centro común. Ese centro era, como bien pronto se pudo advertir, unas parihuelas con un hombre tendido sobre ellas. El fúnebre cortejo avanzaba lentamente, pero al cabo de diez minutos, quienes le llevaban se descubrieron instintivamente la cabeza, y taciturnos entraron en el patio, donde fue depositado el cuerpo. Entonces, con un majestuoso gesto Smeranda ordenó se le abriera paso, y acercándose al cadáver puso una rodilla en tierra ante él, apartó los cabellos que le formaban un velo sobre el rostro, y estuvo contemplándolo largamente, sin derramar una lágrima. Le abrió luego la vestimenta moldava y apartóla camisa ensangrentada. La herida hallábase en la parte diestra del pecho. Debía haber sido hecha con una hoja recta y de dos filos. Recordé haber visto esa mañana misma al a costado de Gregoriska el largo cuchillo de caza que servía de bayoneta a su carabina. Busqué con los ojos el arma: no estaba ya allí. Smeranda se hizo llevar agua, mojó en ella su pañuelo y lavó la llaga. Una sangre pura y tibia todavía enrojeció los labios de la herida. El espectáculo que tenía bajo los ojos era a un tiempo atroz y sublime. Aquella vasta cámara ahumada por las antorchas de resina, aquellos rostros bárbaros, aquellos ojos centelleantes de ferocidad, aquellos ropajes singulares, aquella madre que, a la vista de la sangre aun cálida, calculaba cuánto tiempo hacía que la muerte arrebatara a su hijo, aquel profundo silencio interrumpido sólo por los sollozos de los bandidos cuyo jefe era Kostaki, todo eso, repito, tenía en sí algo de atroz y de sublime. Smeranda acercó sus labios a la frente de su hijo, y se levantó; en seguida, echándose a las espaldas las largas trenzas de blancos cabellos que se le había desunido:
"¡Gregoriska!", dijo. Gregoriska se estremeció, sacudió la cabeza y saliendo de su atonía: "Madre mía", respondió.
"Venid aquí, hijo mío, y escuchadme."
Gregoriska obedeció, temblando, pero obedeció.
A medida que se aproximaba al cuerpo de Kostaki, la sangre brotaba de la herida más abundante y más roja. Afortunadamente Smeranda no miraba más hacia aquel lado, pues a la vista de aquella sangre no habría tenido ya necesidad de buscar el asesino. "Gregoriska", dijo ella, "bien sé que Kostaki y tú no os mirabais con buenos ojos, bien sé que tú eres un Waivady por parte de tu padre, y él un Koproli por parte del suyo, pero por parte de vuestra madre sois ambos de la sangre de los Brankovan. Sé que tú eres un hombre de ciudad occidental y él un hijo de las montañas orientales; pero por el seno que os llevó a ambos, sois hermanos.
¡Pues bien! Gregoriska, quiero saber si mi hijo será llevado a yacer junto a la tumba de su padre sin que haya sido pronunciado el juramento, si yo en fin podré llorar tranquila, como mujer, descansando en vos, vale decir en un hombre, para el castigo". "Decidme, señora, el nombre del homicida, y ordenad; os juro que dentro de una hora, si vos lo exigís, habrá dejado de vivir." "¿Juráis so pena de mi maldición, lo habéis entendido, hijo mío? ¿Juráis que el asesino morirá, que no dejaréis piedra sobre piedra de su casa: que su madre, sus hijos, sus hermanos, su mujer o su prometida perecerán por vuestra mano? Juradlo, y, al jurarlo, invocad sobre vos la cólera celeste, si faltáis a la sacra promesa. Si faltáis a esta sacra promesa, padeceréis la miseria, la execración de los amigos, la maldición de vuestra madre."
Gregoriska extendió la mano sobre el cadáver, y: "¡Juro que el asesino morirá", dijo.
A aquel singular juramento, cuyo verdadero sentido yo sola y el muerto quizá podíamos comprender, vi o creí ver cumplirse un horrendo prodigio. Los ojos del cadáver se abrieron, se fijaron sobre mi más vivos cual nunca los viera, y, como si aquella mirada hubiera sido palpable, sentí penetrarme hasta el corazón un hierro candente. No resistí tanto dolor, y me desvanecí.
Cuando recobré los sentidos me encontré acostada sobre el lecho de mi cámara: una de las dos mujeres velaba cerca de mí. Pregunté dónde estaba Smeranda; me fue contestado que velaba junto al cuerpo de su hijo. Pregunté dónde estaba Gregoriska: se me dijo que en el monasterio de Hango.
Ahora no era preciso huir: ¿no había muerto Kostaki? No se debía ya hablar de boda, ¿podía yo casarme con el fratricida? Transcurrieron así tres días y tres noches en medio de extraños sueños. En la vigilia y en el sueño veía siempre aquellos dos ojos vivos en ese rostro de muerto: era una visión horrenda. Kostaki debía ser sepultado al tercer día.
Por la mañana me fue traído de parte de Smeranda un vestido completo de viuda. Me lo puse y bajé. La casa parecía vacía, todos estaban en la capilla. Me encaminé hacia ella, y al tiempo que trasponía su umbral, vino a mi encuentro Smeranda a quien no había visto desde hacia tres días.
Hubierais dicho que era la imagen del Dolor. Con lento movimiento como el de una estatua, posó sobre mi frente sus helados labios, y con voz que parecía salir ya de la tumba, pronunció las habituales palabras; ¡Kostaki os ama!... No os podéis imaginar el efecto que produjeron en mi aquellas palabras. Esa protesta de amor expresada en presente en vez de en pasado, que decía os ama, y no ya os amaba; ese amor de ultratumba que venía a buscarme en la vida, hizo sobre mi corazón una impresión terrible. Al mismo tiempo apoderábase de mí un extraño sentimiento, tal como si fuera verdaderamente la mujer de aquel que había muerto, no la prometida del vivo. Aquel ataúd me atraía a mi pesar, dolorosamente, como la sierpe atrae al pajarillo por ella fascinado.
Busqué con los ojos a Gregoriska; lo vi pálido y enhiesto contra una columna: miraba hacia lo alto. No sé decir si me vio. Los monjes del convento de Hango rodeaban el cuerpo cantando salmos del rito griego, a veces armoniosos, con frecuencia monótonos. También yo hubiera querido orar, pero la plegaria expiraba en mis labios; mi mente estaba tan confusa que parecíame antes bien presenciar un consistorio de demonios que una reunión de monjes. Cuando fue sacado el cuerpo de allí, quise seguirlo, pero desfallecieron mis fuerzas. Sentí doblárseme las piernas, y me apoyé en la puerta. Entonces Smeranda se me acercó e hizo una seña a Gregoriska. Este se aproximó. Smeranda me habló en moldavo:
"Mi madre me ordena repetiros palabra por palabra lo que va a decir", me expresó Gregoriska.
Smeranda habló de nuevo; cuando hubo terminado:
"He aquí las palabras de mi madre", dijo él: "Lloráis a mi hijo, Edvige, vos le amabais, ¿verdad? Os agradezco vuestras lágrimas y vuestro amor; de ahora en adelante tenéis una patria, una madre, una familia. Derramemos las muchas lágrimas debidas a los muertos, luego seamos de nuevo dignas ambas de aquel que ya no es... ¡yo su madre, vos su mujer! Adiós, tornad a vuestra cámara; yo acompañaré a mi hijo hasta su última morada; cuando regrese, me encerraré en mi estancia con mi dolor, y me volveréis a ver sólo cuando lo haya vencido; estad tranquila, mataré este dolor, porque no quiero que me mate a mí".
A estas palabras de Smeranda, traducidas por Gregoriska, no pude responder sino con un gemido. Subí a mi cámara: el fúnebre cortejo se alejó, y lo vi desaparecer en el ángulo del camino. El convento de Hango estaba a sólo media legua de distancia del castillo en línea recta; pero los obstáculos del suelo hacían dar muchas vueltas al camino, de modo que se empleaban dos horas en recorrer aquel espacio. Era el mes de noviembre. Las jornadas habíanse tornado frías y breves, y a las cinco ya era noche oscura. Hacia las siete vi reaparecer las antorchas; el cortejo fúnebre había regresado. El cadáver reposaba en la tumba de sus padres; todo estaba concluido.
Os dije ya en qué singular pesadilla vivía presa luego del fatal suceso que nos sumergiera a todos en el duelo, y sobre todo después que viera reabrirse y fijarse sobre mí los ojos cerrados del muerto. La noche que siguió, oprimida por las emociones experimentadas durante el día, estaba aún más triste. Escuchaba sonar todas las horas del reloj del castillo, y a medida que el tiempo fugitivo me acercaba al momento en que había muerto Kostaki, sentíame cada vez más desconsolada. Sonaron las nueve menos cuarto. Entonces se apoderó de mí una extraña sensación. Me corría por todo el cuerpo un terror, un estremecimiento que me helaba; luego una especie de sueño invencible entorpecía mis sentidos, oprimíame el pecho, y me velaba los ojos. Tendí el brazo y fui a caer de espaldas sobre el lecho. Sin embargo no había perdido totalmente los sentidos como para que no pudiera oír como unos pasos acercándose a mi puerta, después me pareció abrirse la puerta, en seguida no vi ni escuché más nada. Sólo sentí un vivo dolor en el cuello. Luego de lo cual caí en profundo letargo.
Me desperté a medianoche; mi lámpara ardía aún; intenté levantarme, pero estaba tan débil que hube de repetir la tentativa dos veces. Finalmente logré superar mi debilidad, y como despierta sentía en el cuello el mismo dolor que experimentara en el sueño, me arrastré, apoyándome en el muro, hasta el espejo, y miré. Algo que semejaba la punzadura de un alfiler marcaba la arteria de mi cuello. Creí que algún insecto me hubiera picado durante el sueño, y como me sentía abatida por la extenuación, me acosté de nuevo y me dormí. A la mañana me desperté como de costumbre; pero entonces sentí una tal debilidad como la experimentara sólo una vez en mi vida, a la mañana siguiente de un día en que fuera sangrada. Me miré en el espejo, y me sorprendí de mi extraordinaria palidez. La jornada transcurrió triste y oscura; experimentaba yo una cosa singular; cuando me encontraba en un lugar sentía necesidad de quedarme allí: cualquier cambio de posición me fatigaba.
Llegada la noche, me trajeron la lámpara; mis mujeres, según podía yo comprender por sus gestos, se ofrecieron a quedarse conmigo. Se lo agradecí y salieron. A la misma hora que la noche precedente experimenté los mismos síntomas. Quise levantarme entonces y pedir ayuda; pero no pude llegar a la salida. Oí vagamente dar las nueve menos cuarto; los pasos resonaron, abrióse la puerta, pero yo no veía ni escuchaba nada, y, como la noche anterior, caí de espaldas sobre el lecho. Como el día anterior experimenté un dolor en el mismo sitio. Como el día anterior me desperté a medianoche; pero más pálida y más débil aún. Al día siguiente renovóse la horrible pesadilla.
Estaba decidida a bajar a la estancia de Smeranda por muy débil que me sintiera, cuando entró en la cámara una de mis mujeres y pronunció el nombre de Gregoriska. El joven la seguía. Intenté levantarme para recibirle; pero volví a caer en mi sillón. El dio un grito al verme, y quiso lanzarse hacia mí; pero tuve la fuerza de tender el brazo hacia él.
"¿Qué venís a hacer aquí?, le pregunté. "¡Ay!", dijo él; "¡venía a deciros adiós! A deciros que abandono este mundo que me es insoportable sin vuestro amor y vuestra presencia; a anunciaros que me retiro al monasterio de Hango". "Gregoriska", le respondí, "estáis privado de mi presencias, pero no de mi amor. ¡Ay! Os amo siempre, y mi mayor pena es que este amor sea en adelante casi un delito". "Entonces, ¿puedo esperar que rogaréis por mí, Edvige? "Sí, pero no lo podré hacer por largo tiempo", repliqué yo con una sonrisa. "¿Por qué no? Pero en verdad os veo muy abatida, Decidme, ¿qué tenéis? ¿Por qué tan pálida?" "Porque... Dios tiene ciertamente piedad de mí, y a él me llama."
Gregoriska se me acercó, tomóme una mano que no tuve fuerza de sustraerle, mirándome fijo al rostro: "Esa palidez no es natural. Edvige" me dijo; "¿cuál es la causa?" "Si os la dijera, Gregoriska, creeríais que estoy loca." "No, no, hablad, Edvige, os lo suplico; estamos en un país que no se parece a ningún otro país, en una familia que no se asemeja a ninguna otra familia. Decidme, decídmelo todo, os lo encarezco."
Se lo narré todo: la extraña alucinación que me poseía a la hora en que Kostaki debió morir; ese terror, ese letargo, ese frío glacial, esa postración que me hacía caer de espaldas sobre el lecho, ese ruido de pasos que me parecía oír, esa puerta que creía ver abrirse, y finalmente ese agudo dolor en el cuello seguido de una palidez y de una debilidad siempre crecientes. Creía yo que mi relato parecería a Gregoriska un comienzo de locura, y lo terminaba con una cierta timidez, cuando por el contrario advertí que me prestaba gran atención.
Cuando hube terminado de hablar, Gregoriska reflexionó un instante. "¿De manera —preguntó él— que os dormís cada noche a las nueve menos cuarto?" "Sí, por muchos que sean los esfuerzos que hago para resistir al sueño." "¿Y a esa misma hora creéis ver abrirse la puerta?" "Sí, aunque eche el cerrojo." ¿Y luego experimentáis un agudo dolor en el cuello?" "Sí, aunque sea apenas visible la señal de la herida". ¿Me permitís ver?" Doblé la cabeza hacia atrás. Examinó él la cicatriz. "Edvige —dijo Gregoriska después de un momento de reflexión—, ¿tenéis confianza en mí?" "¿Me lo preguntáis?", contesté. "¿Creéis en mi palabra?" "Como creo en el Evangelio." "¡Bien! Edvige, por mi fe, os juro que no tenéis ocho días de vida, si no consentís hacer, hoy mismo, lo que voy a deciros." "¿Y si consiento?" "Si consentís, quizás os salvéis." "¿Quizás? Él se calló. "Suceda lo que fuere, Gregoriska", continué diciendo yo "haré cuanto me ordenéis hacer". "Escuchad entonces", dijo él. "y ante todo no os espantéis. En vuestro país, como en Hungría y en nuestra Rumania, existe una tradición". Temblé "porque esa tradición ya había vuelto a mi memoria". "¡Ah! ¿Sabéis lo que quiero decir?" "Sí", contesté, "en Polonia vi algunas personas padecer el horrendo hecho". "Queréis hablar del vampiro, ¿no es verdad?" "Sí, niña aún, me sucedió ver desenterrar en el cementerio de una aldea perteneciente a mi padre cuarenta personas muertas en quince días, sin que se hubiera podido en ninguna ocasión acertar con la causa de su muerte. Diecisiete de esos cadáveres expusieron todos los signos de vampirismo, es decir fueron encontrados frescos como si hubieran estado vivos; los otros eran sus víctimas". "¿Y qué se hizo para liberar de eso a la región?" "Se les clavó un palo en el corazón, y luego los quemaron." "Sí, así se acostumbra hacer; pero para nosotros eso no basta. Para libraros de vuestro fantasma antes quiero conocerlo, y ¡por Dios! lo conoceré. Sí, y si es preciso, lucharé cuerpo a cuerpo con él, quienquiera fuere." "¡Oh, Gregoriska!", exclamé espantada. Dijo: "Quienquiera que fuere", lo repito. Mas para llevar a buen fin esta terrible aventura, es necesario que consintáis en hacer todo lo que os exigiré." "Decid." "Estad pronta a las siete. Descended a la capilla, pero descended sola; es necesario que venzáis a toda costa vuestra debilidad, Edvige. Allí recibiremos la bendición nupcial. Consentídmelo, amada mía: para velar por ti. Luego subiremos de nuevo a esta cámara, y entonces veremos." "¡Oh! Gregoriska", exclamé, "¡si es él, os matará!" "No temáis, amada Edvige. Consentid solamente." "Sabéis bien que haré todo lo que queráis, Gregoriska." "Entonces, hasta luego a la noche." "Sí, haced lo que creáis más oportuno, y os secundaré yo cuanto mejor pueda; adiós."
Se fue. Un cuarto de hora después vi a un caballero precipitarse a toda carrera por el camino del monasterio; era él.
Apenas le hube perdido de vista, caí de rodillas y oré, oré como ya no se reza en vuestras tierras sin fe, y aguardé a las siete, ofreciendo a Dios y a los santos el holocausto de mis pensamientos; no me levanté sino al sonar las siete. Estaba débil como una moribunda, pálida como una muerta. Me eché sobre la cabeza un gran velo negro, descendí la escalera, apoyándome en el muro, y me dirigí a la capilla sin encontrar a nadie.
Gregoriska me esperaba con el padre Basilio, prior del monasterio de Hango. Ceñía una espada santa, reliquia de un antiguo cruzado que asistiera a la toma de Constantinopla con Ville-Hardouin y Baldouin de Flandes. "Edvige", dijo él golpeando con la mano su espada, "con la ayuda de Dios, ésta romperá el encantamiento que amenaza vuestra vida. Acercaos pues resueltamente; este santo hombre, que ya ha recibido mi confesión, recibirá nuestros juramentos".
Comenzó la ceremonia; quizá nunca otra fue más sencilla y a un tiempo más solemne. Nadie asistía al monje; él mismo nos puso sobre la cabeza las coronas nupciales. Vestidos ambos de luto, giramos en torno al altar con un cirio en la mano; luego el monje, tras de pronunciar las sacras palabras, agregó: "Idos ahora, hijos míos, y el Señor os dé fuerza y valor para luchar contra el enemigo del humano género. Armados de vuestra inocencia y defendidos por Su justicia, venceréis al demonio. Id, y benditos seáis".
Besamos los libros santos y salimos de la capilla. Entonces por vez primera me apoyé en el brazo de Gregoriska, y parecióme que al contacto de aquel fuerte brazo, de aquel noble corazón, volvía a mis venas la vida. Estaba segura del triunfo, porque Gregoriska estaba conmigo; subimos a mi cámara. Sonaban las ocho y media.
"Edvige", me dijo entonces Gregoriska "no tenemos tiempo que perder. ¿Quieres dormir, como de costumbre, para que todo suceda durante tu sueño, o bien permanecer desvelada y verlo todo?" "Junto a ti nada temo: quiero permanecer despierta y verlo todo."
Gregoriska extrajo de su pecho un boj bendito, húmedo aún de agua santa, y me lo dio: "Toma entonces esta ramita", me dijo, "acuéstate en tu lecho, recita las preces de la Virgen y aguarda sin temor. Dios está con nosotros. Cuida ante todo de no dejar caer la ramita; con ella podrás ordenar aun en el infierno. No me llames, no des ningún grito; reza, confía y aguarda".
Me acosté en el lecho. Crucé las manos sobre el seno, y puse sobre él la ramita bendecida. Gregoriska ocultóse tras del trono de que ya os hablé. Contaba yo los minutos, y de seguro mi esposo hacía lo mismo. Sonaron los tres cuartos. Vibraba aún el tañir del martillo, cuando me sentí presa del mismo entorpecimiento, del mismo terror y del mismo frío glacial de los días precedentes; acerqué a mis labios la rama bendita, y aquella primera sensación se desvaneció. Oí entonces muy claro el ruido de aquel conocido paso lento y medido que subía los peldaños de la escalera, y se aproximaba a la puerta. Luego la puerta se abrió despaciosamente, sin ruido, como empujada por sobrenatural fuerza, y entonces...
La voz se apagó a medias, casi sofocada en la garganta de la narradora.
Y entonces, continuó haciendo un esfuerzo, vi a Kostaki, pálido como se me apareciera en las parihuelas; los largos cabellos negros, cayéndole sobre las espaldas, goteaban sangre; vestía como de costumbre, pero tenía descubierto el pecho y dejaba ver su sangrante herida. Todo estaba muerto, todo era cadáver...carne, ropas, porte... solamente los ojos, aquellos terribles ojos, estaban vivos.
Ante aquella aparición, ¡extraño es decirlo!, en vez de sentir duplicárseme el espanto, sentí crecerme el valor. Dios me lo enviaba de seguro para decidir mi situación y defenderme del infierno. Al primer paso que el espectro dio hacia mi lecho, le clavé intrépidamente los ojos en el rostro y le presenté la rama bendita. El espectro intentó avanzar, pero un poder más fuerte que él lo retuvo en el sitio. Se detuvo. "¡Oh", murmuró; "ella no duerme, lo sabe todo". Pronunció él estas palabras en lengua moldava, y sin embargo las comprendí yo como si hubieran sido pronunciadas en lengua por mí sabida.
Estábamos así uno frente al otro, el fantasma y yo, sin que pudiera apartar mis miradas de las suyas, cuando con el rabillo del ojo vi a Gregoriska salir detrás del baldaquino, semejante al ángel exterminador y con la espada en el puño. Se hizo la señal de la cruz con la mano siniestra, y avanzó lentamente con la espada tendida vuelta hacia el fantasma; éste, al ver al hermano, desenvainó también el sable soltando una horrible carcajada; pero apenas su sable tocó el hierro bendito, el brazo le cayó inerte junto al cuerpo. Kostaki exhaló un suspiro de rabia y desesperación. "¿Qué quieres de mí?", preguntó al hermano. "En nombre del Dios verdadero y viviente", dijo Gregoriska, "conjúrote a que respondas." "Habla", dijo el espectro rechinando los dientes. "¿Te he tendido yo una emboscada?" "No." "¿Te he asaltado yo?" "No." "Te he herido yo?" "No." "Te arrojaste tú mismo sobre mi espada y tú mismo corriste al encuentro de la muerte. Luego, ante Dios y los hombres no soy culpable yo del delito de fratricidio; luego no has recibido una misión divina sino infernal; luego has salido de tu tumba no como una sombra santa sino como un espectro maldito, y volverás a tu tumba." "¡Con ella, sí!", exclamó Kostaki haciendo un supremo esfuerzo para apoderarse de mí. "¡Volverás allá solo!", exclamó a su vez Gregoriska; "esta mujer me pertenece".
Y al pronunciar tales palabras tocó con la punta del hierro bendito la llega viva. Kostaki exhaló un grito como si le hubiera tocado una espada de fuego y, llevándose una mano al pecho, dio un paso atrás. Al mismo tiempo, Gregoriska, con un movimiento que parecía coordinado con el del hermano, dio un paso adelante; entonces, con los ojos fijos en los ojos del muerto, con la espada contra el pecho de su hermano, comenzó una marcha lenta, terrible, solemne. Era algo semejante al pasaje de don Juan y el comendador; el espectro retrocedía bajo la presión de la sacra espada, bajo la voluntad irresistible del campeón de Dios, que lo seguía paso a paso, sin pronunciar una palabra, ambos anhelantes, ambos lívidos del rostro, el vivo arrojando al muerto y obligándolo a abandonar el castillo, su anterior morada, para volver a la tumba, su morada futura... Os lo aseguro, a fe mía, ¡era cosa horrenda de verse! Y sin embargo, yo misma, movida por una fuerza superior, invisible, desconocida, sin saber lo que hacía, me levanté y los seguí. Bajamos la escalera, iluminados sólo por las ardientes pupilas de Kostaki. Atravesamos la galería y el patio, y luego traspusimos la puerta siempre con el mismo paso medido, el espectro retrocediendo, Gregoriska con el brazo tendido, yo detrás de ellos.
Esta marcha fantástica duró una hora, pues era necesario volver el cadáver a su tumba; pero en vez de seguir el camino acostumbrado, Kostaki y Gregoriska atravesaron el terreno en línea recta, cuidándose poco de los obstáculos, que para ellos ya no existían; ante ellos el suelo se allanaba, los torrentes se secaban, los árboles se apartaban, las rocas se abrían. El mismo milagro se operaba para mí: sólo que el cielo me parecía todo cubierto de un negro velo, las lunas y las estrellas habían desaparecido y en medio de las tinieblas sólo veía resplandecer los ojos llameantes del vampiro. Llegamos de tal modo a Hango y pasamos a través del seto vivo de madroños que servía de cerco al cementerio. Apenas entrada, distinguí entre las sombras la tumba de Kostaki, junto a la de su padre, no sabía que estuviera allí y sin embargo la reconocí. Nada me era desconocido en aquella noche.
Gregoriska se detuvo al borde de la fosa abierta. "Kostaki", dijo él, "aun no está todo terminado para ti, y una voz del cielo me avisa que se puede ser concebido el perdón si te arrepientes; ¿prometes retornar a la tumba?, ¿no salir de ella más?, ¿consagrar a Dios el culto que consagraste al infierno?". "¡No!", respondió Kostaki. "¿Te arrepientes?", preguntó Gregoriska. "¡No!" "Por última vez, ¿te arrepientes?" "¡No!" "Por última vez, ¿te arrepientes?" "¡Bien!" invoca la ayuda de Satanás, como invoco yo la de Dios, y veremos quién saldrá esta vez aún victorioso."
Resonaron simultáneamente dos gritos; los hierros se cruzaron despidiendo centellas, y la lucha duró un minuto que me pareció un siglo. Kostaki cayó; vi alzarse la terrible espada de su hermano, introducírsela en el cuerpo, y clavar ese cuerpo sobre la tierra recién removida. Un último grito que nada tenía de humano se alzó por el aire. Acudí: Gregoriska estaba en pie, pero vacilante. Le di apoyo con mis brazos.
"¿Estás herido?", le pregunté ansiosamente. "No", me respondió, "pero en tal duelo, querida Edvige, la lucha, no la herida, mata. He luchado con la muerte, y a ella pertenezco". "Amigo, amigo", exclamé, "aléjate de aquí y acaso vuelvas a la vida". "No, ésta es mi tumba, Edvige, pero no perdamos tiempo; toma un poco de esta tierra impregnada de su sangre y aplícala a la mordedura que te hizo; es el único medio que puede preservarte en el porvenir de su horrendo amor."
Obedecí temblando. Me incliné para recoger aquella tierra sanguinosa, y al doblarme vi el cadáver clavado al suelo: la espada bendita le atravesaba el corazón, y una sangre oscura le brotaba abundante de la herida, como si hubiera muerto en aquel momento.
Amasé un poco de tierra con la sangre, y apliqué a mi herida el espantoso talismán. "Ahora, mi adorada Edvige", dijo Gregoriska con voz semiapagada, "escucha bien mi último consejo. Abandona el país apenas te sea posible. Sólo la distancia es una seguridad para ti. El padre Basilio recibió hoy mi suprema voluntad y la cumplirá. "Edvige, un beso! ¡El último, el único beso! ¡Edvige, me muero!" Y así diciendo, Gregoriska cayó junto al hermano.
En cualquier otra circunstancia, en medio de aquel cementerio, cerca de aquella tumba abierta, con aquellos dos cadáveres yaciendo uno junto al otro, hubiera enloquecido; pero como dije ya, Dios me había inspirado una fuerza igual a los acontecimientos, de los que él me hacía no sólo testigo sino también actriz. Mientras miraba a mi alrededor en busca de ayuda, vi abrirse la puerta del monasterio y avanzar los monjes de a dos conducidos por el padre Basilio, llevando cirios ardientes y cantando las preces de difuntos. El padre Basilio había llegado hacía poco al convento, y previendo lo sucedido, dirigíase al cementerio con toda la congregación. Me encontró viva cerca de los dos muertos. Una última convulsión había retorcido el rostro de Kostaki; Gregoriska en cambio estaba tranquilo y casi sonriente. Fue sepultado, como lo deseara él, junto al hermano, el cristiano junto al maldito. Smeranda, cuando tuvo noticia de la nueva desdicha, quiso verme, fue a buscarme al convento de Hango, y supo de mis labios cuanto había acontecido en aquella tremenda noche.
Le referí todos los detalles de la fantástica historia, pero ella me escuchó, como ya me escuchara Gregoriska, sin mostrar estupor ni espanto. "Edvige", me contestó ella después de un instante de silencio, "por muy extraño que sea lo que me habéis narrado, dijisteis sólo la verdad. La estirpe de los Brankovan está maldita hasta la tercera y cuarta generación, porque un Brankovan mató a un sacerdote. El término de la maldición ha llegado, pues vos, aunque esposa, sois virgen, y en mí se extingue el linaje. Si mi hijo os ha dejado en herencia un millón, tomadlo. Después de mi muerte, salvo los píos legados que tengo la intención de hacer, recibiréis el resto de mis bienes. Y ahora seguid el consejo de vuestro esposo. Volveos lo más presto que podáis a aquellas tierras donde Dios no permite se cumplan tan horrendos prodigios. No necesito de nadie para llorar conmigo a mis hijos. Mi dolor quiere soledad. Adiós, no me tengáis ya en cuenta. Mi suerte futura me pertenece a mí sola y a Dios".
Y luego de besarme en la frente como de costumbre, me dejó y fue a encerrarse en el castillo de Brankovan.
Ocho días después partí para Francia. Como lo esperara Gregoriska, mis noches no fueran turbadas ya por el terrible fantasma. Restablecióse mi salud, y de aquel suceso no me quedó otro recuerdo fuera de esta palidez mortal que suele acompañar hasta la tumba a toda humana criatura que haya sufrido el beso de un vampiro.
La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador
La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador
Charles Dickens.
En una antigua ciudad abacial, en el sur de esta parte del país, hace mucho, pero que muchísimo tiempo -tanto que la historia debe ser cierta porque nuestros tatarabuelos creían realmente en ella-, trabajaba como enterrador y sepulturero del campo santo un tal Gabriel Grub. No se deduce en absoluto de ello que porque un hombre sea enterrador, esté rodeado constantemente por los emblemas la mortalidad, tenga que ser un hombre melancólico y triste; entre los funerarios se encuentran los tipos más alegres del mundo; en una ocasión tuve honor de trabar amistad íntima con uno muy silencioso que en su vida privada, estando fuera de ser necio, era el tipo más cómico y jocoso que haya gorjeado nunca canciones osadas, sin el menor tropiezo de su memoria, ni que haya vaciado nunca el contenido de un buen vaso sin detenerse ni a respirar. Pe no obstante estos precedentes que parecen contrariar la historia, Gabriel Grub era un tipo malparado, intratable y arisco, un hombre taciturno y solitario que no se asociaba con nadie sino consigo mismo, aparte de con una antigua botella forrada o cestería que ajustaba en el amplio bolsillo de chaleco, y que contemplaba cada rostro alegre que pasara junto a él con tan poderoso gesto de malicia y mal humor que resultaba difícil enfrentarlo sin tener una sensación terrible.
Poco antes del crepúsculo, el día de Nochebuena, Gabriel se echó al hombro el azadón, encendió el farol y se dirigió hacia el cementerio viejo, pues tenía que terminar una tumba para la mañana siguiente, y como se sentía algo bajo de ánimo pensó que quizá levantara su espíritu si se ponía a trabajar enseguida. En el camino, al subir por una antigua calle, vio la alegre luz de los fuegos chispeantes que brillaban tras los viejos ventanos, y escuchó las fuertes risotadas y los alegres gritos de aquellos que se encontraban reunidos; observó los ajetreados preparativos de la alegría del día siguiente y olfateó los numerosos y sabrosos olores consiguientes que ascendían en forma de nubes vaporosas desde las ventanas de las cocinas. Todo aquello producía rencor y amargura en el corazón de Gabriel Grub; y cuando grupos de niños salían dando saltos de las casas, cruzaban la carretera a la carrera y antes de que pudieran llamar a la puerta de enfrente eran recibidos por media docena de pillastres de cabello rizado que se ponían a cacarear a su alrededor mientras subían todos en bandada a pasar la tarde dedicados a sus juegos de Navidad, Gabriel sonreía taciturno y aferraba con mayor firmeza el mango de su azadón mientras pensaba en el sarampión, la escarlatina, el afta, la tos ferina y otras muchas fuentes de consuelo.
Gabriel caminaba a zancadas en ese feliz estado mental: devolviendo un gruñido breve y hosco a los saludos bienhumorados de aquellos vecinos que pasaban junto a él, hasta que se metía en el oscuro callejón que conducía al cementerio. Gabriel llevaba ya tiempo deseando llegar al callejón oscuro, porque hablando en términos generales era un lugar agradable, taciturno y triste que las gentes de la ciudad no gustaban de frecuentar, salvo a plena luz del día cuando brillaba el sol; por ello se sintió no poco indignado al oír a un joven granuja que cantaba estruendosamente una festiva canción sobre unas navidades alegres en aquel mismo santuario que había recibido el nombre de CALLEJÓN DEL ATAÚD desde época de la vieja abadía y de los monjes de cabeza afeitada. Mientras Gabriel avanzaba la voz fue haciéndose más cercana y descubrió que procedía de un muchacho pequeño que corría a solas con la intención de unirse a uno de los pequeños grupos de la calle vieja, y que en parte para hacerse compañía a mismo, y en parte como preparativo de la ocasión vociferaba la canción con la mayor potencia de sus pulmones. Gabriel aguardó a que llegara el muchacho, le acorraló en una esquina y le golpeó cinco seis veces en la cabeza con el farol para enseñarle a modular la voz. Y mientras el muchacho escapó corriendo con la mano en la cabeza y cantando una melodía muy distinta, Gabriel Grub sonrió cordialmente para sí mismo y entró en el cementerio, cerrando la puerta tras él.
Se quitó el abrigo, dejó en el suelo el farol y metiéndose en la tumba sin terminar trabajó en ella durante una hora con muy buena voluntad. Pero la tierra se había endurecido con la helada y no era asunto fácil desmenuzarla y sacarla fuera con la pala; y aunque había luna, ésta era muy joven e iluminaba muy poco la tumba, que estaba a la sombra de la iglesia. En cualquier otro momento estos obstáculos hubieran hecho que Gabriel Grub se sintiera desanimado y desgraciado, pero estaba tan complacido de haber acallado los cantos del muchachito que apenas se preocupó por los escasos progresos que hacía y miró la tumba, cuando llegada la noche hubo terminado el trabajo, con melancólica satisfacción, murmurando mientras recogía sus herramientas:
Valiente acomodo para cualquiera,
valiente acomodo para cualquiera,
unos pies de tierra fría cuando la vida ha terminado,
una piedra en la cabeza, una piedra en los pies,
una comida rica y jugosa para los gusanos,
la hierba sobre la cabeza, y la tierra húmeda alrededor,
¡valiente acomodo para cualquiera,
aquí en el camposanto!
-¡Ja, ja! -echó a reír Gabriel Grub sentándose en una lápida que era su lugar de descanso favorito; fue a buscar entonces su botella-. ¡Un ataúd en Navidad! ¡Una caja de Navidad! ¡Ja, ja, ja!
-¡Ja, ja, ja! -repitió una voz que sonó muy cerca detrás de él.
En el momento en el que iba a llevarse la botella a los labios, Gabriel se detuvo algo alarmado y miró a su alrededor. El fondo de la tumba más vieja que estaba a su lado no se encontraba más quieto e inmóvil que el cementerio bajo la luz pálida de la luna. La fría escarcha brillaba sobre las tumbas lanzando destellos como filas de gemas entre las tallas de piedra dula vieja iglesia. La nieve yacía dura y crujiente sobre el suelo, y se extendía sobre los montículos apretados de tierra como una cubierta blanca y lisa que daba la impresión de que los cadáveres yacieran allí ocultos sólo por las sábanas en las que los habían enrollado. Ni el más débil crujido interrumpía la tranquilidad profunda de aquel escenario solemne. Tan frío y quieto estaba todo que el sonido mismo parecía congelado.
-Fue el eco -dijo Gabriel Grub llevándose otra vez la botella a los labios.
-¡No lo fue! -replicó una voz profunda.
Gabriel se sobresaltó y levantándose se quedó firme en aquel mismo lugar, lleno de asombro y terror, pues sus ojos se posaron en una forma que hizo que se le helara la sangre.
Sentada en una lápida vertical, cerca de él, había una figura extraña, no terrenal, que Gabriel comprendió enseguida que no pertenecía a este mundo. Sus piernas fantásticas y largas, que podrían haber llegado al suelo, las tenía levantadas y cruzadas de manera extraña y rara; sus fuertes brazos estaban desnudos y apoyaba las manos en las rodillas. Sobre el cuerpo, corto y redondeado, llevaba un vestido ajustado adornado con pequeñas cuchilladas; colgaba a su espalda un manto corto; el cuello estaba recortado en curiosos picos que le servían al duende de golilla o pañuelo; y los zapatos estaban curvados hacia arriba con los dedos metidos en largas puntas. En la cabeza llevaba un sombrero de pan de azúcar de ala ancha, adornado con una única pluma. Llevaba el sombrero cubierto de escarcha blanca, y el duende parecía encontrarse cómodamente sentado en esa misma lápida desde hacía doscientos o trescientos años. Estaba absolutamente quieto, con la lengua fuera, a modo de burla; le sonreía a Gabriel Grub con esa sonrisa que sólo un duende puede mostrar.
-No fue el eco -dijo el duende.
Gabriel Grub quedó paralizado y no pudo dar respuesta alguna.
-¿Qué haces aquí en Nochebuena? -le preguntó el duende con un tono grave.
-He venido a cavar una tumba, señor-contestó, tartamudeando, Gabriel Grub.
-¿Y qué hombre se dedica a andar entre tumbas y cementerios en una noche como ésta? -gritó el duende.
-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -contestó a gritos un salvaje coro de voces que pareció llenar el cementerio. Temeroso, Gabriel miró a su alrededor sin que pudiera ver nada.
-¿Qué llevas en esa botella? -preguntó el duende.
-Ginebra holandesa, señor -contestó el enterrador temblando más que nunca, pues la había comprado a unos contrabandistas y pensó que quizá el que le preguntaba perteneciera al impuesto de consumos de los duendes.
-¿Y quién bebe ginebra holandesa a solas, en un cementerio, en una noche como ésta? -preguntó el duende.
-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -exclamaron de nuevo las voces salvajes.
El duende miró maliciosamente y de soslayo al aterrado enterrador, y luego, elevando la voz, exclamó:
-¿Y quién, entonces, es nuestro premio justo y legítimo?
Ante esa pregunta, el coro invisible contestó de una manera que sonaba como las voces de muchos cantantes entonando, con el poderoso volumen del órgano de la vieja iglesia, una melodía que parecía llevar hasta los oídos del enterrador un viento desbocado, y desaparecer al seguir avanzando; pero la respuesta seguía siendo la misma:
-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub!
El duende mostró una sonrisa más amplia que nunca mientras decía:
-Y bien, Gabriel, ¿qué tienes que decir a eso?
El enterrador se quedó con la boca abierta, falto de aliento.
-¿Qué es lo que piensas de esto, Gabriel? -preguntó el duende pateando con los pies el aire a ambos lados de la lápida y mirándose las puntas vueltas hacia arriba de su calzado con la misma complacencia que si hubiera estado contemplando en Bond Street las botas Wellingtons más a la moda.
-Es... resulta... muy curioso, señor -contestó el enterrador, medio muerto de miedo-. Muy curioso, y bastante bonito, pero creo que tengo que regresar a terminar mi trabajo, señor, si no le importa.
-¡Trabajo! -exclamó el duende-. ¿Qué trabajo?
-La tumba, señor; preparar la tumba -volvió a contestar tartamudeando el enterrador.
-Ah, ¿la tumba, eh? -preguntó el duende-. ¿Y quién cava tumbas en un momento en el que todos los demás hombres están alegres y se complacen en ello?
-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -volvieron a contestar las misteriosas voces.
-Me temo que mis amigos te quieren, Gabriel -dijo el duende sacando más que nunca la lengua y dirigiéndola a una de sus mejillas... y era una lengua de lo más sorprendente-Me temo que mis amigos te quieren, Gabriel -repitió el duende.
-Por favor, señor -replicó el enterrador sobrecogido por el horror-. No creo que sea así, señor; no me conocen, señor; no creo esos caballeros me hayan visto nunca, señor.
-Oh, claro que te han visto -contestó el duende-. Conocemos al hombre de rostro taciturno, ceñudo y triste que vino esta noche por la calle lanzando malas miradas a los niños y agarrando con fuerza su azadón de enterrador. Conocemos al hombre que golpeó al muchacho con la malicia envidiosa de su corazón porque el muchacho podía estar alegre y él no. Le conocemos, le conocemos.
En ese momento el duende lanzó una risotada fuerte y aguda que el eco devolvió multiplicada por veinte, y levantando las piernas en el aire, se quedó e pie sobre su cabeza, o más bien sobre la punta misma del sombrero de pan de azúcar en el borde más estrecho de la lápida, desde donde con extraordinaria agilidad dio un salto mortal cayendo directamente a los pies del enterrador, plantándose allí en la actitud en que suelen sentarse los sastres sobre su tabla.
-Me... me... temo que debo abandonarle, señor -dijo el enterrador haciendo un esfuerzo por ponerse en movimiento.
-¡Abandonarnos! -exclamó el duende-. Gabriel Grub va a abandonarnos. ¡Ja, ja, ja!
Mientras el duende se echaba a reír, el sepulturero observó por un instante una iluminación brillante tras las ventanas de la iglesia, como si el edificio por dentro hubiera sido iluminado; desapareció, el órgano atronó con una tonada animosa y grupos enteros duendes, la contrapartida misma del primero, aparecieron en el cementerio y comenzaron a jugar al salto de la rana con las tumbas, sin detenerse un instante tomar aliento y «saltando» las más altas de ellas, una tras otra, con una absoluta y maravillosa destreza. El primer duende era un saltarín de lo más notable. Ninguno de los demás se le aproximaba siquiera; incluso en su estado de terror extremo el sepulturero no pudo dejar de observar que mientras que sus amigos se contentaban con saltar las lápidas de tamaño común el primero abordaba las capillas familiares con las barandillas de hierro y todo, con la misma facilidad que si se tratara de postes callejeros.
Finalmente el juego llegó al punto más culminante e interesante; el órgano comenzó a sonar más y más veloz y los duendes a saltar más y más rápido: enrollándose, rodando de la cabeza a los talones sobre el suelo y botando sobre las tumbas como pelotas de fútbol. El cerebro del enterrador giraba en un torbellino con la rapidez del movimiento que estaba contemplando y las piernas se le tambaleaban mientras los espíritus volaban delante de sus ojos, hasta que el duende rey, lanzándose repentinamente hacia él, le puso una mano en el cuello y se hundió con él en la tierra.
Cuando Gabriel Grub tuvo tiempo de recuperar el aliento, que había perdido por causa de la rapidez de su descenso, se encontró en lo que parecía ser una amplia caverna rodeado por todas partes por multitud de duendes feos y ceñudos. En el centro de la caverna, sobre una sede elevada, se encontraba su amigo del cementerio; y junto a él estaba el propio Gabriel Grub sin capacidad de movimiento.
-Hace frío esta noche -dijo el rey de los duendes-. Mucho frío. ¡Traed un vaso de algo caliente! Al escuchar esa orden, media docena de solícitos duendes de sonrisa perpetua en el rostro, que Gabriél Grub imaginó serían cortesanos, desaparecieron presurosamente para regresar de inmediato con una copa de fuego líquido que presentaron al rey. -¡Ah! -gritó el duende, cuyas mejillas y garganta se habían vuelto transparentes, mientras se tragaba la llama-. ¡Verdaderamente esto calienta a cualquiera! Traedle una copa de lo mismo al señor Grub.
En vano protestó el infortunado enterrador diciendo que no estaba acostumbrado a tomar nada caliente por la noche; uno de los duendes le sujetó mientras el otro derramaba por su garganta el líquido ardiente; la asamblea entera chilló de risa cuando él se puso a toser y a ahogarse y se limpió las lágrimas, que brotaron en abundancia de sus ojos, tras tragar la ardiente bebida.
-Y ahora -dijo el rey al tiempo que golpeaba con la esquina ahusada del sombrero de pan de azúcar el ojo del enterrador, ocasionándole con ello el dolor más exquisito-... y ahora mostrémosle al hombre de la tristeza y la desgracia unas cuantas imágenes de nuestro gran almacén.
Al decir aquello el duende, una nube espesa que oscurecía el extremo más remoto de la caverna desapareció gradualmente revelando, aparentemente a gran distancia, un aposento pequeño y escasamente amueblado, pero pulcro y limpio. Había una multitud de niños pequeños reunidos alrededor de un fuego brillante, agarrados a la bata de su madre y dando brincos alrededor de su silla. De vez en cuando la madre se levantaba y apartaba la cortina de la ventana, como deseando ver algún objeto que esperaba; sobre la mesa estaba dispuesta una comida frugal; cerca del fuego había un sillón. Se oyó que llamaban a la puerta: la madre la abrió y los niños se amontonaron a su alrededor, aplaudiendo de alegría, cuando entró el padre. Estaba mojado y fatigado se sacudió la nieve de las ropas mientras los niños se amontonaban a su alrededor agarrando su manto, sombrero, bastón y guantes con verdadero celo y saliendo a toda prisa con ellos de la habitación. Después, mientras se sentaba delante del fuego y de su comida, los niños se le subieron en las rodillas y la madre se sentó a su lado y todos parecían felices y contentos.
Pero se produjo, casi imperceptiblemente, un cambio de la visión. El escenario se alteró transformándose en un dormitorio pequeño en donde yacía moribundo el niño más joven y hermoso: el color sonrosado había huido de sus mejillas y la luz había desaparecido de sus ojos; y mientras el sepulturero le miró con un interés que nunca antes había conocido o sentido, el niño murió. Sus jóvenes hermanos y hermanas se apiñaron alrededor de su camita y le cogieron la diminuta mano, tan fría y pesada; pero retrocedieron ante el contacto y miraron con temor su rostro infantil; pues aunque estuviera en calma y tranquilo, y el hermoso niño pareciera estar durmiendo descansado y en paz, vieron que estaba muerto y supieron que era un ángel que les miraba desde arriba, bendiciéndoles desde un cielo brillante y feliz.
De nuevo la nube luminosa traspasó el cuadro y de nuevo cambió el tema. Ahora el padre y la madre eran ancianos e indefensos, y el número de los que les rodeaban había disminuido a más de la mitad; pero el contento y la alegría se hallaban asentados en cada rostro, brillaban en cada mirada, mientras rodeaban el fuego y contaban y escuchaban viejas historias de días anteriores ya pasados. Lenta y pacíficamente entró el padre en la tumba, y poco después quien había compartido todas sus preocupaciones y problemas le siguió a un lugar de descanso. Los pocos que todavía les sobrevivían se arrodillaron junto a su tumba y regaron con sus lágrimas la hierba verde que la cubría; después se levantaron y se dieron la vuelta: tristes y lamentándose, pero sin gritos amargos ni lamentaciones desesperadas, pues sabían que un día volverían a encontrarlos; y de nuevo se mezclaron con el mundo ajetreado y recuperaron su alegría y su contento. La nube cayó sobre el cuadro y lo ocultó de la vista del sepulturero.
-¿Qué piensas de eso?-preguntó el duende volviendo su rostro grande hacia Gabriel Grub. Gabriel murmuró algo en el sentido de que era muy hermoso y pareció algo avergonzado cuando el duende volvió hacia él sus ojos ardientes.
-¡Tú, miserable! -exclamó el duende con un tono de gran desprecio-. ¡Tú!
Parecía dispuesto a añadir algo más, pero la indignación sofocó sus palabras, levantó una de las piernas que tenía dobladas y, tras sostenerla un momento por encima de la cabeza del sepulturero, para asegurar su puntería, le administró a Gabriel Grub una buena y sonora patada; inmediatamente después de eso, todos los duendes que habían estado aguardando rodearon al infeliz enterrador y le patearon sin piedad: de acuerdo con la costumbre establecida e invariable entre los cortesanos de la tierra, quienes patean a aquél al que ha pateado la realeza y abrazan a quien la realeza abraza.
-¡Enseñadle algo más! -dijo el rey de los duendes. Ante esas palabras desapareció la nube revelándose ante su vista un paisaje rico y hermoso; hasta el día de hoy hay otro semejante a menos de un kilómetro de la antigua ciudad abacial. El sol brillaba desde el cielo claro y azul, el agua centelleaba bajo sus rayos, los árboles parecían más verdes y las flores más alegres bajo su animosa influencia. El agua corría con un sonido agradable; los árboles rugían bajo el viento ligero que murmuraba entre sus hojas; los pájaros cantaban sobre las ramas; y la alondra gorjeaba desde lo alto su bienvenida a la mañana. Sí, era por la mañana: la mañana brillante y fragante de verano; la más diminuta hoja, la brizna de hierba más pequeña, estaban animadas de vida. La hormiga se arrastraba dedicada a sus tareas diarias, la mariposa aleteaba y se solazaba bajo los pálidos rayos del sol; miríadas de insectos extendían las alas transparentes y gozaban de su existencia breve pero feliz. El hombre caminaba entusiasmado con la escena; y todo era brillo y esplendor.
-¡Tú, miserable! -exclamó el rey de los duendes con un tono más despreciativo todavía que el anterior. Y de nuevo el rey de los duendes levantó una pierna y de nuevo la dejó caer sobre los hombros del enterrador; y otra vez los duendes que asistían a la reunión imitaron el ejemplo de su jefe.
Muchas veces la nube se fue y regresó, y enseñó muchas lecciones a Gabriel Grub, quien tenía los hombros doloridos por las frecuentes aplicaciones de los pies de los duendes, pero, aún así, miraba con un interés que nada podía disminuir. Vio a hombre,, que trabajaban con duro esfuerzo y se ganaban su escaso pan con una vida de trabajo, pero eran alegres y felices; y a los más ignorantes, para quienes e. rostro dulce de la naturaleza era una fuente incesante de alegría y gozo. Vio a aquellos que habían sido delicadamente alimentados y tiernamente criados alegres ante las privaciones y superiores ante el sufrimiento, quienes habían superado muchas situaciones duras porque llevaban dentro del pecho los materiales de la felicidad, el contento y la paz. Vio que las mujeres, lo más tierno y frágil de todas la criaturas de Dios, eran a menudo capaces de superar li pena, la adversidad y la tristeza; y vio que era as porque en su corazón llevaban una inagotable fuente de afecto y devoción. Pero sobre todo vio que hombres como él mismo, que refunfuñaban por el gozo y la alegría de los demás, eran las peores hierbas en la hermosa superficie de la tierra; y poniendo todo el bien del mundo contra el mal, llegó a la conclusión de que al fin y al cabo era un mundo muy decente y respetable. Nada más acababa de formarse cuando la nube que ocultó el último cuadro pareció ponerse sobre sus sentidos y llevarle al reposo. Uno a uno los duendes fueron desapareciendo de su vista; y cuando el último de ellos se hubo ido, quedó dormido.
Había despuntado el día cuando despertó Gabriel Grub y se encontró tumbado cuan largo era sobre la lápida plana del cementerio, con el cubrebotellas de cestería vacío a su lado y la capa, el azadón, y el farol, blanqueados por la helada de la noche anterior, tirados por el suelo. La piedra sobre la que había visto por primera vez al duende se erguía audaz ante él, y la tumba en la que había trabajado la noche anterior no estaba lejana. Al principio empezó a dudar de la realidad de sus aventuras, pero el dolor agudo que sintió en los hombros cuando intentó levantarse le aseguró que las patadas de los duendes no habían sido ciertamente meras ideas. Vaciló de nuevo al no encontrar rastros de huellas en la nieve sobre la que los duendes habían jugado al salto de la rana con las piedras de las tumbas, pero rápidamente se explicó esa circunstancia al recordar que, siendo espíritus, no dejarían tras ellos impresiones visibles. Por tanto, Gabriel Grub se puso en pie tan bien como pudo teniendo en cuenta el dolor de su espalda; y cepillándose la escarcha del abrigo, se lo puso y volvió el rostro hacia la ciudad.
Pero era ya un hombre cambiado y no podía soportar el pensamiento de regresar a un lugar en el que se burlarían de su arrepentimiento y no creerían en su reforma. Vaciló unos momentos y luego se alejó errando hacia donde pudiera, buscándose el pan en otra parte.
Aquel día encontraron en el cementerio el farol, el azadón y el cubrebotellas de cestería. Hubo muchas especulaciones acerca del destino del enterrador, al principio, pero rápidamente se decidió que se lo habrían llevado los duendes; y no faltaron algunos testigos muy creíbles que lo habían visto claramente a través del aire a lomos de un caballo castaño tuerto, con los cuartos traseros de un león y la cola de un oso. Finalmente acabaron por creer devotamente en todo aquello; y el nuevo enterrador solía enseñar a los curiosos, a cambio de un ligero emolumento, un trozo de buen tamaño perteneciente a h veleta de la iglesia que accidentalmente había sido coceado por el caballo antes mencionado en su vuelo aéreo, y que él mismo recogió en el cementerio uno o dos años después.
Desafortunadamente esas historias se vieron algo enmarañadas por la reaparición, no esperada del propio Gabriel Grub, unos diez años más tarde como un anciano reumático y andrajoso, pero contento. Le contó su historia al clérigo, y también a alcalde; y con el curso del tiempo aquello se convirtió en parte de la historia, y en esa forma se ha seguido contando hasta hoy. Los que creyeron en el relato del trozo de veleta, habiendo colocado mal si confianza en otro tiempo, dejaron de predominar se apartaron de esa historia, tratando de parecer lo más sabios que pudieran, encogiéndose de hombros, tocándose la frente y murmurando algo parecido a que Gabriel Grub se había bebido toda la ginebra de Holanda y se quedó dormido sobre un lápida plana; y luego trataban de explicar lo que se suponía que él había presenciado en la caverna de los duendes diciendo que había visto el mundo y se había hecho más sabio. Pero esta opinión que en absoluto fue popular en ningún momento, acabó gradualmente por desaparecer; y sea como sea, puesto que Gabriel Grub se vio afectado por el reumatismo al final de sus días, la historia tiene al menos una moraleja, aunque no pueda enseñar otra mejor, y es que si un hombre se vuelve taciturno y bebe solo en la época de Navidad, no por ello va a decidir ser mejor: los espíritus puede que no vuelvan a ser tan buenos, ni estar dispuestos a presentar tantas pruebas, como aquellos a los que vio Gabriel Grub en la caverna de los duendes
Chitterton House
Chitterton House
August Derleth
Ninguna persona acomodada de Winterton puso jamás una casa sin llamar a Philander Potts para que lo "hiciera" por ella. Philander Potts: decorador de interiores, era la cumbre de la perfección; era el más capacitado para juzgar en cuanto a combinación de colores, diseños de papel tapiz, acabados en madera, y todas esas pequeñeces que cautivan a las mujeres; suya era la última y definitiva palabra en lo relativo a cortinajes y toda clase de decorados, desde el sencillo y efectivo hasta el más recargado y ostentoso, adecuado para aquellos felices mentecatos que imaginan que la presencia de algo deslumbrante es prueba positiva de su progreso en el mundo material e intelectual.
Philander Potts, en una palabra, era poseedor de un gusto impecable y ninguna falsa modestia le impedía admitirlo como un hecho. El suyo era un éxito trabajosamente conquistado. Se había iniciado con una pequeña tienda, pero, habiendo sido dotado de un descaro inacabable y careciendo de escrúpulos de especie alguna, había hecho que sus competidores quebraran, uno a uno, hasta que, finalmente, quedó como único decorador de interiores con cierta categoría en la ciudad. Llegó a ser un implacable dictador en los negocios y en el hogar; sus ayudantes, su esposa e hijos bailaban al son que les tocara, y, si él era feliz, ellos no lo eran, aunque la felicidad de los demás no era su problema.
Ya hemos comentado que la gente se sentía francamente orgullosa de tener una casa "puesta" por Potts, y, de entre todos, Potts era el más orgulloso; ciertamente, en sus momentos más caprichosos, imaginaba que toda la ciudad de Winterton, tarde o temprano, sería una creación y una recreación de Potts; soñaba en el lejano día en que la gente hablaría de una "ciudad de Potts". ¡ Ah vanidad humana !
Potts creyó entrever el principio de la realización de su grandísimo sueño cuando las jóvenes y huérfanas hermanas Laver compraron la tanto tiempo abandonada Chitterton House, otrora, en los nada lamentados años setenta, casa grande de Winterton. Al punto, las damitas fueron a ver a Philander Potts, y éste, pese a su tendencia a la obesidad, las recibió acicalado, perfumado y elegante como siempre. Las Laver eran agraciadas, rubia y de ojos cafés la una, trigueña y de ojos azules la otra.
- Queridas señoras -ronroneó Philander Potts-, han venido para hablarme de su nueva casa. O, tal vez debiera yo decir, de la vieja casa que quedará como nueva cuando yo termine mi trabajo.
- Es cierto que necesitamos sus consejos -admitió Janna, la rubia, con loable precaución-.
- Verá usted señor Potts -terció Edna-, tenemos un problema bastante especial. Y, a decir verdad, no sabemos si usted está o no capacitado para resolvérnoslo.
Philander Potts se irguió hasta donde su barriga se lo podía permitir y arrugó el ceño de manera impresionante.
- Todavía no he encontrado problema que no haya podido solucionar -sentenció-.
- Al parecer, en la casa tenemos una habitación embrujada -prosiguió Edna, mientras que una leve arruga aparecía en la parte superior de su frente.
- ¿Ah, si? -dijo Potts, alzando las cejas irónicamente-.
- Se trata de un recibidor que hay en el segundo piso -continuó Edna-.
Potts tomó asiento, puso las manos sobre su escritorio y se inclinó hacia el frente, interesado.
- Cuénteme, cuénteme -instó-.
Entre las dos, las hermanas Laver resumieron sus peripecias con el recibidor del segundo piso. Se trataba de una vasta habitación, amueblada segun los gustos de 1.870, con una amplia vista de la ciudad, ya que la casa se levantaba en la cima de una loma que dominaba casi por entero la ciudad. Como la habitación estaba junto a un dormitorio y a un baño, era ideal para el uso de una de las hermanas o de los huéspedes. Había sido la pieza favorita de los últimos Chitterton, las señoritas Lavinia y Hester, mujeres extrañas e introvertidas que vivieron en reclusión, completamente alejadas de cualquier actividad social. En vida, no habían permitido que se hiciera ningún cambio en la habitación, y era del todo evidente que no estaban dispuestas a permitirlo después de su muerte.
Las almas de las Chitterton obviamente se habían adueñado del recibidor. Cada vez que alguna silla era movida siquiera un centímetro, volvía a su antigua posición poco después, sin que mano humana alguna hubiera intervenido. Cierto día, las hermanas Laver y la servidumbre habían arreglado el mobiliario antiguo, en espera de la llegada del nuevo; la laboriosa tarea les había llevado toda una tarde. Sin embargo, a la mañana siguiente, tras el acompañamiento nocturno de estrenduosos golpeteos y martilleos, todos los muebles se hallaban de vuelta en el lugar en que las Chitterton los habían dejado, y en el que pacientemente querían que siguieran. Las hermanas Laver querían dejar claramente asentado que, por su parte, no temían ni a fantasmas ni a cualquier otra especie de manifestaciones de lo sobrenatural, pero que estaban decididas a que el recibidor visitado por los espectros fuera redecorado.
- Haré de él una obra maestra -les aseguró Potts- mandaréa mis operarios mañana por la mañana.
- El precio no será obstáculo -dijo Edna, poniéndose en pie-.
Philander Potts respaldaba y respetaba de corazón aquella actitud; por ella se hizo casi untuoso y duplicó su natural venero de solicitud, tanto que él, en persona, llevó a las hermanas Laver hasta la salida.
Muy de mañana se presentaron los ayudantes de Potts en la casa. Su llegada coincidió con la de los nuevos muebles comprados para el recibidor del segundo piso. Todo fue fortuito. Los ayudantes no perdieron tiempo en sacar todos los muebles dejados por los Chitterton, para desecharlos y sustituirlos con las nuevas piezas adquiridas por las Laver en Cleveland.
Después del almuerzo, el propio Potts apareció en escena. Encontró a sus ayudantes desolados.
- ¿Que han estado haciendo? -les preguntó bruscamente-.
- Moviendo los muebles solamente -le respondió Jennings, el ayudante de más edad.-
- Pero, si han tenido toda la mañana -gruñó Potts con la más desagradable de sus voces-.
- Necesitamos muchas mañanas más -dijo Martin, el otro operario-.
Ambos hicieron intentos de explicar lo sucedido antes de que Potts designara a Jennings para hacerlo. Entonces, éste hizo una detallada relación de sus actividades de aquella mañana: el cambio de muebles, la selección del color de la alfombra, la plática con las hermanas Laver acerca del papel tapiz -ya que aquel horribe importado de Francia, descolorido y viejo como estaba, debía desaparecer- y, finalmente, de la ida a almorzar, hora durante la cual todos los muebles habían sido colocados en su actual posición.
De paso, aquella era la misma disposición que tenían los muebles desechados; quienquiera que hubiese llevado adelante aquel molesto juego era, por lo menos, consistente; los nuevos muebles simplemente habían sido puestos en el lugar de los antiguos; si algún agente no humano era responsable de las perturbaciones ocurridas en el recibidor del segundo piso, ese agente se había resignado a la pérdida de los muebles antiguos. Que duda de que se resignaría de la misma manera a otros cambios, a despecho de las hermanas Laver.
- Muy bien adelante -dijo Potts-. No se preocupen por los muebles. Déjenlos en donde están. ¿Ya han escogido las señoritas Laver la alfombra?.
- Si, señor. Es una excelente alfombra color vino.
- ¿Y el papel de la pared?
- Todavía hay dudas al respecto.
- Me llevaré el muestrario para hablar con ellas.
Potts fue en busca de las hermanas Laver y se sentó en medio de ellas con el muestrario de papel tapiz. Como habían escogido una alfombra color vino, seguramente para las paredes desearían algo en color vino con ocre, cobre, bronce, o tal vez pardo oscuro. Potts creía tenerlo todo arreglado. Con ademanes estudiados abrió el muestrario en la página justa, dejando ver un nuevo diseño de figuras multicolores sobre un fondo siena, un diseño que representaba las calles de una ciudad, con diminutos seres humanos que caminaban en todas las direcciones. Era un papel lleno de colorido, mas no llamativo.
-¡ Magnífico ! -exclamó Janna-.
- Es algo realmente nuevo -apuntó Potts, con aire de quien confía un inapreciable secreto-. Yo diría que no hay otro igual en Winterton. Y, naturalmente, si usted se deciden a ponerlo, les aseguro que no habrá nunca otro así.
- ¿Lo tienen en existencia? -inquirió Edna, con sentido práctico-.
- En grandes cantidades, créame.
- Muy bien. Me gusta
- A mi también -dijo Janna-.
- Permítame felicitarlas por su exquisito gusto, estimadas señoras -murmuró Potts-.
El decorador volvió al segundo piso y ordenó a sus ayudantes que pintaran el techo de amarillo claro, mientras del almacén llegaba el papel de la pared. Salió de la casa eminentemente complacido por el hecho de que las hermanas hubieran escogido uno de los materiales más caros que podía ofrecerles. Una vez en su establecimiento, ordenó que se enviara a Chitterton House papel en cantidad suficiente para cubrir las paredes del recibidor visitado por los espíritus. Cuando sus ayudantes volvieron, a las seis de la tarde, le informaron que el techo estaba ya pintado y que había sido cubierta una de las paredes. A las ocho, las hermanas Laver llamaban por teléfono para informar que todo el papel que había sido colocado se habái desprendido.
Al día Potts se presentó en Chitterton House con sus ayudantes. Iba lleno de justa indignación y de su acostumbrada egolatría, que era inmensa. ¡Nunca se había desprendido ningún papel de Potts!. Observó, con ira, la devastación de que había sido objeto el recibidor. Únicamente el techo quedaba intacto.
- Lo primero es desprender todo el papel tapiz antiguo -decidió-
Dicho lo anterior, pusieron manos a la obra. Jennings y Martin observaban a su patrón con disimulado interés morboso. Philander Potts no pudo entender aquello en un principio, pero pronto acabó
por comprender. Mientras desprendía el papel antiguo de la pared, tuvo conciencia de una molesta especie de intromisión, como si ráfagas de viento surgieran de la nada para azotar el papel contra su rostro, o como si manos fantasmas trataran de impedirle la realización de su trabajo. No dudaba de que sus ayudantes hubieran sufrido intromisiones semejantes, mas, por su parte, de ninguna manera estaba dispuesto a mostrar que las había notado. Sin embargo, resultaban extremadamente molestas y no menos descorcentantes. En la habitación no había corrientes de aire manifiestas; las ventanas estaban cerradas, lo mismo que la puerta.
No se veía claramente de dónde podía provenir el aire. En realidad, Potts tampoco lo sentía; todas sus observaciones tenían como base la agitación del papel tapiz desprendido, tal como si él mismo estuviera animado, moviéndose por voluntad propia, siguiendo un singular plan predeterminado, como queriendo desalentarlo en sus esfuerzos por desprenderlo de la pared.
Mas Potts no iba a darse por vencido. Abordaba la tarea sonbría, firmemente, negándose a ser demorado o distraído por aquel papel curiosamente animado que sacudía su moho alrededor del sitio en que Potts trabajaba, de manera que, al poco, éste se hallaba por una delgada capa de polvo. A eso del mediodía, las paredes estuvieron limpias y listas para que se les pusiera el nuevo papel tapiz, así que el decorador, atendiendo a una invitación de las hermanas Laver, bajó a tomar el almuerzo con ellas.
- Esta vez -dijo a las hermanas, en tono confidencial- el papel se quedará en su sitio, o dejo de llamarme Philander Potts.
- Claro, claro -respondió Janna-.
- ¿Quiere usted té o café, señor Potts? -inquirió Edna, quien, inmediatamente, pasó a una segunda pregunta-. Usted debe haber conocido a las hermanas Chitterton. ¿Que clase de personas eran?
- Típicas solteronas -respondió Potts-.
- ¿Que es una solterona típica, señor Potts? -preguntó Janna cándidamente.
El decorador de interiores se encogió de hombros, con afectación.
- Bueno, pues..., una vieja dama chiflada, obstinada, retirada de los demás. Las Chitterton, como ustedes sabrán, vivían apartadas del resto del mundo. Sorpréndanse. No les gustaba la gente. Supongo que si uno se basta a si mismo por mucho tiempo, no desea que nadie lo moleste. Después de todo, queridas señoras, la gente es un problema.
Potts dijo lo anterior como si se tratara de una gran verdad, aunque, en realidad, lo que había querido decir era que el problema lo eran las personas que le causaban dificultades; mientras hablaba, el hombre se preguntó si los fantasmas serían personas. No, no lo creía.
- ¿Era difícil llevarse bien con ellas? -quiso saber Edna.
- Mucho. Naturalmente, mi madre las conoció mejor que yo. Hace ya casi veinte años que murieron.
- ¿Cree usted que los fantasmas envejecen? -preguntó Janna inocentemente-.
- Nunca he pensado en ello -respondió Potts con franqueza-. No creo en fantasmas.
- Comprendo. Parece que no tenemos otra alternativa -apuntó Edna, con naturalidad-.
Potts estaba ligeramente desconcertado, aunque no mucho. En lo particular, pensaba que las hermanas Laver tenían cierta tendencia hacia la estupidez, pero como representaban para él una fuente de ingresos, se guardaba muy bien de manifestarlo. Platicó cortésmente con ellas durante el almuerzo, y luego volvió al recibidor del segundo piso para colocar el nuevo papel tapiz.
Todo estaba tal y como lo había dejado. Se sorprendió admitiendo para sí mismo que había esperado que ocurrieran cambios. Pero, aun un fantasma dificilmente hubiera podido volver a colocar el antiguo papel tapiz, ya que éste había sido llevado afuera y quemado, antes de que Jennings y Martin se fueran a almorzar. Sin esperar el regreso de sus ayudantes y considerando que el tapizado de las paredes debía estar concluido al anochecer, Potts se entregó al punto a su labor
Al poco tiempo se dio cuenta de que en la atmósfera del recibidor había algo que no estaba antes allí. Si durante toda la mañana había tenido una corriente de aire que le dificultaba su trabajo, ahora había
una inquietante nota de maldad, cuya aura estaba presente en la pieza, de manera tan tangible que casi se la podía tocar. Aquella aura lo oprimía en todos los sentidos, acalerándole el pulso y atravesándolo de lado a lado con cierta vaga alarma que lo contrariaba y que le causaba ira.
¿ Lo notarían Jennings y Martin? Se preguntaba.
Lo notaron. Volvieron al poco y se pusieron a trabajar. Media hora después, Jennings musitaba algo para sí.
- ¿Que pasa? -preguntó Potts, con aspereza-.
- Que esto no me gusta, es todo -le respondió Jennings.
- ¿Que es lo que no te gusta?
- Esta habitación. Hay algo en ella.
- Claro que lo hay -concedió Potts- Nosotros tres.
- Es algo más -completó Martin con inhabitual seguridad-.
- Entiendo -dijo el patrón-. Bien muchachos, quiero que lo soporten hasta donde les sea posible. Si pueden resistir hasta las cuatro de la tarde, podrán irse, que yo mismo terminaré el trabajo.
La atmósfera de peligro fue haciéndose más densa. Una especie de amenza consciente la nublaba. Sin embargo, extrañamente, no había interferencias. Colocaron el papel en una pared, luego en la otra;
habían realizado la mitad del trabajo. A eso de las cuatro, cuando Jennings y Martin se retiraron, tratando de disculparse, quedaba aproximadamente la mitad de una pared sin cubrir, y Potts aseguró a sus hombres que él mismo podía hacerlo y que terminaría antes de las seis. Trabajó entonces diligentemente.
Se sentía oprimido por la densa aura de iracunda amenaza que lo rodeaba. En una o en dos ocasiones imaginó que la habitación se oscurecía. Mientras trabajaba, tratando de olvidar sus impresiones, tenía la inquietante certidumbre de que alguien lo observaba y, en más de una oportunidad, se sintió capaz de jurar que alguien se hallaba ahí, justo fuera del alcance de su mirada, apreciable con el rabillo del ojo y gracias a un esfuerzo, pero apreciable con seguridad. La ilusión persistía; casi inconscientemente, Potts aceleró el ritmo de su trabajo. Mas la habitación se oscurecía decididamente, con una oscuridad tangible que emanaba de las paredes como una nube. Philander Potts daba gracias de que el trabajo estaba casi concluido, pues la
amenaza que llenaba la pieza resultaba profundamente molesta. Quedaban dos tiras por colocar, al poco tiempo una solamente; se volvió para tomarla y vio la nube de oscuridad que se levantaba en espiral. Por un momento se quedó sorprendido, mirando. Luego cerró los ojos y sacudió la cabeza. Abriendo los ojos, tuvo tiempo de ver a dos ancianas de rostros ceñudos que salían de aquella sobrenatural nube de tinieblas y que avanzaban hacia él con propósitos vengativos.
En un abrir y cerra de ojos se apoderaron de él
Gritó con voz ronca, una sola vez.
- ¿Oiste algo, Edna? -preguntó Janna, dando la espalda al fonógrafo-.
- Nada especial, ¿por que?.
- Creí oír un grito.
- No, creo que no se oyó nada. Vuelve a poner el disco ¿quieres?.
- ¿Le invitaste a cenar?
- ¡Por Dios, no! ¡Que aburrimiento!.
Media hora después, ambas subían al recibidor del segundo piso. Potts se había ido, dejando las herramientas para ser recogidas a la mañana siguiente.
- ¡Que bonito papel! -exclamó Janna.
- Cuando se hayan colocado los muebles y la alfombra quedará estupendo. Demasiado buenos para nuestros huéspedes, verdaderamente -observó Edna-.
esta noche volverán a desprenderlo -dijo Janna, tristemente.
- Será mejor que no lo hagan. El señor Potts tendría que comenzar de nuevo. No le gustará nada, pero lo prometió. Nosotras le obligaremos a cumplir
Janna guardó silencio. Con la cabeza ligeramente ladeada, permaneció escuchando. Al cabo de un rato, preguntó:
- ¿Oyes algo, Edna?
- Esta casa no te sienta bien, querida -le dijo Edna, complaciente-. ¿Que habría de oír?
- Creí oír..., sólo creí oír.... una voz. Pero. claro, no es posible
- Espero que esta noche no desprendan el papel.
Pero el papel no fue desprendido. Por el contrario, los ayudantes de Philander Potts, decorador de interiores, pudieron, al día siguiente, dejar arreglada la habitación, con su alfombra nueva, sus muebles,
sus cortinajes, y, como prudentamente decidieron dejar la antigua disposición del mobiliario, no hubo posteriores contratiempos.
Sin embargo, la desaparición de Philander Potts fue motivo de sorpresa por espacio de nueve días, hasta que se aseguró que una agraciada joven viuda había abandonado la ciudad aproximadamente en la misma fecha, y que, se supuso, aunque erróneamente, que Potts repentinamente había decidido irse con la viuda. La esposa y los hijos de Potts se sintieron aliviados, más que otra cosa. Los señores Jennings y Martin llevaron el negocio adelante sin la intervención de Potts, y la familia de éste, tanto como sus empleados, comenzaron a vivir una existencia más placentera
sin disminución en sus ingresos y, si acaso, con una sustancial aumento en ellos.
De haberse hallado en posición de hacerlo, Philander lo hubiera agradecido, ya que, como resultado de la nueva decoración del recibidor visitado por los espíritus, el nombre de Potts adquirió nuevo lustre.
Cándidamente, las hermanas Laver llamaron al recibidor "el triunfo de Potts". Con una especie de admiración acostumbraban mostrar el recibidor a los visitantes. "Su secreto se ha ido con él", solían decir, "nos prometió una obra maestra y no hay duda de que ésta lo es.
Un papel tapiz de efectos sonoros, ni más ni menos. Párese aquí, y si escucha con atención, podrá oir como si alguien, desde muy lejos, dijera ¡ Déjenme salir ! ¡ Déjenme salir !.
EL FARDO
EL FARDO
RUBEN DARIO
Allá lejos, en la línea, como trazada por un lápiz azul, que separa las aguas y los cielos, se iba hundiendo el sol, con sus polvos de oro y sus torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco de hierro candente. Ya el muelle fiscal iba quedando en quietud; los guardias pasaban de un punto a otro, las gorras metidas hasta las cejas, dando aquí y allá sus vistazos. Inmóvil el enorme brazo de los pescantes, los jornaleros se encaminaban a las casas. El agua murmuraba debajo del muelle, y el húmedo viento salado, que sopla de mar afuera a la hora en que la noche sube, mantenía las lanchas cercanas en un continuo cabeceo.
Todos los lancheros se habían ido ya; solamente el viejo tío Lucas, que por la mañana se estropeara un pie al subir una barrica a un carretón, y que, aunque cojín cojeando, había trabajado todo el día, estaba sentado en una piedra y, con la pipa en la boca, veía triste el mar.
-¡Eh, tío Lucas! ¿Se descansa?
-Sí, pues, patroncito.
Y empezó la charla, esa charla agradable y suelta que me place entablar con los bravos hombres toscos que viven la vida del trabajo fortificante, la que da la buena salud y la fuerza del músculo, y se nutre con el grano del poroto y la sangre hirviente de la viña.
Yo veía con cariño a aquel viejo, y le oía con interés sus relaciones, así todas cortadas, todas como de hombre basto, pero de pecho ingenuo. ¡Ah, conque fue militar! ¡Conque de mozo fue soldado de Bulnes! ¡Conque todavía tuvo resistencia para ir con su rifle hasta Miraflores! Y es casado, y tuvo un hijo y...
Y aquí el tío Lucas:
-¡Sí, patrón, hace dos años que se me murió!
Aquellos ojos chicos y relumbrantes bajo las cejas grises y peludas, se humedecieron entonces.
¿Que cómo se murió? En el oficio, por darnos de comer a todos: a mi mujer, a los chiquitos y a mí, patrón, que entonces me hallaba enfermo.
Y todo me lo refirió al comenzar aquella noche, mientras las olas se cubrían de brumas y la ciudad encendía sus luces; él, en la piedra que le servía de asiento, después de apagar su negra pipa y de colocársela en la oreja, y de estirar y cruzar sus piernas flacas y musculosas, cubiertas por los sucios pantalones arremangados hasta el tobillo.
El muchacho era muy honrado y muy de trabajo. Se quiso ponerlo a la escuela desde grandecito; pero ¡los miserables no deben aprender a leer cuando se llora de hambre en el cuartucho"
El tío Lucas era casado, tenía muchos hijos.
Su mujer llevaba la maldición del vientre de los pobres: la fecundidad. Había, pues, mucha boca abierta que pedía pan, mucho chico sucio que se revolcaba en la basura, mucho cuerpo magro que temblaba de frío; era preciso ir a llevar qué comer, a buscar harapos, y para eso, quedar sin alientos y trabajar como un buey.
Cuando el hijo creció, ayudó al padre. Un vecino, el herrero, quiso enseñarle su industria; pero como entonces era tan débil, casi un armazón de huesos, y en el fuelle tenía que echar el bofe, se puso enfermo y volvió al conventillo. ¡Ah, estuvo muy enfermo! Pero no murió. ¡No murió! Y eso que vivía en uno de esos hacinamientos humanos, entre cuatro paredes destartaladas, viejas, feas, en la callejuela inmunda de las mujeres perdidas, hedionda a todas horas, alumbrada de noche por escasos faroles, y en donde resuenan en perpetua llamada a las zambras de echacorvería, las arpas y los acordeones, y en ruido de los marineros que llegan al burdel, desesperados con la castidad de las largas travesías, a emborracharse como cubas y a gritar y patalear como condenados. ¡Sí! entre la podredumbre, al estrépito de las fiestas tunantescas; el chico vivió, y pronto estuvo sano y en pie.
Luego llegaron sus quince años.
El tío Lucas había logrado, tras mil privaciones, comprar una canoa. Se hizo pescador.
Al venir el alba, iba con su mocetón al agua, llevando los enseres de la pesca. El uno remaba, el otro ponía en los anzuelos la carnada. Volvían a la costa con buena esperanza de vender lo hallado, entre la brisa fría y las opacidades de la neblina, cantando en baja voz algún "triste", y enhiesto el remo triunfante que chorreaba espuma.
Si había buena venta, otra salida por la tarde.
Una de invierno había temporal. Padre e hijo, en la pequeña embarcación, sufrían en el mar la locura de la ola y del viento. Difícil era llegar a tierra. Pesca y todo se fue al agua, y se pensó en librar el pellejo. Luchaban como desesperados por ganar la playa. Cerca de ella estaban; pero una racha maldita los empujó contra una roca, y la canoa se hizo astillas. Ellos salieron sólo magullados, ¡gracias a Dios! como decía el tío Lucas al narrarlo. Después, ya son ambos lancheros.
¡Sí! lancheros; sobre las grandes embarcaciones chatas y negras; colgándose de la cadena que rechina pendiente como una sierpe de hierro del macizo pescante que semeja una horca; remando de pie y a compás; yendo con la lancha del muelle al vapor y del vapor al muelle; gritando: ¡hiiooeep! cuando se empujan los pesados bultos para engancharlos en la uña potente que los levanta balanceándolos como un péndulo. ¡Sí! lancheros; el viejo y el muchacho, el padre y el hijo; ambos a horcajadas sobre un cajón, ambos forcejeando, ambos ganando su jornal, para ellos y para sus queridas sanguijuelas del conventillo.
ĺbanse todos los días al trabajo, vestidos de viejo, fajadas las cinturas con sendas bandas coloradas, y haciendo sonar a una sus zapatos groseros y pesados que se quitaban al comenzar la tarea, tirándolos en un rincón de la lancha.
Empezaba el trajín, el cargar y el descargar. El padre era cuidadoso: -¡Muchacho, que te rompes la cabeza! ¡Que te coge la mano el chicote! ¡Que te vas a perder una canilla!-. Y enseñaba, adiestraba, dirigía al hijo, con su modo, con sus bruscas palabras de obrero viejo y de padre encariñado.
Hasta que un día el tío Lucas no pudo moverse de la cama, porque el reumatismo le hinchaba las coyunturas y le taladraba los huesos.
¡Oh! Y había que comprar medicinas y alimentos; eso, sí.
-Hijo, al trabajo, a buscar plata; hoy es sábado.
Y se fue el hijo, solo, casi corriendo, sin desayunarse, a la faena diaria.
Era un bello día de luz clara, de sol de oro. En el muelle rodaban los carros sobre sus rieles, crujían las poleas, chocaban las cadenas. Era la gran confusión del trabajo que da vértigo; el son del hierro, traqueteos por doquiera, y el viento pasando por el bosque de árboles y jarcias de los navíos en grupo.
Debajo de uno de los pescantes del muelle estaba el hijo del tío Lucas con otros lancheros, descargando a toda prisa. Había que vaciar la lancha repleta de fardos. De tiempo en tiempo bajaba la larga cadena que remata en un garfio, sonando como una matraca al correr con la roldana; los mozos amarraban los bultos con una cuerda doblada en dos, los enganchaban en el garfio, y entonces éstos subían a la manera de un pez en un anzuelo, o del plomo de una sonda, ya quietos, ya agitándose de un lado a otro, como un badajo, en el vacío.
La carga estaba amontonada. La ola movía pausadamente de cuando en cuando la embarcación colmada de fardos. Éstos formaban una a modo de pirámide en el centro. Había uno muy pesado, muy pesado. Era el más grande de todos, ancho, gordo y oloroso a brea. Venía en el fondo de la lancha. Un hombre de pie sobre él, era pequeña figura para el grueso zócalo.
Era algo como todos los prosaísmos de la importación envueltos en lona y fajados con correas de hierro. Sobre sus costados, en medio de líneas y triángulos negros, había letras que miraban como ojos. -Letras en "diamante"- decía el tío Lucas. Sus cintas de hierro estaban apretadas con clavos cabezudos y ásperos; y en las entrañas tendría el monstruo, cuando menos, linones y percales.
Sólo él faltaba.
-¡Se va el bruto! -dijo uno de los lancheros.
-¡El barrigón! -agregó el otro.
Y el hijo de Lucas, que estaba ansioso de acabar pronto, se alistaba para ir a cobrar y desayunarse, anudándose un pañuelo a cuadros al pescuezo.
Bajó la cadena danzando en el aire. Se amarró un gran lazo al fardo, se probó si estaba bien seguro, y se gritó: -¡Iza!- mientras la cadena tiraba de la masa chirriando y levantándola en vilo.
Los lancheros, de pie, miraban subir el enorme peso, y se preparaban para ir a tierra, cuando se vio una cosa horrible. El fardo, el grueso fardo, se zafó del lazo, como de un collar holgado saca el perro la cabeza; y cayó sobre el hijo del tío Lucas, que entre el filo de la lancha y el gran bulto quedó con los riñones rotos, el espinazo desencajado y echando sangre negra por la boca.
Aquel día no hubo pan ni medicinas en casa del tío Lucas, sino el muchacho destrozado, al que se abrazaba llorando el reumático, entre la gritería de la mujer y de los chicos, cuando llevaban el cadáver al cementerio.
Me despedí del viejo lanchero, y a pasos elásticos dejé el muelle, tomando el camino de la casa, y haciendo filosofía con toda la cachaza de un poeta, en tanto que una brisa glacial, que venía de mar afuera, pellizcaba tenazmente las narices y las orejas.
El Crimen Invisible
El Crimen Invisible
Catherine Crowe
(1848)
En 1842 en el barrio de Marylebone, se derribó una casa a la que ya no acudía ningún huésped, desde hacía ya muchos años, y cuyos propietarios no estaban dispuestos a gastar más dinero en reparaciones.
Sus últimos habitantes fueron el mayor W..., su esposa, sus tres hijos y su sirviente.
El mayor W..., que desempeñaba un digno cargo en la Intendencia, había insistido innumerables veces a sus superiores para que le permitieran cambiar de vivienda (el alquiler del inmueble estaba a cargo de la Intendencia). Como esta autorización demoraba, alegó para justificar su repetida insistencia que la casa estaba embrujada "del modo más desagradable".
Todas las noches, la puerta del salón se abría violentamente, se oía un ruido de pasos precipitados, una respiración ronca y luego dos o tres gritos horribles y la pesada caída de un cuerpo contra el piso.
A menudo encontraban los muebles volcados, sobre todo cuando estaban situados en el ángulo norte de la sala.
Luego se restablecía el silencio, pero alrededor de un cuarto de hora más tarde, se oía algo semejante a un pataleo, un sollozo y al fin un espantoso estertor.
El mayor W... acabó por prohibir a sus familiares la entrada a este salón. Incluso clausuró la puerta. Pero antes hizo constatar estos hechos por varios de sus compañeros de ejército. En efecto, el informe que presentó estaba firmado por el lugarteniente de Intendencia E..., el capitán S... y el comisario de víveres E...
Se procedió a un relevamiento de datos y muy pronto descubrieron una trágica historia.
En el año 1825, la casa estaba habitada por el corredor de joyas C... y su esposa. Esta última, mucho más joven que su marido, llevaba una vida desordenada y malgastaba enormes sumas de dinero.
Aunque el desgraciado C... le perdonó muchas veces sus caprichos, no parecía querer enmendarse; al contrario, su vida era progresivamente escandalosa.
C..., empujado por la amargura y los celos, se dio a la bebida.
Una noche volvió ebrio, decidido a acabar con sus desgracias.
Armado de un trinchete de zapatero, se abalanzó sobre su mujer, que huyó hacia el salón, pero C... la alcanzó y con un solo golpe de su arma, la decapitó. Permaneció largo rato mudo de horror ante su crimen, luego se colgó de la araña del techo.
Desde entonces ese horrible asesinato se reproducía cada noche, de una forma audible, pero jamás los espantados testigos vieron la más mínima aparición; sólo los ruidos fantasmales que se repetían con una perfecta exactitud.
La petición del mayor W... tuvo resultados favorables y desde entonces, la casa permaneció desocupada hasta el día en que cayó bajo el pico de los demoledores.
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